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Blasfemia

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12/09/2011 | por Emuna Braverman

Cuando recurrimos a los insultos nos disminuimos a nosotros mismos.

"Cuida tu boca".

"¿Cuidar mi boca? Cada vez que trato, ¡mi nariz se entromete!".

Esta ridícula línea es de una cinta infantil, una introducción a una canción sobre un tema que no es para nada ridículo – los peligros de hablar en forma negativa sobre otros (conocido también como lashón hará). Pero lashón hará no es la única forma de discurso destructivo. Podemos herir a otros con palabras de muchas formas diferentes. Podemos ser malos, desconsiderados, crueles e insensibles. Para ser personas amables y consideradas, debemos cuidar nuestras bocas constantemente.

E incluso hay más. Lo que algunas veces olvidamos es que no solamente podemos dañar a otros a través del mal uso del habla, podemos dañarnos a nosotros también.

Recientemente escuche al anfitrión de un programa nacional de radio comentar que una diferencia entre las personas nacidas en la postguerra y sus padres es que los primeros insultan más.

Creo que la mayoría de nosotros está de acuerdo en que ¡esto no es un ejemplo de progreso! sin embargo nos hemos vuelto inmunes a ello, completamente insensibles.

Mi esposo y yo vivimos un poco en una burbuja. Dado que el es rabino, las personas tienden a "cuidar su boca" alrededor nuestro. Pero una vez que salimos al "mundo real", está en todas partes. Uno de los consejeros del Presidente es incluso famoso por la cantidad de insultos que utiliza. ¡Yo no querría eso en mi lápida!

Y las personas en el mundo del trabajo me informan que es generalizado. Está dado por hecho. Me han dicho que "Es solamente la forma en que se logran las cosas. Es la única forma en que las personas escuchan". Te hace ver rudo y poderoso. ¿Pero es así realmente?

Yo pensaría que el poder reside en aquellas personas con un mayor dominio del lenguaje, aquellos que pueden utilizar otras palabras para expresar lo que quieren decir. Tanto como un comediante verdaderamente talentoso no necesita confiar en maldecir para obtener una risa barata.

Parece que estoy desfasada del mundo a mí alrededor. Me ofende la dureza y la vulgaridad. Lo encuentro profundamente perturbador y me avergüenza cada vez que lo escucho.

Pero pienso que el verdadero daño es como nos volvemos toscos nosotros mismos a través del uso de la blasfemia, como dañamos nuestra dignidad, como abusamos de ese preciado regalo del habla que es exclusivamente humano.

Pienso que cuando recurrimos a los insultos – ya sea para decir algo importante o para estar a la moda, o tan sólo como parte de una conversación – nos rebajamos.

Muchos de nosotros somos cuidadosos de solamente meter alimentos orgánicos o extremadamente gourmet en nuestras bocas pero somos displicentes en relación a lo que sale de ella.

Y poco a poco, insensibilizamos nuestras almas. Poco a poco, rebajamos nuestra dignidad y, contrario a nuestros propósitos, realmente perdemos el respeto de otros.

La blasfemia enmascara una falta de poder real.

Puede que seamos capaces de intimidar a las personas a través de gritar y maldecir, pero miedo no es respeto. La blasfemia enmascara una falta de poder real.

A mí no me gustaría volver a los años cincuenta (o cualquier otra época en realidad) pero no todo sobre ellos era tan malo. Decir algo importante sin maldecir era testimonio de un mayor refinamiento de carácter, definitivamente una meta para todos nosotros.

Puede ser como uno de esos ejercicios de "aumenta el poder de tus palabras" de la revista "Reader's Digest" para encontrar sustitutos apropiados. Piensa cuanto más articulados y elocuentes seríamos. Piensa cuanto más elevados y dignos seríamos. Estaríamos intentando alcanzar lo espiritual en vez de hundirnos en lo físico.

Y lo que la abuela, o tía abuela de todo el mundo solía decir – "Si no tienes algo agradable que decir, no lo digas" – puede ser aplicado aquí también. Ciertamente el silencio es preferible a un aluvión de vulgaridad atacando nuestros oídos o los oídos de aquellos a nuestro alrededor.

Vi una hermosa idea hace poco que el Gaón de Vilna expresó en su Carta Ética. Por cada momento que una persona cierra su boca, ella se hace merecedora de una luz escondida que ningún ángel o criatura terrenal puede comprender.




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