15 comunidades judías en los lugares más inesperados del mundo

23/08/2026

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Desde la Rusia ártica hasta la selva amazónica, comunidades judías han echado raíces en los rincones más insólitos del planeta.

Las comunidades judías echaron raíces en lugares que nadie esperaría. Aldeas amazónicas, cordilleras aisladas, incluso puestos avanzados polares. Conservaron sus propias costumbres durante siglos, a menudo bajo condiciones difíciles u hostiles.

Aquí presentamos algunos de esos extraños rincones de la Tierra donde crecieron comunidades judías. Algunas aún prosperan hoy; otras han desaparecido.

Judíos holandeses en Indonesia

Los judíos llegaron por primera vez al archipiélago indonesio en el siglo XVII como comerciantes en ciudades portuarias que visitaba la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. En el siglo XIX, se les unieron más inmigrantes de los Países Bajos y Alemania como comerciantes, funcionarios y soldados. En la década de 1850, había al menos 20 familias judías de origen holandés y alemán viviendo en Yakarta y otras partes del país.

A comienzos del siglo XX llegaron judíos de Bagdad y Adén siguiendo antiguas rutas marítimas, seguidos por varios cientos de refugiados europeos que huían de la persecución nazi. Para 1941, la población judía de Indonesia alcanzó su punto máximo, con aproximadamente 3.000 personas.

El Monumento de la Menorá Gigante, ubicado en las laderas del monte Klabat, en Minahasa del Norte, Célebes Septentrional, Indonesia.

Todo cambió durante la Segunda Guerra Mundial. La ocupación japonesa llevó al internamiento masivo de judíos europeos, y la agitación provocada por la independencia de Indonesia hizo que muchos se sintieran inseguros o fueran despojados de sus propiedades. En las décadas de 1950 y 1960, el creciente nacionalismo y la tensión política en torno a Israel empujaron a la mayoría de los judíos que quedaban a emigrar o a asimilarse silenciosamente en comunidades musulmanas o cristianas.

Hoy, solo unos 500 judíos continúan practicando el judaísmo en Indonesia, y el gobierno ni siquiera reconoce oficialmente el judaísmo como religión. Permanecen dispersos, con un perfil bajo y a menudo integrados en la población general, mientras que la sinagoga de Manado se mantiene como el último punto de referencia visible de una historia judía indonesia que alguna vez estuvo ampliamente extendida.

En el confín del mundo: los puestos avanzados del Ártico

Algunos capítulos de la historia judía se desarrollan en lugares tan fríos y remotos que apenas parecen habitables. En la Rusia ártica, en ciudades conocidas como Múrmansk, Arcángel y Norilsk, se encuentran tres diminutas comunidades judías.

Estos asentamientos del norte surgieron durante la época zarista, cuando las políticas de exilio empujaron a la gente hacia los confines más lejanos de Rusia. Más tarde, el sistema soviético del Gulag llevó a prisioneros y trabajadores judíos aún más adentro del círculo polar ártico. La expansión industrial del siglo XX agregó otra ola, atrayendo familias hacia pueblos mineros y ciudades portuarias donde se necesitaba mano de obra, sin importar el clima.

Múrmansk, la ciudad más grande al norte del círculo polar ártico, se convirtió en el hogar de una presencia judía modesta pero constante. Arcángel, un histórico puerto sobre el mar Blanco, registró residentes judíos durante los siglos XIX y XX. Norilsk, tristemente célebre por sus minas y sus brutales inviernos, sostuvo una pequeña comunidad que persistió a pesar del aislamiento, las duras condiciones y la agitación política.

Estos lugares son descritos a menudo como «puestos avanzados polares de la diáspora», no por su tamaño, sino por lo improbable de su existencia. Se encuentran en el límite mismo de la habitación humana, recordatorios de que la vida judía ha encontrado la manera de existir y perdurar incluso en las latitudes más implacables del mundo.

Los judíos de Bujará de Uzbekistán

Para el mundo occidental, los Estados de Asia Central situados entre Rusia y Afganistán son en gran medida desconocidos. Lo que sí se sabe es que formaban parte de la URSS y que la Ruta de la Seda hacia China atravesaba la región. Por lo tanto, es poco probable que muchas personas hayan oído la historia de los judíos de Bujará, una comunidad de casi 2.500 años de antigüedad.

Familia judía en Bujará, 1880

Los judíos de Bujará son una antigua comunidad judía mizrají de Asia Central, principalmente de Uzbekistán y Tayikistán. Llamados así por el histórico Emirato de Bujará, tradicionalmente hablaban bujori, un dialecto judeotayiko del persa, y prosperaron a lo largo de la Ruta de la Seda como tintoreros, tejedores y comerciantes.

