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Empujando el Límite

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20/02/2011 | por Emuna Braverman

Rivka Wiesenfeld era una generosa máquina que utilizaba cada pizca de energía para dar a los demás.

Un día los hijos de la rebetzin Rivka Wiesenfeld volvieron a casa de la escuela y se sorprendieron al ver que los muebles del cuarto de su madre no estaban. “Hubo una familia que perdió todo en un incendio”, explicó ella. “Y se los di”.

“Hubo una vez”, rememora una hija, “que nos sentamos a cenar en Shabat y descubrimos que no habían platos. ‘Oh, habían unos inmigrantes rusos que vinieron sin nada y se los di’”.

Rivka Wiesenfeld tenía una amiga de la secundaria que era una madre soltera con dos hijos. Cuando los hijos crecieron, esta mujer estaba invitada a su casa todos los Rosh Hashaná y Pésaj, por 40 años.

Hubo una mujer de 28 años que salió traumatizada sicológicamente de un serio accidente de tránsito. Rivka le habló todas las mañanas desde las 5 a.m. hasta las 7 a.m. por muchos años.

Había una mujer en un hospital de Manhattan que necesitaba que alguien la alimentara a las siete de la mañana: “Mi hija está trabajando en la zona. Le diré que se levante más temprano y que vaya”.

¿Quién era esta generosa máquina?

Central Generadora de Energía

La Rebetzin Rivka Wiesenfeld nació en Vilna en 1933, un mes después de la muerte de su abuelo, el reverenciado sabio conocido como el Jafetz Jaim. Pero ella nunca trató de aprovecharse de los méritos de su ilustre abuelo. Estaba más interesada en lo que la gente hace de sí misma que en lo que eran sus abuelos. Era aficionada a la frase que dice que el “ijus” (tener un linaje prominente) es como las papas; la mejor parte está bajo tierra”.

Un año en la época de Rosh Hashaná, había en el hospital una mujer con un infante enfermo. El bebé necesitaba que lo tengan en alzas constantemente y la madre necesitaba desesperadamente un descanso. “Prepárate”, le dijo a su hija adolescente, mientras empacaba comida, “vas a ir al hospital”.

“¿Pero qué va a pasar con mi Rosh Hashaná?”, preguntó ella.

“Este va a ser tu Rosh Hashaná”, contestó su madre.

Ella tenía poca paciencia para los quejidos de los sanos, pero todo el tiempo del mundo para los necesitados.

La rebetzin Wiesenfeld esperaba que todos los que la conocían y amaban estuvieran tan ansiosos de hacer actos de bondad como lo estaba ella. Tenía una tremenda cantidad de energía y no toleraba menos de los demás. Tenía poca paciencia para los alborotos y los quejidos de los sanos, pero todo el tiempo del mundo para los necesitados y los abatidos.

En 1941, cuando tenía ocho años, la madre de la rebetzin Wiesenfeld, la rebetzin Feige Zaks, la tomó a ella y a sus dos hermanos y abordó el ferrocarril trans-siberiano hacia la ciudad portuaria de Vladistock. Estuvieron en el tren por seis semanas antes de bajar y embarcarse hacia Japón. Después de unos pocos meses en Kobe, tomaron otro barco, que cruzó el Pacífico y los dejó en Seattle. Tomaron otro tren que cruzó el país y finalmente se asentaron en Nueva York.

Poco después de su arribo, Pearl Harbor fue atacado y sus compañeras de clases condenaron vigorosamente a los japoneses. Recordando la bondad que habían tenido con ella durante su estadía en Kobe, Rivka Zaks se levantó indignantemente en su defensa, ganándose una visita a la oficina del director.

Pero ella siguió siendo intrépida. En donde sea que veía algo torcido, se ponía a enderezarlo. En donde sea que viera una necesidad, se ponía a satisfacerla. Y también era imperturbable a la hora de decir lo que pensaba o compartir su pasión.

Viuda con 12 hijos

En 1951, Rivka se casó con el Rabino Gershon Wiesenfeld, un joven brillante que había descubierto la Torá a los trece años y que la buscó con un celo y una motivación (igualados solamente por los de su esposa), hasta su prematura muerte en 1981, a la edad de 49 años. Siendo una joven viuda con 12 hijos, ella no quería lástima. Su filosofía era “levántate y anda”.

Aunque la comunidad quería ayudarla, ella salió a trabajar. “Ni piensen en traerme dinero”, les advertía a sus amigos. “Mi marido, Rav Gershon, no hubiese querido, y yo tampoco”. Para ella, el dinero era solamente para ser dado.

Rivka tenía un hermano en Israel que también estaba envuelto en ayudar a los demás. Su nicho particular era ayudar a los israelíes que necesitaban ir a Estados Unidos para recibir tratamiento médico. Inicialmente, la rebetzin Wiesenfeld solamente los ayudaba a encontrar un lugar en donde quedarse. Luego comenzó a ayudarlos con las cuentas, luego investigó sobre las condiciones médicas y las opciones de tratamiento, finalmente averiguando también para poder determinar cuál era el mejor médico y ofrecer referencias. Mucho antes de ser una "organización médica formada por una sola mujer", era "la persona a quien recurrir" de cientos de personas durante décadas.

