¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


6 min de lectura
Desde las donaciones de riñón hasta una plegaria de hace 3000 años que todavía se recita hoy, estas son 10 cosas que hacen que ser judío sea digno de celebración.
A medida que nos acercamos a las Altas Fiestas, me encuentro reflexionando sobre el año que pasó, con todos sus altibajos. Me doy cuenta de que muchos de mis mejores momentos surgen de la alegría y el orgullo inherentes a la vida judía. Esta es mi lista de las razones por las que me alegra formar parte de este grupo alocado, indisciplinado, a veces exasperante, pero, en última instancia, afectuoso, llamado el pueblo judío.
El Talmud señala que «Todos los judíos son responsables unos por otros» (Shavuot 39a), y los judíos siguen actuando de acuerdo con este principio en la actualidad. Cuando Hamás secuestró a 251 israelíes —no todos ellos judíos— en 2023, los judíos de todo el mundo se unieron para rezar, ejercer presión y manifestarse por su liberación.
Incluso en tiempos más cotidianos, ser judío a veces puede sentirse como formar parte de una gran familia. Los estudiantes judíos que llegan a la universidad saben que pueden contar con una cálida bienvenida en las organizaciones judías del campus. Los viajeros judíos saben que se sentirán como en casa cuando entren en las sinagogas locales, sin importar lo lejos que estén de su hogar.
Ser judío significa que nunca estás realmente solo; estás conectado con una comunidad judía más amplia que se preocupa por ti y que intervendrá para ayudar, apoyar y celebrar contigo.
El judaísmo inventó el fin de semana, el momento original de «¡Gracias a Dios es viernes!» al final de la semana, cuando podemos detenernos, respirar y llevar nuestra mente hacia una forma de vivir más tranquila.
«Seis días trabajarás y el séptimo día descansarás» (Éxodo 34:21). Hace miles de años, la Torá anticipó el ritmo frenético que tantos experimentamos hoy y propuso un antídoto: estableció un día de descanso cada semana para que podamos relajarnos, reconectarnos y recordar que es nuestra humanidad, y no nuestra productividad, lo que realmente nos define.
Donar a causas benéficas es un principio judío fundamental que los judíos han seguido a lo largo de toda nuestra historia y que continúan practicando hoy en niveles récord. Un estudio reveló que una gran mayoría de los hogares judíos estadounidenses donaban regularmente a causas benéficas en proporciones muy superiores a los niveles de donaciones de otros grupos religiosos.
Tzedaká, la palabra hebrea para caridad, nos permite comprender la manera judía de dar. A diferencia de la palabra española caridad, que proviene del término latino caritas, que significa afecto, la palabra hebrea tzedaká proviene de la raíz tzedek, que significa rectitud, justicia. Tengas ganas o no, el judaísmo exige ayudar a los demás porque es lo correcto, independientemente de lo que sientas.
Los judíos lideran el mundo en la donación altruista de riñones. Revolucionada a comienzos de la década del 2000, en gran medida por el economista judío Alvin E. Roth —quien posteriormente ganaría un Premio Nobel en 2012—, la donación altruista de riñones busca resolver el problema de la persistente escasez de donantes vivos de riñón alentando a las personas a donar un riñón a receptores con quienes no tienen ningún parentesco. Durante la última década, la donación altruista de riñones se ha convertido en una fuente importante de donaciones de riñones de personas vivas en todo el mundo, y los judíos están a la cabeza.
Israel lidera el mundo en donaciones altruistas de riñón, con muchos más donantes per cápita que cualquier otra nación. En Estados Unidos, nada menos que el 17 % de las donaciones altruistas de riñón provienen de judíos ortodoxos, a pesar de que los judíos ortodoxos constituyen apenas el 0,2 % de la población.
Es increíble comprender que las tradiciones judías que disfrutamos hoy nos conectan con una cadena que se remonta miles de años atrás y nos vincula con el pueblo judío. ¿Te gusta la sopa con bolas de matzá? Sus raíces se remontan al monte Sinaí, cuando se nos ordenó comer matzá en lugar de pan leudado durante Pésaj (Éxodo 13:6-7). ¿Alguna vez te has maravillado ante la belleza del Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me faltará...»? El rey David escribió esa plegaria eterna hace más de 3000 años. La jalá, las velas de Shabat, las manzanas con miel en Rosh Hashaná y la recitación del Shemá nos conectan con milenios de existencia judía.
Ser el siguiente eslabón de la cadena de la tradición judía es una gran responsabilidad y un privilegio.