La leyenda sostiene que los judíos se asentaron por primera vez en lo que hoy es Uzbekistán tras la destrucción del Primer Templo. La primera presencia judía documentada en la región se remonta al siglo IV E.C.

Cuando los babilonios destruyeron Jerusalem en el siglo VII a.C., los conquistadores trasladaron a muchos de los judíos de Judea a Babilonia. No todos permanecieron en esa ciudad; algunos de los judíos vagaron primero hacia Persia, pero luego viajaron por la Ruta de la Seda y se asentaron donde les resultaba conveniente. Los judíos de Bujará que viven en el actual Uzbekistán remontan su linaje a estos judíos.

Los judíos de Bujará enfrentaron una severa represión religiosa bajo el estalinismo y el régimen soviético. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, muchos emigraron a Israel y Estados Unidos —especialmente a Queens, Nueva York— en busca de mejores oportunidades económicas.

En su apogeo, la población judía de Bujará era de menos de 1.000 personas. Hoy se estima que aproximadamente entre 100 y 200 individuos aún viven en su centro histórico de Bujará.

Los judíos de Cochín, India

La comunidad judía de Cochín se desarrolló en distintas oleadas. Los primeros fueron los judíos malabares, una antigua comunidad cuyas raíces se remontan siglos atrás. Su origen exacto sigue siendo objeto de debate: algunos remontan su historia al exilio asirio, otros a judíos que huyeron después de la destrucción romana del Segundo Templo y otros a los primeros comerciantes yemenitas. Cualquiera que haya sido el camino, estaban en Kerala, India, mucho antes de las llegadas posteriores.

Una familia judía de Malabar (1900)

Un segundo grupo, los judíos paradesi, llegó mucho más tarde. Eran familias sefardíes que escapaban de las inquisiciones portuguesa y española en el siglo XVI. Trajeron consigo sus propias costumbres e idiomas.

Ambas comunidades construyeron sinagogas a lo largo de la costa de Malabar, conservaron sus tradiciones y vivieron entre vecinos hindúes, musulmanes y cristianos con poco temor al antisemitismo. Pero dentro de la comunidad persistió durante siglos una división basada en el color de piel y la clase social: los paradesi de piel más clara tenían un estatus superior, mientras que los malabares de piel más oscura eran relegados a los márgenes. Esa división finalmente desapareció a mediados del siglo XX.

Después de la fundación de Israel en 1948, la mayoría de los judíos de Cochín partieron para comenzar allí una nueva vida, y el estancamiento económico de India aceleró la migración. Hoy solo queda un puñado, pero sus sinagogas, cementerios e historias siguen siendo el ancla de una de las comunidades judías más inusuales y duraderas del mundo.

Hoy, la comunidad judía de Cochín cuenta con apenas unas pocas decenas de personas, la mayoría de ellas ancianas.

Los judíos igbo de Nigeria

Una de las afirmaciones más debatidas sobre las tribus perdidas de Israel proviene de los igbo de Nigeria. La idea plantea una pregunta evidente: si los asirios exiliaron a las diez tribus del norte de Israel en el siglo VIII a.C., ¿cómo pudieron sus descendientes terminar en África Occidental mucho antes de que existieran los viajes oceánicos a gran escala? Todavía no existe una prueba genética concluyente, pero los igbo han conservado durante mucho tiempo relatos que intentan explicar el viaje.

Muchos igbo que adoptan esta herencia afirman que sus antepasados se desplazaron gradualmente desde Medio Oriente y el norte de África hacia el África Occidental subsahariana alrededor de la época de la conquista asiria. Señalan a un viajero judío del siglo IX, Eldad el Danita, quien afirmó haber conocido comunidades africanas con escrituras hebreas, a las que solo les faltaban Lamentaciones y Ester, que fueron escritos posteriormente.

Quienes se identifican como judíos igbo creen que descienden de los antiguos israelitas. Remontan su linaje a la tribu perdida de Gad y mantienen rituales que evocan antiguas prácticas israelitas: normas alimentarias similares a las leyes de kashrut, separación durante la menstruación, circuncisión al octavo día y celebraciones de Pésaj.

Después de que una sangrienta guerra civil en la década de 1960 dejara más de un millón de igbo muertos, su identificación con los judíos, quienes habían enfrentado su propio genocidio, adquirió una nueva profundidad.