“Todo el que me llama es penalizado”, acostumbraba decir, “porque voy a mendigar de ellos”. Pero nunca era para ella misma. Ella simplemente no creía que la falta de medios debería interponerse en el camino para conseguir el mejor tratamiento médico posible. Ella se convirtió en una erudita en varias áreas de medicina y conoció a todos los expertos en el campo. Si no era el mejor, no te permitía que lo consultaras, a menos que fueras lo suficientemente tonto como para obstaculizar su voluntad indomable.

Una vez alguien necesitaba terriblemente un trasplante pero no tenía el dinero necesario, ella le recomendó que llamara a un determinado miembro de una comunidad adinerada y que le dijera (no que le pidiera) que lo pusiera en su tarjeta de crédito. Y lo hizo. La gente escuchaba a la rebetzin Wiesenfeld porque ella ponía el corazón y el alma en ayudar.

“Mi madre me enseñó a nunca tener miedo de lo que pensará la gente cuando hay vidas en juego”.

¿Alguna vez sus hijos le decían que no a su madre? “Nunca siquiera se nos pasó por la cabeza”. Ella nos motivaba tanto con hacer para los demás. Era una fuerza poderosa, alguien realmente especial”.

Ella evitaba la atención pública, como dijo su hija, era “la última persona en el mundo que hubiese tolerado que la gente hablara de ella”. Ella esquivaba el honor ruidosa y agresivamente.

Tumor Cerebral

Rivka Wiesenfeld fue una mujer de increíble determinación. A los 46 años, estaba embarazada de su hijo más joven cuando comenzó a perder el control de su cuerpo. Los doctores pensaron al principio que era un colapso nervioso, pero terminó siendo un tumor cerebral extraordinariamente grande. La rebetzin Wiesenfeld cayó en coma la noche anterior a la boda de su tercera hija. Después de finalmente despertar, tuvo que aprender nuevamente cómo caminar. Al ser exigente (con ella misma y con los doctores), su movimiento y su memoria volvieron a la normalidad.

“Mi madre me enseñó el significado de grandeza”, dice una de sus hijas más jóvenes. “Ella me enseñó el significado de fe y verdad. Y me enseñó a nunca tener miedo de lo que pensará la gente cuando hay vidas en juego. Aunque era sofisticada de muchas formas, su fe era simple y pura”.

Con sus hijos fuera de casa, la rebetzin Wiesenfeld fue a trabajar a un hogar para niños con discapacidades severas, chicos que estaban tan destartalados que a muchos sus familias los habían abandonado. Trabajó allí cinco días a la semana comenzando su turno a las 4:45 AM. Mientras que otros veían discapacidades profundas, ella veía almas especiales. Ella se rehusaba a descansar. Siempre estaba pensando en maneras de estimularlos y hacerlos sentir más cómodos.

Ella vio todo y a todos como una bondad de Dios. Aunque ella había experimentado la muerte de su marido a una edad temprana, la muerte de dos de sus hijos, y un tumor cerebral, continuaba reconociendo y confiando en que las acciones de Dios eran siempre para bien. Él era su apoyo.

“Para mí misma no tendría el coraje, pero para otros, empujo mis límites”.

Muchas de sus actividades requerían de una tremenda jutzpá (desfachatez), ya sea pedir por grandes sumas de dinero para tratamientos o fijar citas con médicos prominentes. Como le dijo ella a su amiga: “Para mí misma no tendría el coraje, pero para otros, empujo mis límites”.

Sin embargo, la suya no era una actitud de resistencia inexorable. Ella amaba la vida y celebraba cada momento. Era conocida por su sentido del humor y por sus frases ingeniosas, y nada le daba más placer que oír sobre la recuperación de uno de sus “clientes”. Una vez una amiga trató de animarla luego de una situación particularmente difícil, y ella la miró sonriendo y dijo: “¿Vas a darme fortaleza? ¿Para qué? No he tenido un mal día en mi vida”.

Ella aceptó gente en su casa sin tener una idea de por cuánto tiempo se quedarían. Todos los hijos tienen recuerdos de volver a casa de la escuela y encontrar a alguien durmiendo en sus camas.

Al momento de su muerte, sus mesas todavía estaban llenas con altas pilas de papeles y con resultados de estudios médicos. Ella ayudó a tantos extraños que la gente siguió llamando para pedirle ayuda sin saber que ella ya no estaba con vida.

El último acto de bondad de la rebetzin Wiesenfeld fue ir en una fría noche invernal a una boda. Murió cuando un conductor retrocedió con su auto por la entrada para coches sin verla.

Rivka Wiesenfeld fue realmente más grande que la vida, bendecida con cantidades incalculables de energía, motivación y compromiso para con los demás. Para los que nunca la conocimos, las historias de su bondad proveen un pantallazo de la persona que era y nos inspira a ser un poquito más dadivosos y afectuosos, y a tener un poquito más de confianza y fe. Ella nos inspira a todos a seguir empujando.




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