La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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Historias de grandes mujeres judías.
Érase una vez… en antiguas ciudades y shtétls bulliciosos, en laboratorios, tribunales, cocinas e incluso en el espacio, niñas judías crecieron hasta convertirse en mujeres judías que cambiaron el mundo.
Bedtime Stories for Strong Jewish Girls (Cuentos para la hora de ir a dormir para niñas judías) da vida a los relatos increíbles de 50 heroínas judías, eruditas, espías, científicas, artistas, atletas, líderes y soñadoras, que se atrevieron a hacer preguntas, mantenerse firmes e iluminar el camino para las generaciones venideras.
Perfecto para pequeños lectores con grandes sueños, este hermoso libro inspirará a las niñas judías, y a todos los niños, a verse como parte de un legado vibrante de fuerza, creatividad y valor.
Disfruta de estas cuatro historias inspiradoras extraídas del libro.

Había una vez una pequeña mujer que amaba el ídish. Se llamaba Molly. Desde que tenía memoria, siempre había sido una artista. Comenzó probando sus actuaciones con sus hermanas en la sala de su casa en Filadelfia, pero pronto empezó a entretener a otros.
Su primera actuación pública fue para los pasajeros de un tranvía atascado en el tráfico. Poco después, se unió a una compañía formal que actuaba por todo Estados Unidos. En esa compañía conoció a su esposo, un director de teatro ídish llamado Yankele. Y Yankele tuvo una idea.
Él le dijo: "Molly, está claro que lo que más disfrutas es hacer comedias. Y eso es una suerte, porque lo que la Europa devastada por la guerra más necesita es reír. La gente solo quiere volver a reír, y tú puedes ayudarlos a hacerlo".
Molly suspiró. No estaba segura de poder soportar más tristeza. Ella y Yankele llevaban años esperando tener un hijo… Pero Yankele tenía razón. Lo que sucedía en Europa era terrible. Su pueblo, más que cualquiera de sus otros públicos, necesitaba reír. Y ella era quien podía recordarles cómo hacerlo.
"Está bien, Yankele. ¿Cuál es nuestra primera parada?", preguntó. Durante la Segunda Guerra Mundial, Molly actuó para refugiados y soldados estacionados en toda Europa. Al finalizar la guerra, llevó su espectáculo también a los campos de desplazados. En uno de esos campos, un niño de tres años escuchó risas por primera vez. Todo gracias a Molly. Ese niño no sería el único niño en su vida a partir de entonces.
Después de la guerra, ella y Yankele decidieron acoger y criar a cuatro niños. Mientras los criaba, Molly nunca dejó de actuar. Incluso a los sesenta y tres años hacía piruetas en un escenario de Broadway. En 1971, a los setenta y tres años, interpretó el papel de Yente en la película El violinista en el tejado.
Yankele solía decir que ella era “la chica que envejece cada año y rejuvenece cada día”. Y Molly respondía, sin dudarlo: "Es por la risa".

Érase una vez, no hace tanto, una muchacha alemana llamada Rajel que quería ser doctora.
Una noche, su madre le dijo: "Rajel, la comunidad judía necesita mujeres médicas con talento para la ciencia y conocimiento del judaísmo".
Su madre había escuchado a Elías, el novio de Rajel, decirle que no quería que ella continuara con sus estudios de medicina. Aunque a la madre de Rajel le agradaba Elías, no le gustaba ver que desanimara a su hija.
Rajel sonrió. "Madre, seré doctora. Ya he presentado la solicitud de permiso para rendir los exámenes". Rajel dejó de lado su molestia por el hecho de que solo las mujeres tuvieran que pedir ese permiso, así como dejó pasar las palabras de Elías. "Pero también me casaré con Elías. Puede que él no quiera que sea doctora, pero no me detendrá. Me alegra que tenga la confianza suficiente para decirme que no está de acuerdo conmigo".
Y Rajel cumplió ambas promesas. Durante los siguientes veinticinco años, mientras educaba a sus cinco hijos, Rajel ejerció la medicina y educó a las mujeres sobre el cuidado adecuado de su salud y la de sus familias.
Para 1933, Rajel y Elías ya no eran jóvenes. Elías estaba enfermo, y aunque Rajel era médica, no podía ayudarlo.
"Rajel", le dijo Elias desde su cama, "cuando yo muera, quiero que te mudes a Palestina. Es demasiado peligroso quedarse en Múnich. Tú y los niños deben estar seguros y libres".
Rajel desvió la mirada. ¿Podría realmente mudarse con sus hijos adolescentes a una tierra desconocida?
"Recuerda a Abraham, cuando Dios le ordenó dejar su tierra y viajar a una nueva tierra. Prométemelo", le dijo Elías.
Rajel sabía que Elías tenía razón. Los nazis ganaban poder y se avecinaban tiempos oscuros. Lo prometió.
Menos de un año después, Rajel llegó a Palestina y se puso a trabajar. Estaba decidida a ayudar a fortalecer el estado judío, médica y socialmente.
Y como lo demuestran las instituciones que aún hoy llevan su nombre, eso fue exactamente lo que hizo.