Hoy, las estimaciones sobre la población judía igbo varían ampliamente y oscilan entre 2.000 y 15.000 personas, porque no existen registros formales. Una estimación de 2008 situaba la cifra más cerca de 30.000, distribuidos por Nigeria y rezando en al menos 26 sinagogas. Estas congregaciones funcionan como centros de oración, estudio e identidad, manteniéndose resilientes en un país donde predominan el cristianismo y el islam, y donde grupos extremistas como Boko Haram y Al-Qaeda han causado graves daños e inestabilidad en la región.

A pesar de las presiones —religiosas, políticas y, en ocasiones, violentas—, los judíos igbo continúan aferrándose a sus tradiciones.

Los judíos de las montañas de Azerbaiyán

Azerbaiyán es uno de los pocos países de mayoría musulmana que mantiene una relación cálida con Israel, en marcado contraste con la hostilidad de Irán desde 1979. Cuando Teherán protestó por la visita de Azerbaiyán a Israel en 2012, el presidente Ilham Aliyev desestimó la protesta diciendo que sabía exactamente «quiénes son mis amigos y quiénes son mis enemigos». Esa amistad no surgió de la nada; tiene sus raíces en siglos de coexistencia con una de las comunidades judías más antiguas del mundo: los judíos de las montañas.

Su historia comienza hace aproximadamente 2.500 años, cuando judíos exiliados se desplazaron hacia el este, a Persia, y adoptaron el juhuri, un idioma judío basado en el farsi con rastros de hebreo. Con el tiempo, algunas de estas familias avanzaron hacia el norte, hasta las montañas del Cáucaso, donde los habitantes locales comenzaron a llamarlos judíos de las montañas. Construyeron comunidades estrechamente unidas y autosuficientes que mantuvieron vivas sus tradiciones a través de invasiones, conversiones forzadas y, más tarde, las presiones del ateísmo soviético.

El Azerbaiyán moderno es musulmán en más de un 90 por ciento, pero la cultura de los judíos de las montañas ha sobrevivido. Todavía cocinan los alimentos que sus antepasados trajeron de Persia, conservan las principales costumbres judías y las mezclan con influencias de Asia Central, creando una cultura judeomontañesa particular que no se encuentra en ningún otro lugar.

Su centro histórico es Krasnaya Sloboda, descrita a menudo como la única ciudad completamente judía del mundo fuera de Israel y Estados Unidos. Tiene sinagogas, una yeshivá y la bellamente restaurada Sinagoga de las Seis Cúpulas. La ciudad también alberga el Museo de los Judíos de las Montañas, el primero de su clase, que preserva siglos de objetos e historias de supervivencia.

A pesar de las guerras, la represión soviética y los desafíos de vivir como una pequeña minoría, los judíos de las montañas mantuvieron una presencia judía ininterrumpida en el Cáucaso. Hoy, la comunidad de Azerbaiyán cuenta con unas 11.000 personas, con poblaciones mucho mayores en la diáspora en Israel y Estados Unidos.

El Museo de los Judíos de las Montañas abrió sus puertas en Krasnaya Sloboda en 2020 para arrojar luz sobre esta comunidad única, sus tradiciones y su cultura, preservándolas para las generaciones futuras.

Los judíos de Jamaica

Desde hace más de 500 años, Jamaica tiene un corazón judío. Todo comenzó discretamente en la década de 1530, cuando refugiados sefardíes se introdujeron en la colonia española como criptojudíos, practicando en secreto pero fuera del alcance de la Inquisición. Después de que los británicos tomaran el control en 1665, la vida judía finalmente pudo salir a la luz: aparecieron sinagogas, escuelas y mercados, y Kingston, Port Royal y Spanish Town desarrollaron comunidades prósperas. A comienzos del siglo XVIII, Jamaica era el centro de la vida judía de habla inglesa en América, no la ciudad de Nueva York.

La turbulenta época de Port Royal agregó sus propias leyendas: comerciantes, negociantes y algunos legendarios corsarios judíos operaron en los márgenes de la economía pirata, aunque los historiadores modernos coinciden en que las historias de capa y espada están en su mayoría exageradas.

Incluso enfrentando discriminación periódica —impuestos especiales, un estatus legal de segunda clase y limitaciones para ocupar cargos públicos—, los judíos jamaicanos siguieron adelante. Ayudaron a dar forma a las industrias azucarera y naviera de la isla, produjeron artistas como Isaac Mendes Belisario y fundaron The Daily Gleaner, que sigue siendo el principal periódico de Jamaica.

La Sinagoga Shaare Shalom, construida en 1912. Es una de las únicas cinco sinagogas en funcionamiento en el mundo actual que tienen pisos de arena.

Para 1849, Jamaica tenía una notable presencia política judía, con ocho miembros judíos en la Cámara de la Asamblea, incluido el presidente de la Cámara. Debido a la gran proporción de representantes judíos, la Cámara suspendió sus sesiones por Yom Kipur ese año.

