3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Los Juicios de Núremberg cambiaron la manera en que la humanidad define la justicia. Descubre por qué su legado sigue siendo vital en una era de negación y distorsión.
Los Juicios de Núremberg marcaron un punto de inflexión en la historia humana. Fue el momento en que el mundo declaró por primera vez que un tribunal internacional haría rendir cuentas a los individuos por sus acciones durante la guerra. Por primera vez, el concepto de “crímenes contra la humanidad” entró en el vocabulario global, transformando para siempre la forma en que las naciones conciben la justicia, la moral y la responsabilidad. A partir de entonces, quienes cometieran atrocidades ya no podrían escudarse en la defensa de que simplemente “seguían órdenes”.
Casi ocho décadas después, mientras la conciencia histórica se desvanece y la negación se propaga, volver a Núremberg no es solo un ejercicio académico sino un imperativo moral. Los juicios nos recuerdan que la ley puede enfrentar al mal, que la verdad debe ser documentada y que la justicia, aunque demorada, es posible. Comprender lo que ocurrió en esa sala de audiencias nos ayuda a defender los principios de dignidad humana y responsabilidad sobre los que se sostiene el mundo moderno.
La nueva película Núremberg (dirigida por James Vanderbilt y protagonizada por Russell Crowe como el alto jerarca nazi Hermann Göring, y Rami Malek como el psiquiatra del ejército estadounidense Douglass Kelley, quien se obsesiona con la naturaleza del mal al evaluar a Göring y a otros nazis juzgados), reaviva una conversación crucial sobre la justicia, la verdad y la responsabilidad moral. En un mundo donde la negación y la distorsión del pasado persisten, Núremberg nos recuerda que enfrentar el mal con responsabilidad sigue siendo una de las mayores pruebas de la civilización.
Rami Malek representa a Douglass Kelley en la película Núremberg
A continuación, diez hechos clave que explican por qué los Juicios de Núremberg siguen siendo uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna.
En el verano de 1945, mientras la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, las potencias aliadas victoriosas crearon un Tribunal Militar Internacional (TMI) para procesar a “los principales criminales de guerra del Eje europeo”. (Un segundo Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, juzgaría los crímenes de guerra cometidos por las fuerzas japonesas).
El primer juicio del TMI comenzó en octubre de 1945 y concluyó un año más tarde. En este proceso sin precedentes, un equipo de jueces y fiscales británicos, franceses, estadounidenses y soviéticos juzgó a 22 altos funcionarios nazis y siete organizaciones nazis por crímenes espantosos. Entre los acusados estaban Rudolf Hess (vicario de Hitler), Joachim von Ribbentrop (ministro de Asuntos Exteriores), Albert Speer (ministro de Armamentos y organizador del programa de trabajo esclavo), Alfred Rosenberg (gobernador de los Territorios Orientales ocupados) y Hermann Göring (jefe de la Luftwaffe). También se juzgó a organizaciones como las SS y la Gestapo.
Dos de los acusados nunca llegaron a juicio. Robert Ley, jefe del Frente Alemán del Trabajo, se quitó la vida el día antes de comenzar las audiencias. Gustav Krupp von Bohlen und Halbach, jefe de la Asociación Industrial del Reich, fue declarado demasiado enfermo para ser juzgado (aunque fue llevado a tribunales en procesos posteriores). Ambos hombres eran responsables de la esclavitud, tortura, hambre y muerte de millones de personas durante la guerra.
Ante la crueldad sin precedentes del nazismo, los líderes aliados comenzaron a planificar los juicios mientras la guerra aún se libraba. Un hito fue la Declaración de las Atrocidades de 1943, firmada por Franklin D. Roosevelt, Iósef Stalin y Winston Churchill, que prometía llevar a los nazis ante la justicia si los Aliados ganaban la guerra:
"El Reino Unido, los Estados Unidos y la Unión Soviética han recibido de diversas fuentes pruebas de atrocidades, masacres y ejecuciones en masa llevadas a cabo a sangre fría por las fuerzas hitlerianas en muchos de los países que han ocupado… aquellos oficiales y hombres alemanes y miembros del partido nazi que hayan sido responsables o hayan participado voluntariamente en las atrocidades, masacres y ejecuciones mencionadas serán devueltos a los países en los que cometieron sus abominables actos, para que sean juzgados y castigados conforme a las leyes de estos países liberados, con gobiernos libres que se establecerán en ellos…"
En 1945 se decidió que los primeros juicios se celebrarían en la ciudad alemana de Núremberg, que fue el lugar donde tuvieron lugar algunos de los más grandes mítines del nazismo antes y durante la guerra.
