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Limpia y Libre

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10/04/2011 | por Emuna Braverman

Hay una sensación de libertad en el hecho de tener una casa limpia.

El domingo pasado fue un día grandioso, un día realmente productivo, un día que me dio mucho placer. Mi marido y mi hijo mayor se fueron a esquiar por unos días (no, ¡esa no fue la parte placentera!) y yo me quedé en casa con el resto de la familia.

“¿Tenemos planes para hoy?”, preguntó uno. “Sí”, respondí yo con entusiasmo, “¡vamos a limpiar las habitaciones para Pesaj!”.

Hubo muchas quejas y gruñidos. Creo que escuché a alguien decir entre dientes, “¿Tenemos que hacerlo?”, y confieso haberle ofrecido a uno de mis hijos un refresco como soborno. Pero después de los gruñidos iniciales todos tomaron una bolsa de basura y se pusieron a trabajar.

Y todos trabajamos y trabajamos y trabajamos. Hora, tras hora, tras hora. Bolsa de basura, tras bolsa de basura, tras bolsa de basura. No es que mi casa fuera un desastre tan grande (!) pero organizamos una boda el año pasado justo antes de Pesaj y nos saltamos toda la "no obligatoria" pero tan satisfactoria limpieza de primavera.

Este año compensamos por el tiempo perdido.

Teníamos una pila de ropa para donar a la organización de caridad local. Acumulamos bolsas de libros para la tienda de segunda mano de la esquina. Y nos deshicimos de toda la “basura” irrelevante. No tengo ni un hueso sentimental o comerciante en mi cuerpo y mis hijos son iguales.

No estoy segura de si es naturaleza o crianza pero ellos tampoco quieren guardar nada innecesariamente. Una vez ayudé a alguien a mudarse y en el proceso la convencí de que ya era hora de botar o regalar ese reloj y esos aros guardados desde ¡4º de preparatoria! ¿Y cuando vas a releer esos viejos informes escolares? (¡¿Para que revivir esa irritación?!) Mi marido dice que si él no se ha puesto algo en una semana, yo ya lo he regalado. ¿De que otra manera puede funcionar una gran familia en un espacio relativamente pequeño?

Al final del día todos nos sentimos más ligeros – incluso la casa – y además, sentimos esa clase de agotamiento satisfactorio que sientes solamente después de un día de esfuerzo físico. Y listos para abordar el resto de la casa… mañana.

Por supuesto, este fue solamente el comienzo de las preparaciones de Pesaj. Y si bien no considero cada aspecto igual de gratificante, de todas formas disfruto del proceso.

Reconozco que es a través de este esfuerzo que me estoy preparando a mí y a mi familia para la festividad.

Hay una sensación de libertad en el hecho de tener una casa limpia. (¡Estoy pensando en contratar una sirvienta para ayudarme a llegar a eso!) Hay una sensación de libertad (suficientemente paradójica) en el seguir las reglas dictadas para limpiar nuestras casas de levadura. Hay una sensación de libertad en el hecho de completar las preparaciones apropiadamente – en haber casherizado nuestras cocinas, comprado la matzá, cocinado toda la comida y preparado la mesa del Seder.

Todas estas actividades culminan con la lectura de la Hagadá y la experiencia de la liberación de los judíos de Egipto. Sin la preparación no entenderíamos lo que estamos experimentando. Con ella solamente probamos este preciado regalo.

Dios le dijo a Moisés que le dijera las siguientes palabras al Faraón: “Dios, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti para decirte: Libera a Mi pueblo para que ellos puedan Servirme…”. No es una libertad abstracta. Anhelamos la habilidad de adorar a Dios, de conectarnos con Él de forma absoluta.

Puede ser que no consigamos esa libertad a través de la limpieza de primavera. Pero cada paso nos lleva un poco más cerca…




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