Las oleadas migratorias procedentes de Curazao, Alemania, Siria y Egipto revitalizaron la comunidad hasta comienzos del siglo XX, pero la asimilación y la emigración fueron reduciendo gradualmente la población.

Ahora solo queda una sinagoga en funcionamiento en Jamaica. La Sinagoga Shaare Shalom, ubicada en 92 Duke Street, Kingston, sigue una combinación de ritos sefardíes y ashkenazíes.

Hoy, la población judía practicante de Jamaica es pequeña —aproximadamente entre 200 y 450 personas—, pero la isla conserva un enorme legado: cientos de miles de jamaicanos remontan parte de su ascendencia a aquellos primeros sefardíes que ayudaron a dar forma a la historia de la isla.

Los judíos de Libia

La historia de los judíos en Libia tiene un comienzo antiguo y un final desgarrador.

Se dice que una antigua sinagoga en Sirte se remonta a casi 3.000 años atrás, lo que la situaría en la época del rey Salomón. Si esa cronología es correcta, sugeriría que comerciantes y colonos judíos pudieron haber llegado a Libia a través de la amplia red de alianzas y rutas comerciales de Salomón.

La vida judía en Libia comenzó cuando los egipcios llevaron cautivos de Judá a Cirenaica. La historia se repitió siglos después, cuando Roma aplastó una rebelión en Judea y envió a miles de personas más a través del Mediterráneo hasta Libia. Para entonces, una próspera comunidad judía de aproximadamente medio millón de personas se había establecido a lo largo de la costa oriental de Libia.

La Sinagoga Slat Abn Shaif, Zliten, Libia, antes de la Segunda Guerra Mundial.

Durante los siguientes dos milenios, esa comunidad soportó de todo, desde persecuciones y epidemias hasta una pobreza extrema. Para comienzos del siglo XX, solo quedaban unos 16.000 judíos. La era moderna de Libia comenzó en 1911 bajo el dominio italiano y, como no estaba gobernada por la Francia de Vichy, los judíos libios evitaron lo peor de las políticas de la época del Holocausto en el norte de África. La primera administración italiana incluso fue relativamente tolerante: en 1911, aproximadamente 21.000 judíos vivían principalmente en Trípoli y Bengasi, dispersos entre ciudades, granjas, aldeas y cuevas. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la población había aumentado a poco más de 30.000.

Todo cambió en 1938. Las leyes fascistas italianas de protección de la raza llegaron a Libia, prohibiendo a los judíos asistir a escuelas, ejercer profesiones y trabajar para el gobierno, y sellando sus pasaportes con la expresión «raza judía». Después de la declaración de independencia de Israel en 1948, disturbios antijudíos mataron a 12 personas y destruyeron cientos de hogares. Pero el mensaje estaba claro y casi 31.000 judíos libios partieron hacia Israel.

Una ley de ciudadanía de 1961 despojó efectivamente a los judíos de su estatus legal, y para 1967 solo quedaban 7.000. Después de la Guerra de los Seis Días, volvió a estallar la violencia. El rey de Libia y los líderes judíos instaron a las familias restantes a marcharse, y un puente aéreo italiano llevó a 6.000 judíos a Roma después de que fueran obligados a abandonar sus hogares, negocios y todo lo que poseían.

Cuando Muammar Qaddafi tomó el poder en 1969, apenas quedaban 100 judíos. Su régimen confiscó todas las propiedades judías, anuló las deudas e impidió la emigración. Algunos lograron escapar, pero para 2004 la presencia judía de 2.000 años en Libia había desaparecido por completo.

Los historiadores coinciden en que 2002 marcó el fin de la población judía libia con la muerte de la última judía de Libia, Esmerelda Meghnagi.

Aunque Libia había sido el hogar de una comunidad judía durante miles de años, y aunque los judíos habían vivido bajo dominio griego, romano, otomano, italiano, británico y árabe, ya no queda ningún rastro de esta comunidad que alguna vez fue próspera. Hoy no queda ni un solo judío en Libia.

Un museo de Tel Aviv abrió sus puertas en 2005 y recibió el nombre de Or Salom, un rabino libio, y fue dedicado a la memoria de una comunidad extinta.

Los judíos de la selva tropical de Iquitos, Perú

En Iquitos, en lo profundo de la Amazonía peruana, una comunidad judía de cientos de personas remonta su historia al auge del caucho de finales del siglo XIX, cuando comerciantes judíos marroquíes se internaron en la selva en busca de nuevos negocios. Se establecieron en remotas ciudades fluviales como Iquitos y Yurimaguas, se casaron con mujeres indígenas locales y formaron familias que mezclaron la vida amazónica con fragmentos de la herencia sefardí. Sus apellidos incluían Cohen, Pinto y Benzaquen.