Los Juicios de Núremberg fue la primera vez en la historia registrada que jueces de cuatro países presidieron juntos un juicio. Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética enviaron dos jueces cada uno; Estados Unidos envió tres (Sólo un juez de cada país tenía poder de voto). El juez británico Geoffrey Lawrence fue el presidente del tribunal.
Los jueces en los Juicios de Núremberg por crímenes de guerra. De izquierda a derecha: General Ion Nikitchenko (juez ruso), Sir Norman Birkett, Sir Geoffrey Lawrence y Francis Biddle (juez de Estados Unidos).
En 1945, la norma era la traducción consecutiva: los traductores escuchaban a quien hablaba y luego traducían sus palabras, frase por frase. Dada la magnitud de los Juicios de Núremberg, este método era demasiado lento.
Los traductores en los Juicios de Núremberg
Usando la tecnología avanzada de IBM, los testimonios se transmitían a más de 100 traductores que los traducían al inglés, alemán, ruso y francés. También había otros traductores de polaco, ídish y otros idiomas para ayudar cuando fuera necesario.
Dado que los traductores solo podían traducir 60 palabras por minuto, mucho más lento que la mayoría del habla, cada micrófono en el juicio estaba equipado con dos luces: una amarilla y una roja. Cuando los traductores querían que los oradores redujeran la velocidad, encendían la luz amarilla; también podían pedirles que hicieran una pausa encendiendo la luz roja.
Un cambio significativo durante los juicios fue la decisión de juzgar por crímenes de guerra a individuos, no a Estados. La fiscalía estuvo a cargo del juez Robert H. Jackson, magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, quien viajó a Núremberg para llevar a cabo estos históricos juicios.
Para el juez Jackson era fundamental que los acusados no se escondieran detrás de la ley nacional para justificar sus acciones. El hecho de que los horrendos crímenes que cometieron fueran legales e incluso celebrados dentro de la Alemania nazi no constituía justificación alguna. Los Juicios de Núremberg establecieron el principio de que existe una ley superior que rige la conducta humana. En su discurso de apertura ante el tribunal, el juez Jackson señaló que en Núremberg “la verdadera parte perjudicada en este juicio es la civilización”.
El jurista judío polaco Raphael Lemkin, quien escapó de Europa, ayudó a preparar el caso estadounidense e inventó el término genocidio.
Nacido en 1900 en Polonia, Lemkin se convirtió en abogado y abogó por leyes que protegieran los derechos de los grupos minoritarios. Él advirtió que el genocidio perpetrado por los turcos otomanos contra los armenios en 1915 podría repetirse contra otros grupos. Lemkin escapó de Polonia tras la invasión nazi, se trasladó a los Estados Unidos y trabajó documentando las atrocidades nazis para el gobierno estadounidense. Cuando Lemkin llegó a Europa en 1945 para los Juicios de Núremberg, descubrió que 49 miembros de su familia habían sido asesinados por los nazis.
Raphael Lemkin
Lemkin acuñó el término “genocidio” en su libro de 1944 Axis Rule in Occupied Europe y logró que la palabra se incluyera en algunas de las acusaciones durante los Juicios de Núremberg. Su definición era:
"Por 'genocidio' entendemos la destrucción de una nación o de un grupo étnico. Esta nueva palabra, acuñada por el autor para designar una práctica antigua en su desarrollo moderno, se forma a partir de la palabra griega antigua genos (raza, tribu) y del latín cide (matar)..."
Aunque los judíos y otros grupos, como los gitanos, habían sido destinados para el “exterminio” y fueron diezmados por los nazis, ningún acusado en Núremberg fue procesado por genocidio. Los crímenes se clasificaron en tres grandes categorías.
Los “Crímenes contra la Paz” incluían cargos de que los acusados planearon, prepararon e iniciaron una guerra de agresión. (El hecho de que la Unión Soviética hubiera estado aliada con Alemania al comienzo de la guerra, antes de cambiar de bando, generó cierta tensión durante los juicios).
Los acusados también fueron imputados por Crímenes de Guerra, definidos como “asesinato, maltrato o deportación para trabajos forzados o cualquier otro propósito de la población civil en territorios ocupados, asesinato o maltrato de prisioneros de guerra o personas en el mar, asesinato de rehenes, saqueo de propiedad pública o privada, destrucción arbitraria de ciudades, pueblos o aldeas, o devastación no justificada por la necesidad militar”.