El judaísmo nos alienta a debatir, examinar y lidiar con preguntas profundas sobre la vida, a considerar las opiniones de los demás y formular las nuestras. El Talmud, el texto central del judaísmo, está lleno de debates, comentarios sobre esos debates e incluso comentarios sobre los comentarios. Se alienta a los judíos a pensar profundamente sobre nuestros actos y nuestro mundo, y a prestar atención a las ideas de otras personas que también han profundizado en el significado de la vida.
Ser judío es ser un estudiante eterno que perfecciona su comprensión del mundo que lo rodea. Significa cuestionar, aprender y crecer constantemente.
Las cifras son asombrosas: el 22 % de todos los Premios Nobel otorgados a lo largo de la historia han sido concedidos a judíos. Eso equivale a 217 personas, entre ellas 14 israelíes. Y esto a pesar de que los judíos representan apenas el 0,2 % de la población mundial. Como diría tu madre, ¡cuánto najes (orgullo)!
El calendario judío está repleto de festividades que proporcionan un marco para el crecimiento personal y un motivo para celebrar. Desde mirar hacia nuestro interior y evaluar nuestros actos durante el año que pasó en Rosh Hashaná y Iom Kipur, hasta reflexionar sobre la manera en que nuestros antepasados resistieron la asimilación en Janucá, disfrutar de celebraciones desenfrenadas en Purim, celebrar la libertad en Pésaj y mucho más, las festividades judías nos alientan a reflexionar profundamente sobre nuestra vida y nuestra fe.
En lo que respecta a nuestros hijos, las festividades judías nos brindan hermosas maneras de transmitirles nuestro amor por el judaísmo y crear juntos recuerdos maravillosos.
Jugar a la geografía judía es inevitable cada vez que dos judíos se encuentran. «¿Dónde creciste?». «¿A qué campamento de verano fuiste?». «¿Saint Louis? ¡Vaya! ¿Conoces a mi tía Sadie?».
El objetivo subyacente es establecer una conexión judía, por tenue que sea. Olvídate de los seis grados de separación; cuando se trata de judíos, esas conexiones pueden reducirse a apenas dos o tres.
Los judíos también conocen muy bien el juego judío por excelencia: identificar qué celebridades son judías. «¿Pink? Es judía, ¿sabías?». Lo mismo ocurre con Daniel Radcliffe, Rashida Jones, Daveed Diggs y muchos otros. Ese impulso de establecer una conexión judía surge, en parte, del deseo de encontrar el común denominador dentro de esta extensa comunidad judía que llamamos familia.
Las comunidades judías han prosperado a lo largo de la historia. Incluso frente a la persecución, los judíos nunca han dejado de contribuir al mundo: inventando, creando, cuidando y tratando de hacer de nuestras comunidades y de las demás un lugar mejor.
Como escribió célebremente Mark Twain en su ensayo de 1899, Sobre los judíos:
Si las estadísticas son correctas, los judíos constituyen apenas el uno por ciento de la raza humana. Esto sugiere una tenue y nebulosa mota de polvo estelar perdida en el resplandor de la Vía Láctea.
En rigor, apenas debería oírse hablar del judío, pero se habla de él y siempre se ha hablado de él. Es tan prominente en el planeta como cualquier otro pueblo, y su importancia comercial es desproporcionadamente enorme en relación con lo reducido de su número.
Sus contribuciones a la lista mundial de grandes nombres de la literatura, la ciencia, el arte, la música, las finanzas, la medicina y los conocimientos especializados también son completamente desproporcionadas en relación con la escasez de su número. Ha librado una lucha maravillosa en el mundo, en todas las épocas, y lo ha hecho con las manos atadas a la espalda.
Podría enorgullecerse de sí mismo y se le podría disculpar por ello. El egipcio, el babilonio y el persa surgieron, llenaron el planeta de sonido y esplendor, luego se desvanecieron hasta convertirse en materia de sueños y desaparecieron; el griego y el romano los siguieron, hicieron un ruido enorme y ya no existen; otros pueblos han surgido y sostuvieron su antorcha en alto durante un tiempo, pero se apagó, y ahora permanecen sentados en la penumbra o han desaparecido.
El judío los vio a todos, los venció a todos y ahora es lo que siempre fue, sin mostrar decadencia, achaques propios de la edad, debilitamiento de sus facultades, disminución de sus energías ni pérdida de la agudeza de su mente alerta y combativa. Todas las cosas son mortales excepto el judío; todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?
Hay muchísimas otras razones por las que amo ser judío, entre ellas la comida, los libros, la música, las tradiciones judías y la belleza de la tierra de Israel. Comparte en la sección de comentarios a continuación qué es lo que te hace sentir orgulloso de ser judío.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
La actitud de preocupación y ayuda permanente entre todos, aún sin conocerse, sólo por el hecho de ser judío. El pueblo unido que existirá siempre.