¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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El rabino Dov Ber Cohen desmiente cinco mitos sobre Rosh Hashaná y Iom Kipur.
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El rabino Dov Ber Cohen tiene un currículum poco habitual: seis años estudiando meditación y artes marciales en Asia, una etapa como monje y, ahora, educador en Aish. Rav Dov Ber se reunió con Jamie Geller para explicar cinco de las mayores ideas equivocadas que la gente tiene sobre Rosh Hashaná y Iom Kipur, y para defender la idea de que las Altas Fiestas no son dramáticas, sino alegres.
Aquí va la transcripción de la entrevista:
Jamie Geller: Rabino Dov Ber Cohen, bienvenido al programa. Voy a llamar a este episodio «Todo lo que aprendiste en la escuela hebrea está equivocado: edición Altas Fiestas».
Dov Ber Cohen: Me encanta. Y es verdad: se supone que estos días deben elevarnos. Por algo se llaman Altas Fiestas. Pero, debido a las ideas equivocadas que tiene la gente, terminan sintiéndose más como una obligación cultural que como una experiencia espiritual. Vamos a corregir eso.
Jamie: Cuando era niña, todos se deseaban mutuamente una buena inscripción «en el Libro de la Vida». Entonces, ¿hay literalmente un libro allá arriba, en el cielo, y un Libro de la Muerte que lo acompaña?
Dov Ber: La tradición judía utiliza rituales y metáforas para enseñar algo más profundo. La verdadera idea es esta: la vida y la muerte físicas no son lo principal. La vida y la muerte espirituales sí lo son. ¿Estás espiritualmente vivo? La mayoría de las personas van por la vida ocupándose de sus hijos, su matrimonio, sus finanzas; simplemente apagando incendios. Eso no es lo que el judaísmo llama estar vivo. La verdadera vida significa vivir con vitalidad, conectado con tu propósito.
Jamie: Siempre me imaginé a Dios allá arriba, con una pluma, tomando decisiones.
Dov Ber: No se trata de eso. La Torá dice: «He puesto ante ti la vida y la muerte: elige la vida». Dios no está eligiendo por ti. Te está entregando la pluma. Cada vez que actúas desde el amor, la bondad y la conexión, te inscribes en el Libro de la Vida. Cada vez que cedes ante los celos o la ira, te inscribes en el Libro de la Muerte. Pero no es permanente: puedes reescribirlo constantemente.
Jamie: Entonces, nosotros sostenemos la pluma, pero en realidad es un lápiz con una goma de borrar.
Dov Ber: Exactamente. Rosh Hashaná da inicio a ese proceso, pero, en realidad, cada conversación, cada interacción, es otra oportunidad para elegir.
Jamie: Pero la gente sí muere. Enterramos a nuestros seres queridos. Entonces, ¿cómo encaja la metáfora con el hecho de que algunas decisiones realmente se toman en Rosh Hashaná?
Dov Ber: Buena pregunta, y en realidad tú misma la respondiste. Se describe a las personas verdaderamente justas como «inscritas en el Libro de la Vida» de inmediato y, sin embargo, algunas de ellas fallecen ese año. Eso te dice que el libro nunca se trató únicamente de la supervivencia física. Dicho esto, algunas cosas sí se deciden en Rosh Hashaná, como cuánto dinero ganará una persona ese año.
Jamie: Bueno, ahora sí estamos hablando. Dame una bendición de verdad, rabino.
Dov Ber: [Ríe] Aquí está el detalle: Dios reserva la cantidad, pero cuánto de ella llega realmente a ti sigue dependiendo de tus decisiones. Piensa en la lluvia: Dios decide cuánta lluvia cae en un año determinado, pero, si no actuamos bien, esa lluvia puede caer en el mar, donde nadie se beneficia de ella. Actúa bien y la lluvia caerá exactamente donde se necesita. La decisión se toma en Rosh Hashaná, pero cómo se distribuye a lo largo del año sigue estando en nuestras manos.
Jamie: ¿Y qué pasa con las cuestiones de vida y muerte en sí mismas? ¿Se pueden revertir esas decisiones?
Dov Ber: Sí, se pueden revertir. Piensa en cómo funciona la plegaria. Cuando alguien se enferma, creemos que sucede por una razón: a veces como una llamada de atención, a veces para despertar espiritualmente a otros. Mi hijo nació tres meses antes de tiempo, pesando unos 900 gramos, en una incubadora y conectado a un respirador. Debido a su estado, la gente empezó a hacer más mitzvot (buenas acciones) y a rezar en su mérito, y él se benefició de ello. Cuando rezo por alguien, atraigo una bendición que puede cambiar realmente su desenlace. Pero no todas las plegarias dan lugar a una curación, porque también hay un orden superior que actúa. Mi padre, que descanse en paz, murió a los 76 años. Recé por él constantemente. Esa plegaria no se desperdició: creo que fue a otra persona que la necesitaba. Ninguna plegaria se desperdicia. Parte de la fe consiste en hacer todo lo que podemos mediante la plegaria y la acción, y luego confiar en que Dios sabe lo que nosotros no sabemos.
