Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


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Los padres excelentes escuchan, creen en sus hijos, están presentes y saben reparar.
Es difícil encontrar el regalo adecuado para alguien que nunca parece necesitar nada. ¿Cómo eliges un regalo para el héroe que te enseñó a andar en bicicleta, que nunca se inmutó ante tus peores errores, que mantuvo la calma cuando todo se estaba derrumbando y que te hizo sentir amado sin decir una sola palabra?
Ninguna tarjeta ni ningún regalo podrán expresar realmente la fortuna de haber tenido un padre que estuvo verdaderamente presente en tu vida. En honor a todos los padres en nuestra vida, aquí hay cinco hábitos de los padres excelentes.
Hay un tipo de padre que escucha de una manera que te hace sentir que nada de lo que digas puede hacer que te quiera menos. Él sabe que un hijo que se siente juzgado hablará menos o dejará de hablar por completo, y cargará solo con sus problemas. Por eso, se resiste a corregir, resolver o comenzar a dar una lección antes de que su hijo termine de contar su historia.
Permanece con la incomodidad de no resolver el problema. Hace más preguntas en lugar de dar más respuestas. Estos padres son el lugar seguro y constante de sus hijos, la persona a la que pueden llamar en medio de la noche sabiendo que siempre responderá.
Un padre que cree en ti es una de las mayores bendiciones que puedes recibir. No necesita decirte lo extraordinario que eres porque actúa como si tu éxito nunca hubiera estado en duda. Demuestra silenciosamente su confianza ofreciéndote ayuda y estando presente incluso en los pequeños logros. Pregunta por tus ideas para comprenderlas, no para evaluarlas.
Y como él no duda de ti, tú aprendes a no dudar de ti mismo. Su voz te acompaña en los momentos difíciles: "Ya has superado cosas difíciles antes. También puedes superar esto".
Uno de los cimientos más sólidos que un padre puede darle a un hijo es tratar la conducta como algo que el niño hace, no como lo que el niño es. Esta clase de padre sabe cómo corregir la acción sin permitir que esta defina a su hijo. Por eso, su orientación se recibe de otra manera: como una guía hacia la persona que el niño puede llegar a ser.
Esta es una poderosa forma de amor que dice: "Veo en ti mucho más que tus peores momentos". Los niños que crecen de esta manera aprenden a decir: "Hice algo malo", en lugar de: "Soy malo".
Un padre verdaderamente presente levanta la vista de lo que está haciendo cuando su hijo entra en la habitación. Recuerda los nombres de tus amigos. Está presente en los pequeños momentos, no solo en los grandes acontecimientos. Los hijos que crecen con un padre genuinamente presente desarrollan la sensación de que merecen la atención de alguien, de que son lo suficientemente importantes como para ser vistos.
Mucho después de que los detalles de cada interacción se hayan desvanecido, lo que permanece es el fundamento emocional construido gracias a su presencia constante.
No existe el padre perfecto. Lo que distingue a los padres excelentes no es la ausencia de errores (perder la paciencia, no cumplir una promesa o estar distraídos) sino lo que hacen después. Un padre que sabe reparar se sienta, mira a su hijo a los ojos y le dice: "Me equivoqué y lo siento".
Esto es más difícil de lo que parece. Requiere dejar el orgullo de lado y confiar en que la honestidad construye mucho más que fingir que nada pasó. Pero el valor de la reparación es imposible de medir. Le enseña a un hijo que las relaciones pueden superar momentos difíciles, que el amor no está amenazado por los errores y que asumir la responsabilidad no es una señal de debilidad.
Ser un padre excelente es una práctica que se construye hábito tras hábito, decisión tras decisión, día tras día. Los padres que dejan la huella más profunda son aquellos que siguen estando presentes pase lo que pase.
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