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¡Come!

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28/12/2008 | por Kezia Raffel Pride

Nunca se sabe cuando algo, tan simple como un niño que no quiere comerse sus vegetales, te llevará a una de las pequeñas epifanías de la vida.

La otra noche cuando puse la cena frente a mi hijo de siete años, él sonrío con deleite. "¡Anillos de pollo! ¡Mmmm!". Pero apenas cortó el primer anillo su sonrisa desapareció: "¡Tiene maíz adentro!". El ofensivo vegetal hizo temblar sus labios. "¿Por qué siempre haces algo que detesto?", gimió, y corrió a su habitación.

Yo había pensado realmente que era una comida para niños agradable, pero mi hijo es delicado para las comidas. Es difícil pasar algo por sus labios que no sea mantequilla de maní o hamburguesas.

Tuve repentinamente, una inspiración. Llamé a mi hijo para contarle de la vez en resumen me estaba recuperando de mi tercera operación de rodilla, muchos años atrás.

Esta cirugía en particular fue un caso serio. Les voy a ahorrar los detalles, pero en corto implicó mover huesos y poner dos tornillos brillantes de titanio, que se ven realmente interesantes en mis placas de rayos X.

Luego de haber regresado a casa del hospital, mi pie me dolía bastante. Mi cirujano ortopédico no estaba disponible, así que hablé con su socio, quien tenía cierta reputación entre las mujeres en el gimnasio de fisioterapia, de ser menos que sensible con las pacientes mujeres.

"Intente quedarse recostada", sugirió él.

"Mmm, sí. No he salido de la cama mucho desde la cirugía", respondí.

"Bueno, sólo mantenga la pierna elevada y aplique hielo".

Le aseguré que había suficiente hielo en la bomba especial que hacía circular agua fría sobre mi rodilla 24 horas al día, y le dije que estaba desconcertada de porque mi pie me dolía tanto cuando era la rodilla la que había sido operada.

"Bueno, se puede esperar algo de incomodidad después de una cirugía", me informó amablemente.

"Claro", dije yo, perdiendo mi paciencia, "pero esto es más que incomodidad, y estoy preocupada".

"Llame mañana si no ha mejorado", dijo él.

A la mañana siguiente, el dolor en mi pie se había ido. Desafortunadamente, también se había ido toda otra sensación.

A la mañana siguiente, el dolor en mi pie se había ido. Desafortunadamente, también se había ido toda otra sensación. No podía sentir mi pie para nada, ni podía moverlo. Fue una desagradable revelación el saber como se siente una parálisis; emití una orden en mi cerebro para que mi pie se moviera, y nada ocurrió.

Esta vez logré contactar a mi propio doctor. Él se presentó en mi apartamento, en su brillante Porsche, alrededor de media hora después. Al estar acostumbrada a esperarlo durante dos horas en su bien equipada sala se espera, me imaginé que esto no podía ser una buena señal.

Me dijo que ya había hecho los arreglos para tener una sala de operaciones lista para llevarme nuevamente. Pero cuando desenvolvió mi momificada pierna encontró el problema: mi pierna estaba extremadamente hinchada, y las enfermeras habían puesto los vendajes demasiado apretados, causando la compresión del nervio peroneo, el cual controla la parte externa de la canilla y la punta del pie junto con el dedo gordo. Él vendó nuevamente mi pierna, de forma más suelta, y me dijo que todo volvería a la normalidad muy pronto.

Así fue, la sensación regresó a mi pie pronto. Pero mi nervio herido estaba enojado. Cualquiera que haya experimentado ciática u otra forma de dolor de nervio conoce la sensación: una quemazón intensa. A veces me dolía constantemente; en otras ocasiones el dolor sacudía mi pierna como grandes descargas eléctricas.

El dolor se hizo más intenso cada día. A veces me sentaba en el sofá y lloraba, mientras mi pobre marido me miraba sin poder hacer nada. Me sentía como si un cocodrilo tuviera su mandíbula clavada en mi pie.