"¡Esty! ¡No olvides tu parasol! ¡El sol está muy fuerte hoy!", gritó su madre cuando ella salía.
La joven de dieciséis años suspiró fastidiada. ¡Qué vergüenza le daba ese parasol!
"Solo voy a ayudar al tío John, mamá. No estaré al sol", respondió, aunque de todos modos tomó el parasol.
No quería perder más tiempo lejos del laboratorio de su tío John, donde ayudaba a crear cremas, lociones y perfumes. Si tenía suerte, incluso la dejaba ponerles nombre a esas creaciones.
"Hola, Esty", la saludó su tío, más animado que de costumbre. "Tengo una idea. ¿Ya sabes qué quieres hacer después de graduarte de la secundaria?"
Cuando Esty pensaba en su futuro, solo sabía que no quería terminar como su madre, que trabajaba sin descanso en casa criando a nueve hijos, ni como su padre, que luchaba por ganarse la vida en un trabajo que no disfrutaba. Pero no tenía claro qué camino seguir.
Su tío continuó diciendo: "Te he visto vender a tus amigas los productos que hacemos aquí. Eres talentosa, y me encantaría que te unieras al negocio como vendedora. Claro que podrás seguir ayudándome en el laboratorio si lo deseas".
Esty lo pensó un momento. Le encantaba vender productos de belleza, pero lo que más disfrutaba era crearlos. Quizás así podría hacer ambas cosas… ¡y tal vez incluso crear una crema que reemplazara ese parasol que tanto detestaba!
"De acuerdo", dijo. "¿Cuándo empiezo?"
Poco después de graduarse, Esty comenzó a vender los productos de su tío, pero no tardó en desarrollar los suyos propios. Cuando vendió cincuenta mil frascos de su perfume en su primer año, decidió lanzar su propia empresa, poniéndole su nombre, pero haciendo que sonara como cuando la llamaba su padre con su acento europeo: Estée Lauder.
Su esposo se unió a ella, y juntos, mientras criaban a sus dos hijos, convirtieron a Estée Lauder en una compañía multimillonaria que vendía sus productos por todo el mundo, incluyendo una crema que protegía la piel del sol y que salvó a muchas mujeres de cargar con el parasol que Esty tanto odiaba.

Érase una vez una mujer llamada Recha, que tuvo la suerte de mudarse con su esposo a la Suiza neutral antes de que la guerra envolviera a Europa.
"Por última vez, le aseguro que no estamos dirigiendo un hotel", le dijo a una vecina que tocó su puerta, confundida por la cantidad de personas que había dentro.
La vecina se marchó escéptica, y Recha suspiró aliviada. Llevaba mucho tiempo ayudando a refugiados: alojándolos, alimentándolos y dándoles esperanza para un futuro mejor. Pero no era fácil. El año anterior había estado en prisión, aunque el juez desestimó los cargos en su contra e incluso donó cien francos a sus esfuerzos de rescate.
Recordó eso con una sonrisa. Muchos de sus vecinos no judíos se habían unido a su causa, y siempre les estaría agradecida. Recha volvió a entrar y vio que se estaba formando el minián diario.
"Recha", la llamó su esposo, "¿todavía quieres enviar ese telegrama?" Aunque ya habían salvado a muchos judíos, Recha sentía que era hora de aprovechar mejor sus contactos. La idea era sencilla. Los Sternbuch estaban conectados con el presidente de Suiza, y él tenía vínculos con un alto oficial nazi, Heinrich Himmler.
Ya era 1944, y los nazis empezaban a perder la esperanza de ganar la guerra. Recha pensó que quizás Himmler estaría dispuesto a socavar la agenda nazi a cambio de salvarse. Recha podía aprovechar esa oportunidad, haciendo que el presidente suizo le transmitiera una mentira que ella había inventado: que Himmler podía salvarse salvando judíos. El presidente aceptó ayudar. Pocos días después, le informó que Himmler había caído en la trampa. ¡Recha lo había logrado una vez más!
Al final de la guerra, Recha había salvado más de 300.000 vidas judías. Y no se detuvo allí: dedicó el resto de su vida a buscar niños judíos ocultos por toda Europa para reunirlos con sus familias o con quienes pudieran cuidarlos. Recha era una mujer con una misión.
Cuando el mundo a su alrededor se desmoronó, Recha descubrió dentro de sí una fuerza que la convirtió en una rescatista de valentía inquebrantable.
Ilustraciones de Jess Goldsmith
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