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Percibiendo el infinito

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29/04/2008 | por Rav Shimon Leiberman

¿Cómo podemos obtener una percepción de Dios? La Cábala revela como el Infinito interactúa con la humanidad.

La Cábala se trata de entender en la medida de lo posible a Dios. Esto nos lleva a una gran paradoja, ya que ¿cómo podemos nosotros, que somos seres finitos, entender a Dios que es infinito?

La Cábala describe a Dios como Ein sof, palabra en hebreo que significa ‘Sin fin’.

Coloquialmente, por supuesto, estamos acostumbrados a utilizar “infinito” siempre que nos referimos a algo “muy, muy grande” o “incontable”. Pero su verdadera definición es “sin fronteras” o “sin parámetros”.

Así como cuando agarramos algo físicamente necesitamos límites/bordes para aferrarnos a él, así también cuando mentalmente entendemos un concepto, necesitamos percibir los límites de la idea como puntos de referencia. Por lo tanto, cuando definimos algo, le estamos dando parámetros y entonces somos capaces de comprenderlo.

La claridad de una imagen depende de la nitidez del contraste de sus fronteras. Cuando quiero describir a una persona, señalo las distinciones entre ella y los demás. Si yo digo “ella es alta”, realmente quiero decir “élla es más alta que la mayoría de las personas”.

Dios se denomina Bal tajlit, Él ‘no está limitado’ de ninguna manera.

Esto no sólo significa que sus poderes no se limitan en modo alguno, sino que, más profundamente, no podemos contrastar a Dios con ninguna experiencia conocida por la humanidad.

Describiendo lo indescriptible

Cuando un niño nos pide que le describamos la miel, podemos señalar la dulzura del azúcar, el color del marrón tostado, la textura de un jarabe y decirle que imagine las tres cosas juntas.

Pero cuando un niño pide una explicación sobre las políticas de las relaciones de trabajo, pasamos un momento difícil tratando de encontrar un ejemplo, porque las interacciones emocionales de ese tipo de escenario, no tienen un paralelo real en el universo de un niño.

Lo mismo ocurre con la esencia de Dios. Ninguna cantidad de comparaciones, ilustraciones o metáforas traerá su realidad más cerca de nuestra comprensión. Él es simplemente Ein sof, ‘Sin fin’, indefinible, punto.

Entonces, ¿qué estamos estudiando en la Cábala?

¿Acaso estamos adoptando la opinión de que la mente es un instrumento inútil cuando se trata de conectarnos con Dios? ¿O que la comunión con Dios es un estado trascendental y emocional de autonegación y aceptación?

No. No puede ser que la mente humana —nuestro órgano más importante y el que nos asemeja a Dios— no tenga ningún propósito en nuestro intento de comunicarnos con nuestro Creador.

La esfera de la comprensión

La respuesta es que, si bien Dios mismo es Ein sof, Él ha creado un “lugar” de interacción entre Sí mismo y la humanidad que es, para nuestro bien, delimitado y definido. Este “lugar” se llama Hanhagá. Este es el ámbito en el cual podemos hacer uso de nuestra comprensión y conocimiento.

Pero, ¿tiene ésta esfera significado en el sentido absoluto? ¿O se ha creado simplemente por el bien de mantener nuestras mentes ocupadas, ya que en realidad, no podremos nunca entender la cosa verdadera?

Vamos a contraponer dos ilustraciones que pondrán en perspectiva nuestra pregunta y con suerte darán una respuesta:

Un adulto visita la casa de su amigo puesto que éste le ha pedido que cuide de su hijo. El adulto tiene poco en común con el niño, sin embargo, debe mantenerlo ocupado de alguna manera (digamos que la televisión está rota). Él diseña un juego de canicas y se sienta a jugar con el niño.

Al hacerlo el adulto ha abandonado por completo el mundo de los adultos y ha entrado en el mundo del niño. Años más tarde, cuando el niño recuerde este incidente, él podría sentir esto como un ejemplo de la bondad del adulto. Pero nada en el juego en sí es un reflejo de los valores del adulto.

Ahora consideremos una segunda ilustración. Un adulto crea una escuela para niños donde les enseñará dignidad, responsabilidad y justicia. Pero esos son conceptos abstractos, sin significado para un niño. Por lo tanto, él hace una norma que las camisas blancas y las corbatas se usen todo el tiempo, que el preparar una cierta cantidad de tarea sea el deber diario del niño y que el estudio, o la falta de él, será anotado y contabilizado.

Para la mente del niño estas son normas concretas y realidades físicas con las cuales puede relacionarse. Sin embargo, detrás de las reglas hay principios abstractos que el niño tiene que aprender. Cuando el niño crezca, percibirá los valores internos que estas reglas representan.

Así es precisamente como funcionan las cosas en el ámbito de la Hanhagá Divina, la forma en que percibimos que Dios interactúa con el universo, lo cual por supuesto, está contenido en las normas y leyes de la Torá.

Para nosotros los mandamientos de la Torá son normas y dictados. Al ser concretos y finitos, son comprensibles. Sin embargo, su “alma” por así decirlo, es Divina.

Estudiar, obedecer y entender esa Hanhagá nos permite desarrollar gradualmente un sentido de la voluntad Divina.

Este es el tema de la Cábala.

La Cábala busca la comprensión de la Hanhagá Divina, en oposición a la comprensión misma de Dios. Paradójicamente, al llegar a una comprensión más profunda de la Hanhagá, obtenemos también un pequeño vistazo de la realidad de Dios.




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