Hice lo posible por evitar tocarme el pie; dejé de usar calcetines, y lavaba cuidadosamente mi pie solamente una vez por semana. Dormía – si es que podía dormir – con el pie saliendo por debajo de las sábanas. Incluso la brisa de mi ventilador se sentía como puñaladas. Mi doctor me dijo que tuviera paciencia. Casi perdí la cabeza.

Finalmente, luego de seis semanas, mis huesos estaban suficientemente curados para regresar a la fisioterapia. La terapeuta que me asignaron se llamaba Felicitas. Esto era seguramente alguna ironía cósmica, ya que ella era en realidad, una persona bastante severa, quien rara vez sonreía. De cualquier forma, ella me puso a prueba, y yo le dije que estaba preocupada más que nada por este dolor de nervio que me estaba debilitando completamente.

Felicitas me entregó una pila de diez trapos de texturas variadas, el más grueso de todos era un poco más suave que una lija. "Aquí tienes", dijo ella, "comienza a frotar estos en tu pie. Un minuto con cada trapo, comenzando por el más suave y terminando con el más grueso".

Podría haberme sugerido que me rastrillara la piel con cepillos de metal, o que lo sumergiera en agua hirviendo. Mis ojos deben haber estado abiertos como platos mientras le explicaba cuidadosamente que si ni siquiera dejaría que un pañuelo de seda se deslizara por sobre este pie, ¡mucho menos pasaría diez minutos frotando trapos gruesos sobre él!

Felicitas me explicó que al evitar tocar mi pie, había transformado a mi nervio en hipersensible. El nervio ya no era capaz de procesar estímulos sensoriales normales. En resumen, al mimar a mi pie, lo había empeorado.

Así que apreté los dientes, y comencé a frotar. Fue espantoso, pero a la semana mi nervio comenzó a mejorar. Eventualmente regresé casi a la normalidad, con solamente una puntada ocasional, para recordarme del cocodrilo que se sentaba en el sofá masticando mis dedos durante varias semanas.

Hay un tiempo para la nutrición personal, de seguro, pero mimarnos en demasía nos lleva a la debilidad.

Así que concluí, llegando al punto para mi jovencito reacio al maíz, que a veces cuando evitamos lo que es difícil para nosotros, nos debilitamos. Al rehusarte a comer la mayoría de los tipos de alimentos, le dije, estás haciendo que tu lengua sea demasiado sensible, y se está haciendo más y más difícil para ti comer lo que no está incluido en tu corta lista.

"Este", señalé dramáticamente su plato de anillos de pollo con maíz, "es tu primer trapo". Come esto y te prometo, que antes de que puedas darte cuenta, estarás listo para comer de las comidas deliciosas que hasta ahora evitas.

Luego de un poco más de gimoteo, él eventualmente se comió su cena, y concedió que no era tan malo.

No se si este será el fin de delicadeza con la comida en nuestra casa, pero me he encontrado a mí misma pensando acerca de mi propia metáfora.

¿Cuán a menudo evitamos aquello que es difícil para nosotros, mimándonos sin hacer nada porque sabemos que algo puede ser difícil o incluso doloroso? Hay un tiempo para la nutrición personal, de seguro, pero mimarnos en demasía nos lleva a la debilidad.

¿Me mimaré durmiendo hasta tarde por la mañana, o me levantaré temprano para rezar antes de que los niños se despierten? ¿Me permitiré a mí misma decirle un chisme a mi marido (porque después de todo él es mi marido, y no le estoy diciendo a nadie más y eso casi no parece chisme), o controlaré mi lengua, disciplinándome para cuidar las leyes del habla?

¿Me inclinaré a proteger mi comodidad inmediata, o tendré en mente una visión a largo plazo y me desafiaré a crecer, incluso si duele en este momento?

Dios, pásame el primer trapo, trataré de estar feliz al respecto.




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