Jamie: La gente trata Iom Kipur como una fecha límite aterradora. Ayuna bien y recibirás un veredicto favorable. ¿Eso es lo que sucede?
Dov Ber: Replanteemos todo esto. Muchas personas piensan que arrepentirse significa decir: «Soy malo, soy malo, soy malo». El judaísmo dice lo contrario: el arrepentimiento comienza con «Soy bueno. Estoy completo. Soy cariñoso y bondadoso, y a veces me fallo a mí mismo». Y aquí viene el verdadero giro: si algún día merece el título de «Día del Juicio», es Rosh Hashaná, no Iom Kipur.
Jamie: Espera, repite eso.
Dov Ber: Si a algún día se lo llama Día del Juicio, es a Rosh Hashaná, no a Iom Kipur. Y recuerda quién está juzgando: nos estamos juzgando a nosotros mismos. Ese juicio tiene dos partes. Primero: ¿tengo los valores correctos? Segundo: ¿realmente estoy viviendo de acuerdo con ellos? Tomemos algo sencillo: ser bueno frente a verse bien. La mayoría de las personas invierten mucha más energía en verse bien que en ser buenas. Quizás valoras a tu familia, pero no la llamas. Quizás valoras la salud, pero fumas. Comenzar el nuevo año consiste en cerrar esa brecha.
Jamie: ¿Eso no es básicamente un propósito de Año Nuevo?
Dov Ber: Probablemente de ahí viene la costumbre. Pero el 92 % de los propósitos de Año Nuevo fracasan en dos semanas porque son superficiales: «Iré al gimnasio», «Dejaré de fumar». Rosh Hashaná pide algo más profundo: un cambio interno completo de identidad. «Esa persona ya no soy yo». Los hábitos externos cambian de forma natural una vez que cambia la identidad.
Jamie: ¿Qué ocurrió realmente en el primer Rosh Hashaná?
Dov Ber: No fue la creación del mundo: eso ocurrió seis días antes. Rosh Hashaná marca la creación de la humanidad. Hay un versículo sorprendente en el que Dios dice, antes de crear al hombre: «Hagamos al hombre», en plural. Una explicación: Dios nos está hablando a nosotros. Es una colaboración. Dios proporciona la materia prima —tus fortalezas, tus luchas, tus ventajas, tus desafíos— y tú tienes que construir a la persona. Así que Rosh Hashaná es el cumpleaños de la humanidad, y cada año es una oportunidad para volver a nacer.
Jamie: También mencionaste que Rosh Hashaná consiste en coronar a Dios como Rey.
Dov Ber: «Rey» significa quien tiene el control sobre ti. Siempre hay algo que te gobierna: tus deseos más bajos o tu impulso espiritual más elevado. Declarar a Dios como Rey significa elegir que tu yo superior te guíe. Todos conocemos esa lucha interna: una voz dice que te quedes en la cama; otra, que te levantes y salgas a correr. Rosh Hashaná pregunta qué voz será el rey. Cuando me hice religioso, un amigo me dijo que me había convertido en un «esclavo», que había renunciado a la libertad de hacer lo que quisiera. Le dije que la verdad era lo contrario: hacer todo lo que deseas te convierte en esclavo de tus deseos. La verdadera libertad es conocer tu propósito y tener la disciplina para avanzar hacia él.
Jamie: Y respecto a Iom Kipur, el Talmud lo llama el día más feliz del año, que es lo contrario de cómo nos enseñaron a verlo a la mayoría de nosotros.
Dov Ber: Realmente es uno de mis días favoritos. Sí, hay una reflexión profunda, pero también hay cantos y bailes. Kipur viene de la palabra kapará, expiación, pero las traducciones al inglés de «expiación» y «Día del Juicio» hacen que suene muy pesado.
Jamie: Estás diciendo que es alegre, no pesado.
Dov Ber: Cien por ciento. La palabra inglesa atonement, «expiación», se descompone literalmente en «at-one-ment»: volver a ser uno. Si lastimo a mi esposa, el amor entre nosotros nunca desapareció realmente, pero necesito eliminar el obstáculo que creé. Asumo mi responsabilidad, le digo que lo siento y recuperamos la cercanía. Dios hace algo todavía más extraordinario: una vez que asumimos nuestros errores, se consideran como si nunca hubieran ocurrido. Se hace borrón y cuenta nueva por completo: sin culpa residual ni vergüenza. Eso es lo que lo convierte en un día alegre, no pesado. También por eso ayunamos: para demostrar, durante un día, que nuestros deseos físicos no nos controlan. Y muchas personas se visten de blanco en Iom Kipur, como símbolo de ese borrón y cuenta nueva.
