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Interferencia

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13/11/2011 | por Yael Mermelstein

Por qué renuncié a la TV.

“¿Dónde está el control remoto?”, le pregunté a mi esposo. Era sábado a la noche, la casa por fin estaba limpia y los chicos felizmente durmiendo. Lo que más quería en el mundo era hundirme en el sofá y mirar las fascinantes vidas de un grupo de extraños por la pantalla de mi televisor.

Había un solo problema: ¡No tenemos televisor!

Cuando mi marido y yo nos casamos, decidimos que dejaríamos nuestros televisores atrás. Habíamos perdido demasiadas horas en distracción auto-inducida, y ya era tiempo de reducir las pérdidas. Queríamos construir un hogar imbuido con valores judíos, sin que las garras de la televisión metieran sus dedos en nuestra perspectiva del mundo.

Al principio no la extrañé. Mi esposo y yo teníamos todo el tiempo que necesitábamos para trabajar en nuestro nuevo matrimonio, y más adelante pudimos enfocarnos atentamente en la impresionante novedad de ser padres. Pero la familia creció, las responsabilidades aumentaron y comenzó el aburrimiento – yo necesitaba un escape.

“¿Qué le pasó a tu amor por la escritura?”, me preguntó mi esposo.

“¿Qué quieres decir?”.

“Cuando te conocí, me dijiste que amabas escribir. Y no te he visto levantar una lapicera desde entonces”.

Oh, sí, escribir. Había sido mi cable a tierra en mis años de escuela primaria, antes de que comenzara la secundaria con todo su conformismo. Antes de la universidad con sus presiones académicas. Antes de hacer malabares para obtener un postgrado mientras criaba hijos. Pero escribir para mí era un amor eterno, para el cual no tenía ni suficiente tiempo ni ambición.

“Escribir es difícil”, dije. “Quiero algo fácil”. Quería relajarme, anestesiarme de las suaves presiones de mi vida y perderme en las calamitosas vidas de otros.

Pero habíamos elegido no tener televisión. Entonces, sin otra cosa que hacer, escribí, y luego leí, y luego escribí un poco más. Y al final de una larga serie de noches de sábado de leer y escribir, me sorprendí al ver donde me encontraba: Una autora prolífica, con varios libros disfrutados por niños y adultos, y una floreciente carrera de escritora. Tengo el privilegio de trabajar en algo que me trae satisfacción ilimitada, construyendo una carrera que me permite trabajar desde casa mientras cumplo con mis responsabilidades familiares.

Estoy haciendo realidad mi sueño de niña, un resultado de nuestra decisión de dejar la televisión fuera de nuestra casa.

Estoy haciendo realidad mi sueño de niña, un sueño que había abandonado hacía mucho tiempo.

Y no tengo dudas de que nunca hubiera pasado de no haber sido por nuestra decisión de dejar la televisión fuera de nuestra casa.

Mi carrera profesional es sólo una pequeña parte de todas las cosas que hemos logrado en nuestras vidas, en lugar de dedicarle tantas horas a la pantalla del televisor. Las relaciones en mi vida se benefician muchísimo por esta ausencia.

Cuando no tienes televisión, no puedes enterrar una discusión con tu esposa en un programa bien elegido.

Cuando no tienes televisión, los hijos no pueden meterse en “sus guaridas” para tener un tiempo de descanso y recreación, callándote cuando pasas por sus cuartos con la canasta de ropa sucia porque no quieren perderse ni una palabra.

Cuando no tienes televisión, los únicos personajes que viven en tu casa son tú y tu familia. Las tensiones deben ser aplacadas, no pueden ser disfrazadas, los problemas que tus hijos están teniendo son las únicas cosas que llaman tu atención, y no te queda otra que lidiar con ellos, y los miembros de la familia rodean a “Mami” ya que ella sustituye al televisor como centro del hogar.

Y, por supuesto, hay una reliquia maravillosa llamada imaginación, algo que mis hijos tienen la libertad de cultivar. Como los medios de comunicación no gobiernan todo lo que mis hijos piensan o hacen, una silla se puede convertir en un caballo, y un hilo se puede convertir en un lazo. Una ramita se convierte en un cetro, en una herramienta, en un juego de limbo, en un bastón para vestirse elegantemente y en una jabalina.

En ocasiones, todavía me pregunto si no nos estaremos perdiendo demasiado. Fui criada con Plaza Sésamo, ¿y cuál fue el daño allí? A veces la gente necesita una distracción. Después de todo, no todos mis hijos son lectores voraces…

Recuerdo recientemente, mirando a mis hijos mientras se balanceaban sobre una sartén que alguien había tirado a la calle. Afuera hacía un poco de frío, pero todos necesitábamos salir, el aire fresco era un alivio para toda la energía que se había acumulado dentro de la casa.

“Estoy aburrida”, dijo mi hija de siete años.

“Ya sé, cariño”, dije. Estaba demasiado fresco para andar en bicicleta. Teníamos que entrar pronto. Quizás todo esto era una locura.

En ese momento, mi hija divisó a una chica de su escuela, una chica especial en silla de ruedas que fue admitida en la escuela a la que mi hija asistía.

“¡Oh, ya sé!”, dijo. “Jugaré con Rajel”.

“Juguemos a las escondidas”, dijo mi hijo. Mi hija tomó la silla de ruedas de Rajel y huyó con ella para esconderse mientras mi hijo se cubría los ojos con sus dedos y comenzaba a contar.

1-2-3-4-5-6-7...

El sol se estaba poniendo en un cielo púrpura, escuché a mis hijos riéndose mientras Rajel gritaba.

Y ahí me di cuenta de que no puede existir ningún programa de televisión mejor que el mío.




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