Iquitos se encuentra en Loreto, la región más septentrional de Perú, famosa por albergar la ciudad más grande de la Tierra a la que no se puede llegar por carretera. Se llega en avión o en barco, tal como lo hicieron aquellos primeros comerciantes. Cuando el auge del caucho colapsó alrededor de 1912, muchos de los inmigrantes originales se marcharon, pero sus hijos se quedaron. Para 1909, había suficientes familias como para formar la Sociedad Beneficiencia Israelita de Iquitos, una comunidad judía formal en medio de la selva tropical.

La comunidad judía de Iquitos enciende velas en la víspera de Rosh Hashaná, 2016. (Facebook)

Con el paso de las décadas, la práctica religiosa se desvaneció, pero la identidad no desapareció. Más tarde, rabinos de Perú, Argentina, Estados Unidos e Israel ayudaron a revitalizar la vida judía, guiando a los descendientes en el proceso de reconexión, conversión y, en muchos casos, aliá. Hoy, la comunidad es pequeña. Se reúnen para rezar en la casa de la líder comunitaria Rebeca Abramovitz, pero forman parte de una extraordinaria historia amazónica: un grupo nacido de la migración global, moldeado por los matrimonios mixtos y sostenido por personas decididas a recuperar una herencia que estuvo a punto de perderse.

Los judíos argentinos de la Patagonia y Ushuaia

La historia judía de Argentina comienza lejos de las aldeas patagónicas en el extremo del mundo. A finales del siglo XIX, el país abrió sus puertas a la inmigración europea, y miles de judíos de Europa Oriental que huían de los pogromos en Rusia y Polonia abordaron barcos y cruzaron el Atlántico en busca de seguridad. A comienzos del siglo XX, Buenos Aires se había convertido en un importante centro para los inmigrantes ashkenazíes que escapaban del creciente antisemitismo en toda Europa.

Pero la migración no se detuvo en la capital. A medida que Argentina avanzaba hacia el interior de la Patagonia, construyendo puertos, pueblos ganaderos y puestos militares, las familias judías siguieron la misma lógica que todos los demás: ir adonde hubiera trabajo. Algunos llegaron a través de los proyectos agrícolas del barón Hirsch. Otros simplemente siguieron avanzando hacia el sur hasta que se acabó la tierra.

Se establecieron en lugares como Trelew, Puerto Madryn, Río Gallegos y, finalmente, Ushuaia, la ciudad más austral de la Tierra. Junto con familias sefardíes procedentes del mundo otomano, formaron comunidades diminutas pero decididas, dispersas por la estepa.

En la Patagonia, la vida judía no se parecía en nada a los shtétls que sus antepasados habían dejado atrás. Eran peones rurales, comerciantes, sastres, tenderos y maestros. Construyeron pequeñas sinagogas, escuelas hebreas y clubes culturales que mantuvieron viva la identidad a través de enormes distancias. Su historia está marcada por colonias agrícolas que aprendieron desde cero a criar ovejas, comerciantes de ciudades portuarias que abastecían al floreciente comercio de la lana y la intensa conexión que nace de vivir lejos de todo.

Algunas de esas comunidades todavía existen. Trelew y Comodoro Rivadavia mantienen activos centros culturales judíos que reflejan más de un siglo de vida judía en el sur.

Más al sur se encuentra Ushuaia, situada sobre el canal Beagle y más cerca de la Antártida que de Buenos Aires. Familias judías llegaron aquí como personal militar, comerciantes que abastecían al puerto y a la colonia penal, e inmigrantes aventureros que siguieron avanzando hacia el sur hasta que ya no quedó más «sur». Hoy, la comunidad es pequeña. Las reuniones durante las festividades, los eventos culturales y los rabinos visitantes la mantienen viva, y la tradición perdura.

Juntas, la Patagonia y Ushuaia forman uno de los puestos avanzados judíos más remotos del mundo, en el extremo sur de la diáspora.

Los judíos lemba de Zimbabue y Sudáfrica:

Los lemba de Zimbabue y Sudáfrica son una de las comunidades africanas más intrigantes con una larga tradición de ascendencia israelita. Lo que hace que su historia sea inusual es que su tradición oral, sus prácticas culturales y la genética moderna apuntan todas en la misma dirección.

