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Maniobras de Emergencia

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17/05/2009 | por Yael Mermelstein

Que hacer en caso de terremoto y otro tipo de emergencias hogareñas

Ya sé que voy a escuchar una buena historia cuando veo a través de la ventana de la cocina que mis hijos vienen saltando de vuelta de colegio. Atraviesan enérgicamente la puerta, torbellinos de energía de 8 y 9 años que traen consigo la esencia de la infancia.

"¡Mami!", gritan simultáneamente, las palabras se acumulan en la punta de sus lenguas y fluyen incoherentemente.

"¡Huau!", les digo, "tranquilícense un poco".

Hacen una pausa por un segundo... "¡Maniobras de emergencia!", grita uno de ellos casi sin aliento. "¡Un oficial israelí vino hoy a nuestra escuela a enseñarnos cómo actuar en caso de emergencia!".

"¡Sí!", exclama mi otro hijo. "Aprendimos como actuar en caso de terremoto, asalto a mano armada y ataques con misiles..."

"Excelente", interrumpo yo. ‘Los escenarios fatales' nunca han sido uno de mis temas favoritos de conversación. "Bueno, entonces, ¿que harían para protegerse en caso de emergencia?".

Uno de mis hijos corre y se esconde debajo de la mesa. "Esto es lo que hay que hacer en caso de terremoto", dice animadamente. "¿Esa es la mesa más firme que hay en toda la casa?", pregunto yo aterrorizada.

"Y esto es lo que hay que hacer en caso de asalto a mano armada", en ese mismo instante mi otro hijo se para enfrente y cruza sus brazos encima de su pecho y comienza a retroceder. "Esto es lo que hay que hacer si el asaltante está a más de seis metros de ti", agrega él, "de lo contrario debes tratar de arrebatar su arma, ya que esa es tu única esperanza". ¡Glup!, yo trago saliva.

"Y si hay un incendio", agrega uno, "debes mantener la calma, debes formar una fila y salir ordenadamente del edificio".

A modo de demostración, mis hijos forman una fila y caminan tranquilamente a través de la sala, uno detrás del otro como los vagones de un tren.

"¿Cuán fácil es seguir estas instrucciones cuando verdaderamente ocurre una emergencia?", pregunto yo... "¡Exactamente, por eso uno debe seguir practicando!".

"Es muy peligroso si no sigues las instrucciones", agrega mi hijo.

"Sí", dice mi hijo mayor. "Realmente puedes salir herido".

"Sí, pero, ¿cuán fácil es seguir estas instrucciones cuando verdaderamente ocurre una emergencia?", pregunto yo. Ellos me miran con asombro.

"¡Exactamente, por eso uno debe seguir practicando!", dicen ellos. "Nos dijeron que vamos a seguir practicando maniobras de emergencia hasta que sea algo rutinario", me explican, "hasta que el hecho de reaccionar apropiadamente sea nuestra segunda naturaleza".

Ellos continúan con sus juegos, pero mientras les sirvo la cena, yo sigo pensando acerca de "maniobras de emergencia". Emergencias físicas y emergencias espirituales. Y esos pensamientos aún rondan por mi mente cuando ellos vuelven del colegio al día siguiente.

"Él me está molestando".

"No es cierto, él empezó".

"Ella me molestó a mí, por eso yo lo molesté a él".

Mis hijos se persiguen unos a otros, gritando. Uno de ellos agarra una botella de plástico (¿¡para utilizarla como arma!?, espero que no) y pasa a llevar una botella de vidrio de jugo de uva. La botella de jugo de uva sale volando, y mis nervios se rompen en mil pedazos junto con la botella, que yace esparcida a lo largo del piso como un accidente automovilístico.

Miro a mi hijo y su labio está temblando.

"Rompí la botella de jugo de uva", dice silenciosamente. Mi pulso se acelera.

"Vete a tu cuarto", digo yo, mi voz suena como una grabación automática. "No quiero verte hasta mañana".

La velada se transforma en una desilusión en relación a mi hijo y en relación a mí misma. Me voy a dormir con los pensamientos dando vueltas en mi cabeza.

"Maniobras de emergencia". ¿Pueden funcionar realmente? ¿Puedo programarme a mí misma para reaccionar adecuadamente cuando mis relaciones personales más valiosas están en peligro?

Repaso la escena en mi mente. Planeo rutas de escape. Localizo el extintor de incendios. Anticipo lo peor y planeo como salir a salvo. Debo intentarlo. Unos días después mi hijo vuelve de la escuela.

"Hola dulzura, ¿cómo estuvo tu día?, le pregunto.

"Horrible", responde él. Lanzando su mochila a través del salón.

"¿Quieres hablar acerca de ello?, le pregunto.

"No", responde furiosamente. "¿No entiendo por qué nunca me mandas cosas buenas para comer?".

Nunca. Siempre. Todas las otras madres. Esas son fuertes palabras para los oídos de una madre. Mi corazón se oprime. Y luego recuerdo. "Maniobras de emergencia".

Si alguien armado se acerca a ti, cruza los brazos sobre tu pecho. Agacha tu cabeza. Protege tus órganos internos, tu corazón, tu mente.

"Mmm", digo comprensivamente. "Debes haber tenido un día difícil, ¿puedo ofrecerte algo para comer?".

Él huele el aire. "¡No! ¡Huele terrible! Preparaste algo con queso. ¡Tú sabes que yo odio el queso!"

Sí, quiero gritarle. ¡Yo sé que odias el queso! Por eso casi nunca preparo cosas con queso a pesar de que todo el resto de nosotros ama el queso. Y sabes que, ¡hay una lasaña sin queso especialmente para ti en el horno!

Pero recuerda, nunca debes empujar a las demás personas en caso de incendio. Alguien puede salir herido en el camino.

"Descuida dulzura", le digo, "hay una lasaña sin queso especialmente para ti en el horno". La saco y se la sirvo amablemente.

"¡No la quiero!", exclama. Él empuja el plato a lo largo de la mesa y se cae al suelo, manchando todo el piso con salsa de tomates.

En caso de terremoto, el mejor lugar para estar es debajo de un mueble firme, o en un área abierta.

Respiro profundamente y con gentileza le paso un paño para que limpie el desastre.

"Voy a mi cuarto unos minutos", le digo, hasta que la tierra deje de temblar. Y luego camino tranquilamente, con calma, hasta mi cuarto.

Puede que aún no sea mi segunda naturaleza, pero poco a poco, con el tiempo, una maniobra a la vez.




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