El hombre que acuñó el término "genocidio" se horrorizaría ante esto


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Desde el hecho de hacer las compras a medianoche hasta excavar cenizas del Primer Templo, la vida en Jerusalem es de todo menos común.
Me mudé a Jerusalem desde London, Ontario, hace 40 años. La gente suele preguntarme cómo puedo vivir en Jerusalem, especialmente ahora.
Entiendo la pregunta. Vista desde lejos, Jerusalem suele parecer un lugar de tensión, conflicto, sirenas, discusiones, antiguos agravios y noticias de última hora. Todo eso existe. Sería deshonesto si fingiera lo contrario.
Pero esa no es la Jerusalem que experimento todos los días.
Aquí tienen diez razones por las que sigo asombrándome de poder vivir aquí.
Durante la guerra, tuve una llamada por Zoom con una colega del Medio Oeste de Estados Unidos mientras regresaba a casa en bicicleta, ya entrada la noche.
Ella me preguntó cómo se sentía Jerusalem en un momento como ese. En lugar de intentar explicárselo, giré la cámara.
Eran las 11 de la noche de un día laboral, en plena guerra, y la ciudad rebosaba de vida. Cientos de personas se dirigían hacia el Muro Occidental. Majané Iehudá, el mercado de frutas y verduras que por la noche se transforma en una zona de restaurantes, música y bares, estaba lleno. Había familias paseando. Jóvenes caminaban por las calles mientras sonaba la música. Las calles estaban repletas de gente.
Mi colega se quedó sin palabras.
No quiero decir que la guerra no dejó cicatrices. Claro que lo hizo. Todos conocían a alguien que estaba sirviendo en el ejército, alguien que había resultado herido, alguien que había sido desplazado o alguien que no regresó a casa.
Pero Jerusalem tiene una forma especial de sobrellevar el dolor sin rendirse ante él. La vida aquí continuó porque la gente entendía perfectamente lo que estaba en juego.
Vivir en Jerusalem es saber que la alegría, por sí misma, puede ser un acto de valentía.
Nueva York se llama a sí misma la ciudad que nunca duerme. Yo discrepo. Hace poco fui a un supermercado de Jerusalem a las 12:30 de la madrugada precisamente para evitar las multitudes. Sí, estaba abierto.
Fue un gran error. El lugar estaba abarrotado.
Había filas, ruido, cochecitos de bebé, adolescentes, personas comparando yogures como si se tratara de un asunto de seguridad nacional y dos hombres debatiendo apasionadamente sobre qué hummus era aceptable llevar a casa.
Todo eso a las 12:30 de la madrugada, un martes.
La ciudad no duerme. Simplemente cambia de turno.
Hay bebés por todas partes. En los restaurantes, en los autobuses, en la sinagoga, en el shuk (mercado), en los senderos de excursión y en cochecitos que sus padres empujan cuesta arriba por pendientes imposibles, luciendo a la vez agotados y radiantes.
Hoy, en muchas ciudades, los niños parecen ser tratados como una interrupción de la vida adulta. En Jerusalem, en cambio, son una de las razones principales de la vida.
Jugando hockey en Jerusalem.
Aquí las parejas jóvenes no esperan a que todo esté perfectamente organizado antes de formar una familia. Lo hacen en departamentos pequeños, con muebles de segunda mano, cunas prestadas, la ayuda de los abuelos y un nivel de confianza que puede parecer irracional, hasta que uno comprende que ese es uno de los secretos de la supervivencia del pueblo judío.
Jerusalem tiene una Ciudad Vieja, pero es también uno de los lugares más jóvenes que conozco.
Sí, hay misiles. Sí, hubo atentados terroristas. Sí, esto es Medio Oriente y nadie confunde Jerusalem con un tranquilo pueblo de Suiza.
Pero la experiencia cotidiana de caminar por Jerusalem es mucho más segura de lo que la mayoría de quienes la observan desde fuera imaginan.
Niños de diez años acompañan a sus hermanos menores a la escuela. Los adolescentes recorren la ciudad en autobús. Las familias permanecen sentadas al aire libre hasta altas horas de la noche. La gente deja los cochecitos de bebé en la entrada de los negocios. Se puede caminar por los barrios a cualquier hora, cuando en muchas otras grandes ciudades uno estaría pendiente de quién camina detrás.
Los titulares cuentan una verdad sobre Jerusalem. Sus calles cuentan otra.
En una sola manzana de Jerusalem puedes escuchar hebreo, inglés, árabe, francés, ruso, ídish, español y algunos idiomas que ni siquiera puedes identificar.
Se ven judíos procedentes de todos los rincones del mundo: ashkenazíes, sefaradíes, mizrajíes, etíopes, yemenitas, rusos, estadounidenses, franceses, británicos, marroquíes, persas, iraquíes y muchos más.