Jamie: La gente pasa esta época llamando a todos sus conocidos para pedirles perdón. Pero ¿qué pasa con las personas que realmente te han hecho daño? Algunos de nosotros cargamos con heridas reales. ¿Estamos obligados a perdonar?
Dov Ber: Esto suele dejar a la gente atónita: el judaísmo dice que no tienes que perdonar a alguien que no se haya arrepentido de verdad, sentido remordimiento y pedido perdón. Si no se ha acercado a ti con sinceridad, asumido lo que hizo y cambiado, no estás obligado a perdonarlo en tu corazón.
Jamie: Pero siempre escuché: si no puedes perdonar a los demás, ¿cómo puedes esperar que Dios te perdone?
Dov Ber: Ese principio solo se aplica a las personas que realmente cambiaron y pidieron perdón. Si alguien nunca cambió o, peor aún, siguió maltratándote, no le debes el perdón, porque perdonar significa «Acepto quién eres ahora», y esa persona no se ha convertido en alguien diferente.
Una vez dirigí un viaje a Nicaragua con una mujer de 29 años que acababa de salir de una relación de siete años de maltrato emocional. Me dijo que estaba llena de resentimiento y que no quería soltarlo, porque sentía que hacerlo sería dejar que él se librara de las consecuencias. Le dije: él no era quien estaba atrapado; el resentimiento la mantenía atrapada a ella. Si él realmente era como ella decía, probablemente le alegraba que ella siguiera cargando con el dolor, porque estaba continuando el maltrato en nombre de él, en su interior. Así que le dije: no necesitas perdonarlo. Pero sí necesitas olvidar, no literalmente, sino dejar de revivirlo, dejar de alimentarlo. El judaísmo, de hecho, invierte el dicho popular. La gente dice: «Puedo perdonar, pero no puedo olvidar». El judaísmo dice lo contrario: no tengo que perdonar a alguien que no ha cambiado, pero aun así puedo liberarme del dominio que ese recuerdo tiene sobre mí.
Jamie: Esa podría ser la enseñanza más importante de esta conversación.
Dov Ber: Es igual de importante cuando la persona a la que no puedes perdonar eres tú mismo. Dirijo un curso en línea de atención plena judía, y una mujer ortodoxa de 52 años, madre de ocho hijos, me llamó llorando, incapaz de perdonarse por cosas que había hecho cuando era una joven secular de 20 años, tres décadas antes. Le dije: no necesitas perdonar a esa mujer; ella ya no eres tú. Ahora eres una persona completamente diferente, alguien a quien ni se le ocurriría hacer lo que ella hizo. No hay nada que perdonar, porque en realidad no eras «tú». En todo caso, deberías sentirte orgullosa de lo lejos que has llegado.
Veo esto constantemente con los estudiantes de la ieshivá donde enseño. Los jóvenes llegan con ideas muy equivocadas sobre el judaísmo: que Dios es un juez enojado que espera castigarlos. A medida que pasan tiempo aquí, se transforman de verdad: menos malas palabras, menos tiempo con el teléfono, más autocontrol. Un estudiante, después de unos meses, vino a verme completamente abatido. Había salido por el cumpleaños de un amigo, había tomado unas copas, había fumado un poco de marihuana y sentía que había vuelto por completo a ser quien era antes. Le dije: esto es una noticia maravillosa. Hace cinco meses, no te habrías sentido mal por nada de esto; habrías presumido de ello. El hecho de que ahora sientas remordimiento demuestra cuánto has crecido realmente.
Hay una diferencia real entre el remordimiento y el autocastigo. El remordimiento dice: «Me siento mal porque me fallé a mí mismo», y ese dolor impulsa el crecimiento. Castigarte («Soy un idiota») no ayuda a nadie a cambiar. Y el extremo opuesto, no sentir absolutamente nada, significa que tampoco estás creciendo. El judaísmo pide el camino intermedio: siente el dolor, pero nunca dejes de creer que eres fundamentalmente bueno.
Jamie: Manzanas y miel: una bonita costumbre, desearse mutuamente un año dulce y nada más. ¿Es así?
Dov Ber: Nada en el judaísmo es «solo» un ritual. La palabra espiritual combina literalmente «espíritu» y «ritual»: necesitas ambos. Algunas personas tienen espíritu, pero abandonan el ritual —nunca sumergirían una manzana en miel—; otras realizan el ritual sin ningún espíritu detrás. Necesitamos el equilibrio. Aquí está el significado más profundo: ¿por qué específicamente miel y no azúcar o jarabe? Porque, para llegar a la miel, tienes que pasar por las abejas.
Jamie: ¿Qué significa eso?
