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Prisionero

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22/03/2009 | por AishLatino.com

Lidiando con la enfermedad mental de mi padre.

"Si sólo pudiera retroceder las manijas del tiempo, borraría todo el dolor que te causé".

Esta fue la carta que mi padre me dio el día antes de mi matrimonio. Una sola hoja de papel adherida a una caja, y dentro de ella un hermoso reloj de oro blanco.

Mi padre estaba mentalmente enfermo. Nosotros no hablamos de estas cosas; estas cosas siempre le ocurren a otras personas, no a nosotros. Pero él era mi padre. Él era prisionero de su propia mente, atrapado en la locura de la depresión maníaca, también conocida como depresión bipolar. Él era un hombre devastado por sus altos y bajos. Lo peor de todo, es que él lo sabía – antes, durante y después de cada episodio.

Cuando mis padres se conocieron, él mostró algunas señales, pero en su inocencia, mi madre pensó que era un amorío entretenido y excéntrico. Él era bien parecido, encantador y tenía un gran sentido del humor. A lo largo de los años, sus síntomas empeoraron y cuando yo nací, las presiones de la vida familiar se hicieron demasiado grandes. Él fue de doctor en doctor, de siquiatra en siquiatra, y cada uno le recetó un cóctel diferente de pastillas para frenar su temperamento. Así comenzó su dependencia química de por vida.

Tempranamente aprendí que había buenos días y malos días. Aprendí a no traer amigas a casa. Aprendí el significado de no tener control; mi padre podía decirme que me amaba en un minuto pero avergonzarme en público en el otro. Yo me enojaba tanto con él, ¿cómo podía repetir el mismo patrón una y otra vez? ¿No me quería lo suficiente como para despertarse e ir a trabajar como cualquier otra persona?

Es difícil describir totalmente el impacto que la inestabilidad y la vergüenza provocaron en mí.

Finalmente después de que mi madre probó todo, el matrimonio de mis padres se disolvió.

Yo estaba aterrada con empezar un noviazgo. Después de todo, yo pertenecía a una comunidad muy unida y un día me di cuenta que todos conocían la situación de mi padre. Me tomó muchos años trabajar sobre mis propios problemas, aprender a controlar el enojo, limitar mis expectativas y aceptar la realidad. Mirando hacia atrás, me preguntó cómo me las arreglé.

Conocí a mi futuro marido. Él era todo lo que yo necesitaba, calmado y paciente y muy comprensivo. Mi padre lo amaba porque él me hacía feliz. Él vio nuestra relación como un nuevo comienzo, una oportunidad para empezar de cero y esto lo motivó a cambiar. En ese momento fue cuando me escribió la carta y me dio el reloj. "Si solo pudiera retroceder las manijas del tiempo, borraría todo el dolor que te causé".

Por primera vez, comencé a tratarlo como una persona y no como una carga.

Aún recuerdo la escena en nuestro nuevo departamento cuando mi padre se quebró. Él había estado estable desde antes del compromiso hasta unas cuantas semanas después del matrimonio. Yo estaba casi esperanzada. Mi esposo se tomó las cosas con calma y me apoyó a través de esos momentos tan difíciles. Con su oído atento, sus dulces palabras y consejos, aprendí por primera vez a separar a mi padre de sus demonios. Lo vi con una nueva luz, como alguien que sufre de la manera más terrible, con el dolor de la locura. Empecé a mostrarle respeto y a hablarle con dignidad. Por primera vez, comencé a tratarlo como una persona y no como una carga.

Yo estaba usando el reloj cuando recibí la llamada telefónica. Eran las 6:15 de la mañana y de alguna manera supe que esta era la llamada telefónica que siempre temí. Durante muchos años sospeché que mi padre moriría joven por la carga de sus dolencias y sus medicamentos. Desperté a mi esposo en pánico. Él atendió el teléfono, escuchó por un momento y comenzaron a rodar lágrimas por sus mejillas. Él movió su cabeza. En aquel instante entendí que ese capítulo de mi vida había terminado. Mi padre había fallecido mientras dormía. Mi padre y todos esos años de dolor y de vergüenza se habían ido para siempre.

Su muerte fue agridulce. Yo sabía que ahora estaba en paz, pero recién ahora yo había aprendido a aceptar su condición. Como mi hermana menor me dijo en el funeral, "tengo lágrimas en dos ojos, lágrimas de pena por su partida en uno y lágrimas de alegría en el otro porque su sufrimiento terminó". Sólo desearía haber tenido más tiempo.

Cuando yo tenía 18 años, comencé una terapia para aprender a lidiar con los problemas que me había causado la enfermedad devastadora de mi padre. Recuerdo a mi sabia psicóloga diciéndome, "Un día, cuando tengas 30 o 40 años, vas a darle gracias a tu padre por haberte forzado a ser una persona fuerte y bondadosa". Ella estaba equivocada. Ya estoy agradecida y todavía no he cumplido 30 años.

De la misma manera que aprendí que hay días buenos y malos; aprendí a no tomar la vida por sentado. Yo aprecio inmensamente el regalo de la cordura, el privilegio de estar en total control sobre mi mente. Puedo levantarme y lavarme las manos. Puedo comer un plato lleno de cereal y disfrutarlo. Puedo comenzar el día jugando alegremente con mis hijos. Puedo amar, puedo aprender y puedo dar. A través de todo eso, yo me he convertido en una mejor esposa y una mejor madre.

Si sólo pudiera retroceder las manijas del tiempo, yo te mostraría, Papi, cuanto aprendí del dolor que tú no me quisiste causar.



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