Son un pueblo de habla bantú cuya identidad combina la herencia africana con costumbres que se parecen notablemente al judaísmo antiguo. Su tradición oral sostiene que sus antepasados provenían de una ciudad de Medio Oriente llamada Senna y que viajaron por la costa oriental de África como comerciantes antes de asentarse tierra adentro. La investigación genética respalda esta tradición.

Un hombre lemba del distrito de Gutu (por Sanali.SD, Wikipedia)

A finales de la década de 1990 y comienzos de la de 2000, surgieron estudios genéticos que sugerían que una proporción significativa de los hombres lemba, particularmente los pertenecientes al clan sacerdotal Buba, portan marcadores del cromosoma Y de Asia Occidental y semíticos, incluido el haplotipo modal Cohen presente en muchas familias sacerdotales judías.

El profesor Tudor Parfitt, una de las principales autoridades sobre movimientos judaizantes, comentó: «Su ADN indica claramente que su tradición oral es absolutamente acertada y que en algún momento efectivamente vinieron de Medio Oriente… el clan sacerdotal, los Buba, posee una rara firma genética, característica del sacerdocio del pueblo judío».

Como relata John Hadji, un respetado anciano lemba de Limpopo: «Nuestros antepasados abandonaron Israel durante una época en la que los judíos eran perseguidos por Nabucodonosor, en el año 650 a.C. Bajaron a través de Yemen, Eritrea, Kenia, Uganda y Mozambique antes de encontrar este lugar».

Culturalmente, los lemba mantienen prácticas que los distinguen de los grupos vecinos. Evitan el cerdo, practican la circuncisión en un contexto ritual, siguen estrictas leyes alimentarias, utilizan un calendario lunar y practican un sacrificio ritual similar a la shejitá kosher. También enfatizan la endogamia y desaconsejan el matrimonio fuera de la comunidad. Muchos lemba se identifican hoy como cristianos o musulmanes, pero describen el judaísmo como su cultura más que como su religión, y han trabajado para preservar esa herencia a lo largo de los siglos.

Una de sus tradiciones más distintivas es el ngoma lungundu, conocido como «el tambor que truena». Algunos investigadores ven ecos del Arca de la Alianza en la manera en que los lemba lo llevaban a la batalla. Un artefacto de 600 años vinculado a esta tradición se conserva en un museo de Zimbabue, y los lemba afirman que el objeto original se perdió en Yemen mucho antes de que sus antepasados llegaran al sur de África.

Hoy, los lemba suman alrededor de 50.000 personas, principalmente en los distritos de Gutu, Mberengwa y Bikita, en Zimbabue, y en la provincia de Limpopo, en Sudáfrica. Siguen siendo una de las pocas comunidades cuya tradición oral, antropología y genética se refuerzan mutuamente, sugiriendo una conexión real entre un pueblo africano moderno y antiguos comerciantes semíticos del mundo de la Judea bíblica.

A pesar de los hallazgos genéticos y de sus prácticas ancestrales, los lemba permanecen en la periferia tanto del reconocimiento africano como del judío. A menudo son considerados «demasiado africanos» para ser judíos y «demasiado judíos» para ser africanos.

Los judíos chinos de Kaifeng

Los judíos chinos de Kaifeng son una de las comunidades judías más fascinantes, históricamente ricas e inusuales del mundo. Prosperaron durante casi mil años en lo profundo de la China imperial, combinando la tradición judía con la cultura china sin dejar de ser inequívocamente judíos.

Su historia comienza a lo largo de la Ruta de la Seda, por donde comerciantes de Persia e India fueron abriéndose paso gradualmente hacia China. Los comerciantes podrían haber pasado por allí ya durante las dinastías Han y Tang, pero la primera comunidad propiamente dicha tomó forma durante la dinastía Song del Norte, cuando Kaifeng era una de las capitales comerciales más activas del mundo.

Judíos de Kaifeng, finales del siglo XIX o comienzos del siglo XX

Alrededor del siglo XI, un grupo de comerciantes judíos llegó a través de la Ruta Marítima de la Seda y pidió permiso al emperador Zhenzong para establecerse. Él los recibió cordialmente y les otorgó el derecho a vivir en Kaifeng y conservar sus tradiciones. Con el tiempo, más de setenta clanes formaron una próspera comunidad, conocida localmente como la «religión de los que quitan el tendón», porque seguían la norma judía de retirar ciertos tendones de la carne. Llamaban a su fe Ciye Le Jiao, la Religión de la Obediencia y la Paz.

Para 1163, habían construido un complejo sinagogal completo con una mikve, manuscritos hebreos y un santuario reservado para el rabino. Observaban Shabat, la circuncisión, la lectura de la Torá y evitaban el cerdo, combinando la vida cotidiana china con el ritual judío. Un emperador incluso les dio apellidos chinos cuando tuvo dificultades para pronunciar sus nombres hebreos.