También se ven familias musulmanas, antiguas comunidades cristianas, clérigos armenios, peregrinos africanos, turistas asiáticos, sacerdotes con sotana, soldados uniformados, estudiantes de ieshivá con sombreros negros, mujeres con jeans, hombres con kipás tejidas y alguien de Brooklyn explicándole a alguien de Bnei Brak por qué su receta de kuguel es mejor.
Y si de verdad quieres entender por qué el autor considera absurda la acusación de apartheid, basta con subir a un autobús o al tren ligero, o visitar un hospital de Jerusalem. Verás médicos, enfermeros, pacientes, cirujanos, farmacéuticos, técnicos y familias judías y árabes transitando por los mismos pasillos, siendo atendidos en las mismas salas y cuidándose mutuamente de maneras que rara vez aparecen en las noticias.
Sobre el papel, todo esto no debería funcionar. Y algunos días apenas funciona. Pero, de algún modo, todos encuentran un espacio para convivir. No siempre con elegancia ni en silencio. Pero lo hacen.
En Jerusalem, la historia judía es algo por lo que pasas caminando cuando vas a comprar leche. Estás inmerso en ella.
Recorres calles que llevan el nombre de profetas, rabinos, reyes, poetas, soldados y soñadores. Escuchas debates políticos que parecen haber comenzado en la época de la Mishná y que probablemente no se resolverán hasta la llegada del Mesías. Ves excavaciones arqueológicas junto a cafeterías, piedras antiguas bajo edificios modernos y grupos de escolares de excursión en lugares donde estuvieron sus antepasados.
Aquí, la historia del pueblo judío no está encerrada detrás de un cristal. Se desarrolla ante tus propios ojos.
Celebrando Purim en el Barrio Judío.
Vivir en Jerusalem significa vivir con un sentido de responsabilidad. La historia está siempre presente y el mundo entero observa. También es un privilegio inmenso. Vivir aquí da la sensación de participar activamente en la escritura del próximo capítulo de la historia del pueblo judío.
No hace falta ser un místico, ni siquiera una persona especialmente religiosa, para sentir aquí la presencia de Dios. Basta con contemplar cómo el cielo se tiñe de dorado sobre la ciudad o recorrer las calles de la Ciudad Vieja durante el Shabat para que algo dentro de uno encuentre paz.
Jerusalem tiene la capacidad de hacer que una persona se plantee preguntas más profundas. ¿De qué formo parte? ¿Con qué soñaban mis abuelos? ¿Qué heredarán mis hijos? ¿Por qué vale la pena sacrificarse? ¿Qué significa pertenecer a un pueblo con una memoria tan larga?
He caminado hasta el Kótel, el Muro Occidental, a toda clase de horas y en todo tipo de estados de ánimo.
A veces voy con visitantes; otras, para rezar; y otras simplemente porque necesito recordar algo que no logro expresar con palabras.
El propio recorrido te prepara. Las piedras, las calles estrechas, el descenso por el Barrio Judío, la repentina apertura de la gran explanada y, finalmente, el Muro.
Es un lugar familiar, pero nunca ordinario.
El Kótel permanece allí, sosteniendo más lágrimas, plegarias, anhelos, gratitud y tenacidad del pueblo judío de las que cualquier muro de piedra parecería capaz de contener.
La gastronomía de Jerusalem no es sofisticada, pero es extraordinaria.
Es el pan de pita recién salido del horno. Es el aroma de los rogalaj en Majané Iehudá. Son las aceitunas, el tahini, la berenjena asada, la ensalada de tomate, el queso fresco y el café fuerte.
Las frutas y las verduras tienen aquí un sabor diferente: más dulce, más intenso, más lleno de vida.
Mi esposa trabaja como voluntaria en las excavaciones de la Ciudad de David, uno de los sitios arqueológicos más extraordinarios del mundo. La Ciudad de David constituye el núcleo más antiguo de Jerusalem, situado justo al sur de las murallas de la Ciudad Vieja, donde los arqueólogos están desenterrando capa tras capa de civilizaciones correspondientes a miles de años de historia judía.
Cada semana, mi esposa excava.
Últimamente ha estado trabajando en la capa de cenizas correspondiente a la destrucción del Primer Templo, una tragedia que los judíos siguen recordando cada año el Nueve de Av. Más de 2.500 años después, ella literalmente está excavando entre las cenizas de aquel día y sosteniendo en sus manos los restos de una vida judía interrumpida por el exilio.
Casi todas las semanas encuentra algo: una lámpara de aceite, una cuenta de un collar, un fragmento de piedra que formó parte de la casa de alguien hace miles de años.
En la mayoría de los lugares, la historia es algo que se lee en los libros. Aquí, mi esposa la sostiene entre sus manos.
Amo vivir aquí porque Jerusalem es el lugar donde el pasado de mi pueblo sigue hablando, donde nuestro presente arde de vida y donde el futuro nace cada día.
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