Una última categoría de cargos incluía los Crímenes de Lesa Humanidad: “a saber, asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, antes o durante la guerra, o persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos…”
A lo largo de casi un año, durante 216 sesiones judiciales, los testigos relataron los horribles crímenes que presenciaron. Un día típico, por ejemplo, el tribunal escuchó el testimonio de “los ciudadanos M.F. Petrenko y N.T. Gorbacheva, que vivían cerca de Babi Yar”, el lugar donde civiles ucranianos simpatizantes de los nazis y los nazis asesinaron a 100.000 personas, en su mayoría judíos. Los testigos “declararon que habían visto cómo los alemanes arrojaban bebés a las tumbas y los enterraban vivos junto a sus padres muertos o heridos. Se podía ver la superficie del suelo. Esto marcaba las últimas luchas de los vivos que eran enterrados”.
Otra pieza de evidencia típica fue presentada por Rudolf Hoss, el comandante de Auschwitz.
“Recibí la orden de establecer instalaciones de exterminio en Auschwitz en junio de 1941. En ese momento, ya existían en el gobierno general otros tres campos de exterminio: Belzek, Treblinka y Wolzek… Visité Treblinka para averiguar cómo llevaban a cabo el exterminio. El comandante del campo en Treblinka me dijo que había liquidado a 80.000 personas en el transcurso de medio año. Su principal preocupación era liquidar a todos los judíos del gueto de Varsovia. Usaba gas monóxido, y no me parecieron muy eficientes sus métodos. Así que, cuando instalé el edificio de exterminio en Auschwitz, utilicé Cyclon B… Tomaba de 3 a 15 minutos matar a las personas en la cámara de gas… Para saber cuándo las personas estaban muertas, porque sus gritos cesaban…”
Cuando se leyeron los veredictos de los Juicios de Núremberg el 1 de octubre de 1946, tres acusados fueron absueltos: el banquero alemán Hjalmar Schacht, un aliado cercano de Hitler que participó en un intento fallido de asesinar a Hitler en 1944; Franz von Papen, quien ayudó a allanar el camino para que Hitler asumiera el poder; y el propagandista nazi Hans Fritsche.
Cuatro acusados fueron sentenciados a penas de prisión de entre diez y veinte años: el comandante de submarino Karl Donitz; el líder de las Juventudes Hitlerianas Baldur von Schirach; el ministro de armamento Albert Speer, quien también participó en un complot para asesinar a Hitler; y el líder nazi senior Kostantin von Neurath.
El excomandante de submarino Erich Raeder, el ministro de economía Walther Funk y el antiguo subjefe del comando de Hitler, Rudolf Hess, fueron sentenciados a cadena perpetua. (No cumplieron sus condenas de por vida: Raeder fue liberado en 1955; Funk en 1957; y Hess se suicidó en 1987).
Doce acusados fueron condenados a muerte: Hans Frank, quien gobernó la Polonia ocupada; Wilhelm Frick, ministro del interior de Alemania, que ayudó a crear las leyes raciales del Tercer Reich; Alfred Rosenberg, quien se desempeñó como ministro de los territorios ocupados del Este; Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo y de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppen; Joachim von Ribbentrop, ministro de relaciones exteriores de la Alemania nazi; Fritz Sauckel, arquitecto del programa de trabajo esclavo alemán; Alfred Jodl, jefe del Wehrmacht; Arthur Seyss-Inquart, alto dirigente nazi que gobernó sobre Austria, Polonia y los Países Bajos ocupados; Martin Bormann, secretario del partido nazi; y Hermann Göring, en un momento segundo al mando de Hitler.
Russel Crowe representa a Hermann Goering en la nueva película Núremberg
Diez de los prisioneros condenados a muerte fueron ejecutados. Martin Bormann fue declarado culpable en ausencia. Probablemente se suicidó al final de la guerra y sus restos fueron encontrados años después en Berlín. Hermann Göring, protagonista de la nueva película Núremberg, se suicidó la noche antes de su ejecución programada. Había dicho a sus allegados que sentía que la pena de ahorcamiento no era una muerte digna.
Entre 1946 y 1949, equipos legales de los Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y Francia llevaron a cabo otra docena de juicios contra altos dirigentes nazis en Núremberg. El primero de estos comenzó en diciembre de 1946. Conocido como el “Juicio de los Médicos”, este proceso examinó pruebas contra 23 médicos alemanes acusados de crímenes contra la humanidad. Otros juicios conjuntos en Núremberg se centraron en escuadrones de exterminio nazis, la SS, industriales que utilizaron trabajo esclavo y altos miembros del ejército y gobierno de la Alemania nazi.
La ignorancia sobre el Holocausto alcanza niveles históricos. Una encuesta reciente reveló que la mitad de los jóvenes en Estados Unidos no pueden afirmar categóricamente que el Holocausto no es un mito. A nivel mundial, solo aproximadamente la mitad de la población ha oído hablar del Holocausto nazi.
Frente a tanto desinterés y negación abierta, resulta más crucial que nunca educarnos sobre el Holocausto.
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