Su suerte cambió en el siglo XVII. Una devastadora inundación en 1642 destruyó la sinagoga y valiosos rollos. Le siguieron guerras y disturbios, el conocimiento del hebreo se desvaneció y para 1800 había muerto el último rabino. Sin maestros ni textos, la comunidad se asimiló lentamente. Para el siglo XIX, misioneros que compraban antiguos rollos de la Torá descubrieron que ningún judío de Kaifeng podía leerlos. Aun así, fragmentos de identidad persistieron en pequeños hábitos como evitar el cerdo y hornear pan sin levadura.

Hoy, se estima que entre 600 y 1.000 descendientes permanecen en Kaifeng. Un puñado de miembros más jóvenes ha viajado al extranjero para estudiar hebreo o convertirse formalmente, mientras que otros aprenden a través de viajeros judíos que visitan la ciudad o mediante recursos en línea. China no reconoce oficialmente el judaísmo, pero los descendientes continúan explorando su herencia, manteniendo vivo uno de los capítulos más inusuales y duraderos de la historia judía.

Los judíos de Yemen

Los judíos yemenitas son una de las comunidades judías más antiguas y distintivas del mundo, con una historia de 2.000 años marcada por el aislamiento, el estudio, las dificultades y un inolvidable rescate masivo en el siglo 20.

Durante dos mil años, los judíos vivieron en Yemen, una comunidad tan antigua que la tradición local remonta sus orígenes a comerciantes enviados por el rey Salomón para conseguir materiales para el Templo. Ya sea leyenda o recuerdo, los judíos ya estaban bien establecidos a finales de la Antigüedad, y el aislamiento de Yemen les permitió preservar antiguas pronunciaciones hebreas, melodías y costumbres religiosas que hacía mucho habían desaparecido en otros lugares.

Al Ajar, Haïdan, 1984, foto: Myriam Tangi

Yemen no solo fue hogar de judíos; durante un tiempo, fue sede de un reino judío. A partir de aproximadamente el año 380 E.C., los gobernantes himyaritas adoptaron el judaísmo y lo utilizaron para unificar a las célebres y conflictivas tribus de la región. Su reinado duró aproximadamente 150 años, hasta que los cristianos de Axum, en Etiopía, invadieron, derrocaron la dinastía y prepararon el terreno para el ascenso del islam en Arabia un siglo más tarde.

Bajo el dominio islámico, los judíos vivieron como una minoría protegida pero restringida. Sufrieron persecuciones periódicas, conversiones forzadas y estrictas limitaciones económicas, pero construyeron comunidades notablemente resilientes en pueblos y aldeas de montaña. La mayoría trabajaba como plateros, carpinteros y artesanos. Su cultura desarrolló un carácter propio: árabe judeoyemenita, un hebreo de sonido antiguo, elaborados atuendos de boda, la poesía musical del diwan y una estricta observancia religiosa de estilo tradicional.

A comienzos del siglo XX, unos 55.000 judíos vivían en Yemen. Las condiciones empeoraron en la década de 1920, cuando se reactivaron antiguas leyes de conversión, incluida la norma que exigía que los huérfanos judíos menores de doce años fueran separados de sus comunidades y criados como musulmanes. Después de la votación de la ONU sobre la partición en 1947, estalló la violencia en Adén, dejando 82 judíos muertos y cientos de hogares destruidos.

Esa tragedia desencadenó uno de los rescates más dramáticos de la historia judía. Entre 1949 y 1951, Estados Unidos y el Reino Unido llevaron a cabo la Operación Alfombra Mágica, transportando por vía aérea a casi 50.000 judíos yemenitas al nuevo Estado de Israel. Familias caminaron durante días a través de desiertos y montañas solo para llegar a los campamentos de partida. Fue un éxodo masivo que vació casi todas las aldeas judías del país.

Algunos cientos se quedaron, a menudo para cuidar a familiares ancianos. Con el paso de las décadas, las guerras civiles, la presión extremista y la creciente hostilidad empujaron a la comunidad al borde de la desaparición. En años recientes, el Departamento de Estado de Estados Unidos reubicó discretamente a las últimas familias en un lugar seguro en Israel o Estados Unidos.

Hoy, quedan menos de cien judíos en Yemen, y la mayoría de las estimaciones sugieren que el número se acerca ahora a apenas un puñado. Después de dos milenios de vida en las tierras altas y ciudades de Arabia, una de las comunidades judías más antiguas del mundo está a punto de desaparecer.