Dov Ber: La verdadera dulzura de la vida suele provenir de superar algo, no de que todo simplemente salga como quieres. Cuando sumergimos la manzana en miel, estamos diciendo: me niego a ser víctima de la picadura. Voy a encontrar la dulzura que produce precisamente la dificultad: mis propias luchas, mi propio pasado, mi propio dolor. Nada de lo que has vivido carece de sentido. Está produciendo algo.
Hay una idea relacionada con Jánuca: cuando los griegos profanaron el Templo, los macabeos encontraron una pequeña vasija de aceite que había permanecido pura e intacta. Eso enseña lo mismo: por mucho trauma o daño que se produzca, siempre hay un lugar dentro de la persona que permanece intacto: el alma. Sanar significa volver a conectarse con ese lugar, no identificarse interminablemente con la herida.
Jamie: ¿Y la manzana en sí?
Dov Ber: En las fuentes cabalísticas, la manzana representa la curación. Existe una idea popular de que el fruto prohibido del Jardín del Edén era una manzana, pero en realidad no hay ninguna fuente textual que lo afirme. Probablemente provenga de la idea de que el propio Edén se describe como un huerto: el lugar de la curación definitiva, donde todo lo que está roto se repara.
Jamie: El último: el shofar. Cuerno de carnero, parte del servicio religioso, requisito cumplido. ¿O hay algo más?
Dov Ber: Hay cerca de una docena de razones clásicas que se dan para el shofar. Aquí va una: la Torá describe cómo Dios insufla un alma en el primer ser humano, directamente en las fosas nasales, que es precisamente la razón por la que, en la meditación judía, respiramos por la nariz. Calma el sistema nervioso y te vuelve a conectar con tu alma. La palabra para «aliento» y la palabra para «alma» en hebreo vienen de la misma raíz. El día en que fue creada la humanidad, Dios insufló esa alma en nosotros. Tocar el shofar es nuestra forma de exhalarla: declarar que estamos utilizando nuestra fuerza vital para algo más grande que nosotros mismos.
También está la explicación de Maimónides: el shofar es una llamada a despertar. La mayoría de las personas pasan por la vida medio dormidas, repitiendo la misma rutina, en piloto automático. La atención plena judía tiene un término para esto: pizur nefesh, un «alma dispersa». Todos hacemos malabarismos —con la salud, la carrera profesional, las relaciones— sin tener idea de hacia dónde nos dirigimos realmente. El shofar dice: deja de hacer malabarismos. Ten una visión clara de adónde vas y lo demás dejará de sentirse como un caos.
Hay una historia que escuché de un maestro en la India, donde viví durante un año y medio: una leona preñada murió tras caer por un precipicio y su cachorro nació allí mismo. El cachorro se acercó a un rebaño de ovejas y, como no tenía otro punto de referencia, supuso que era una de ellas: comía como una oveja, caminaba como una oveja, creía que era una oveja. Años después, un león adulto y hambriento se encontró con el rebaño y vio a ese extraño león oveja. Tomó al cachorro y le mostró su reflejo en el agua. El cachorro finalmente se vio a sí mismo, y el león soltó un rugido. Algo dentro del cachorro despertó. Soy un león.
Eso es lo que hace el shofar. No eres una oveja: eres un alma, vestida con un cuerpo, que olvidó quién es realmente. El sonido busca despertar eso.
Jamie: Eso me recuerda a algo del Holocausto. Mis cuatro abuelos fueron sobrevivientes. Algunos niños judíos fueron escondidos en conventos durante la guerra y criados como cristianos para mantenerlos con vida. Después de la liberación, cuando los rabinos fueron a buscarlos, muchos de esos niños eran indistinguibles de los otros huérfanos: habían sido criados completamente como católicos. Entonces, los rabinos recitaban el Shemá, la primera plegaria que se enseña a los niños judíos. Y los niños que habían sido escondidos, que ya llevaban años alejados de cualquier forma de vida judía, respondían instintivamente con las palabras o se cubrían los ojos como nos enseñan a hacer durante esa plegaria. En algún nivel, sabían exactamente quiénes eran.
Dov Ber: Eso es precisamente. Puedes estar vestido como alguien completamente distinto, criado como alguien completamente distinto, y la verdad de quién eres sigue ahí, esperando que la llamen de vuelta. La tradición judía enseña que, cuando el mundo finalmente alcance su estado de sanación y paz, el shofar sonará una última vez, no solo para el pueblo judío, sino para toda la humanidad, ya que Adam, el primer ser humano, no era judío. Cada año, tocar el shofar es un ensayo de eso: una declaración de que lo queremos, de que estamos rezando por ello y de que creemos que llegará.
Jamie: Rabino, creo que esto tiene que convertirse en una serie.
Dov Ber: Me apunto.
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Hermoso!! Cada palabra es una enseñanza y luz para recorrer el camino