Los judíos falasha de Etiopía

Durante más de dos mil años, los Beta Israel falasha de Etiopía forjaron una vida judía lejos de los centros de la diáspora. Sus orígenes se entrelazan entre la leyenda y la historia. Algunos remontan sus raíces a Menelik I, hijo del rey Salomón y la reina de Saba. Otros señalan a judíos que huyeron hacia el sur después de la caída del Primer Templo o a miembros de la tribu de Dan que escapaban de antiguas guerras. Los estudiosos agregan otro hilo: comunidades agau de Etiopía que adoptaron el judaísmo en la Antigüedad.

Cualquiera que haya sido la combinación, para el primer milenio practicaban un judaísmo escritural dirigido por sacerdotes y centrado en el Orit, una versión en ge'ez de la Torá no influenciada por los escritos rabínicos posteriores. Observaban Shabat, la circuncisión, las leyes alimentarias, las normas de pureza, las festividades bíblicas y la vida sinagogal dirigida por kohanim. Su judaísmo era antiguo, directo y notablemente resiliente.

Niño falash mura - Etiopía 2005

Su aislamiento se intensificó después de que el reino de Aksum adoptara el cristianismo en el siglo IV. Durante los siguientes mil años, la presión aumentó. En los siglos XV y XVI, gobernantes cristianos intentaron someterlos; la comunidad se replegó hacia el lago Tana. En el siglo XVII, el emperador Susenyos confiscó sus tierras y aplastó su autonomía.

Cuando el explorador escocés James Bruce los encontró en 1769, su número había disminuido considerablemente. Aun así, decenas de miles resistieron en el norte de Etiopía durante los siglos XIX y XX, manteniendo una identidad distintiva a pesar de la pobreza y la discriminación.

Todo cambió en la década de 1970. La revolución comunista de Etiopía, la hambruna y la guerra con Somalia empujaron a miles de Beta Israel hacia campos de refugiados en Sudán. Israel comenzó misiones de rescate encubiertas y, entre 1980 y 1992, aproximadamente cuarenta y cinco mil judíos etíopes llegaron a Israel.

Representaban prácticamente la totalidad de su antigua comunidad judía negra. Este drástico paso fue necesario porque la situación interna de Etiopía se había vuelto desesperada.

Hoy, unos ciento sesenta mil israelíes remontan sus raíces a esta antigua comunidad, mientras que solo queda un pequeño remanente en Etiopía y Sudán.

Los yibir de Somalia

Somalia ha sufrido casi todos los desastres que un país puede enfrentar. Hambruna, dictadura, guerra civil, señores de la guerra y el colapso de los servicios básicos convirtieron la vida cotidiana en una lucha por sobrevivir. Sin embargo, incluso en un lugar definido por las dificultades, los yibir destacan como una de las comunidades más marginadas del Cuerno de África.

Su historia comienza con una leyenda. En somalí, «yibir» significa hebreo, y la comunidad ha afirmado durante mucho tiempo tener raíces lejanas en el antiguo Israel. Sea cual sea la verdad, esa identidad los situó en el nivel más bajo del sistema de castas de Somalia una vez que el islam se volvió dominante. Durante siglos, vivieron como nómadas en los márgenes de las ciudades. Como clan marginado, se les negaba educación, atención médica y la mayoría de los servicios sociales. La pobreza moldeaba todos los aspectos de sus vidas. Sobrevivían mediante oficios humildes como la herrería, el trabajo del cuero y la medicina tradicional. Vecinos que los temían por considerarlos malditos aun así les llevaban pequeños regalos, creyendo que los yibir poseían un antiguo poder místico para bendecir porque «da buena suerte entregar a los yibir una pequeña cantidad de dinero cuando nace un hijo o en una boda».

Para la época medieval, cualquier práctica judía había desaparecido. Los yibir se convirtieron en musulmanes como todos quienes los rodeaban, pero el estigma de su origen judío nunca desapareció. Incluso en décadas recientes, los jóvenes yibir suelen ocultar su identidad para evitar el ridículo o la exclusión.

La Somalia moderna les ofreció poco alivio. Cuando la guerra civil destrozó el país, sufrieron como todos los demás, solo que con menos protecciones y menos aliados.

En 2012, cuando Somalia comenzó a reconstruir un gobierno central, los yibir recibieron una pequeña señal de reconocimiento. Durante la elaboración de un nuevo sistema político, los legisladores reservaron un escaño en la cámara baja para la comunidad. Fue un gesto modesto, pero para un pueblo olvidado y empujado a los márgenes durante siglos, marcó el primer indicio de un lugar dentro de la historia nacional.

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