La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


4 min de lectura
Cómo manejar la presión y recuperar la compostura.
El estrés es parte de la vida cotidiana. Pero cuando la presión empieza a desgastarnos y a causar problemas de salud y problemas personales, es momento de hacer un cambio. Todos sabemos que el estrés puede provocar enfermedades cardíacas, problemas estomacales, úlceras, depresión y dificultades en las relaciones. ¡Con solo leer esa frase ya nos estresamos!
A veces pensamos en algo preocupante y sentimos ese malestar en el estómago. No pensamos con claridad. El estrés nos mantiene despiertos por la noche.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
En lugar de permitir que el estrés nos controle, intentemos recuperar el control y vivir mejor. Así podremos eliminar tensiones innecesarias y enfrentar con mayor eficacia aquellas presiones que sí debemos afrontar.
Estamos en un estado constante de congestión mental. No podemos escucharnos a nosotros mismos pensar. Vamos a una boda, una graduación, una cena familiar o de vacaciones a un lugar hermoso, pero estamos allí solo a medias. Nuestra mente está en otro lado, deseando revisar el BlackBerry o el iPhone una vez más. Cuando estamos constantemente distraídos, se vuelve imposible funcionar bien. Educamos con medio ojo, trabajamos con medio oído y vivimos con medio corazón. La presión de estar siempre disponibles pasa factura y no nos permite tener espacio para respirar.
En Pirkei Avot (Ética de los Padres) está escrito: “Todos mis días no he encontrado nada mejor que el silencio”. Empecemos por encontrar algunos momentos de paz y quietud en nuestro día. Atrévete y desconéctate.
Gran parte del estrés tiene que ver con la manera en que nos vemos a nosotros mismos. Cuando nos damos mensajes negativos y nos menospreciamos, disminuimos nuestro valor personal y destruimos nuestra propia autoestima. Podemos convertirnos en nuestro peor enemigo.
“No puedo creer que sea tan idiota”.
“¿En qué estaba pensando? ¡Nunca voy a poder hacer esto!”
“Eso es todo, esta vez lo arruiné de verdad. Estoy acabado”.
Elimina esa mirada negativa; solo te estresará más. Deja de desvalorizarte. Reemplaza las afirmaciones dañinas por mensajes positivos. Empieza a creer en ti mismo.
Y si llegas a cometer un error y caes, levántate y empieza de nuevo. Eso es verdadera fortaleza.
A veces tenemos un problema que parece tan abrumador que no podemos enfrentarlo. Entonces lo postergamos. Lo dejamos para mañana. Y mañana llega, pero lo volvemos a postergar. Posponer un problema solo hace que nos preocupemos más. Damos vueltas en la cama toda la noche imaginando los “¿y si…?”, y todo parece mucho más problemático. La noche se siente sofocante.
Quedarse atrás puede empeorar la situación. La mayoría de los problemas no son tan terribles como crees. E incluso si piensas que la situación es insuperable, al menos puedes intentar dar pequeños pasos en la dirección correcta y sentirte empoderado al hacerlo. Cuando haces el esfuerzo de enfrentar tu miedo, no te sientes tan abrumado. Quizás te sorprenda descubrir una solución al alcance de tu mano, incluso con aquellas personas a las que pensabas que no podías acudir.
Es una mitzvá de la Torá cuidar y proteger nuestros cuerpos, que son un regalo de Dios. El estrés nos agota la energía. Recurrimos a los carbohidratos y a los alimentos ricos en grasas para recargarnos (imagínate de pie frente a un congelador abierto con un pote de helado en la mano). Pero cuanto más rápido nos recargamos, más rápido nos desplomamos. En lugar de llenarte por la noche y despertarte con kilos de más y arrepentimientos, pon tu cuerpo en movimiento. Usa las escaleras en lugar del ascensor. Sal a caminar o a trotar un poco. Cuando hacemos ejercicio nuestro cuerpo produce endorfinas, que son estimulantes naturales del ánimo y ayudan a reducir el estrés. Incluso baila en la sala de estar. Cualquier pequeña actividad puede ayudar.
Haz espacio para las actividades que disfrutas. Haz algo que te dé placer. Escucha música, anda en bicicleta, asiste a esa clase que siempre quisiste tomar. Asegúrate de reservar cada día momentos para la plegaria y la reflexión.
Vamos, no todo es malo todo el tiempo. Claro que es más fácil ver el lado oscuro y caer en la desesperación. Pero sí tienes cosas buenas en tu vida; solo necesitas abrir los ojos y dejar de quejarte.
“Mis suegros vienen el fin de semana, no lo soporto”.
“Estos traslados de los domingos con los chicos me están volviendo loco. Me estresan muchísimo”.
“Mi bebé lloró toda la noche. Estoy a punto de explotar”.
Bueno, ¡por lo menos tienes familia con quien compartir la vida!
“¡Mi jefe está loco! Es una olla a presión”.
¡Gracias a Dios tienes un trabajo!
Todo depende de cómo mires la situación. ¿Te enfocarás en lo bueno o serás siempre alguien que se queja?
Cuanto más nos quejamos, más estrés sentimos.
La felicidad y una actitud de bienestar están en nuestras manos.
Es un error aislarte de quienes se preocupan por ti. Puede que estés abrumado, incluso avergonzado por tu situación, pero quienes te aman quieren estar a tu lado. No seas una isla. Un día despertarás y te preguntarás qué pasó. ¿Dónde está la gente de mi vida y por qué mi teléfono nunca suena? No me refiero a esos mil amigos de Facebook. Hablo de ese amigo o familiar que cruzaría océanos por ti, que siente tu dolor como propio, que derrama una lágrima por tu tristeza. Volverás a experimentar alegría, pero qué pena sería haber perdido en el camino a quienes te aman.
Cuando nos enfocamos en nuestros problemas 24/7, permitimos que el estrés controle nuestra vida. Nadie es perfecto y ninguno tendrá una vida perfecta. Establece expectativas razonables y entiende que esto es parte de vivir. Hazte cargo de los desafíos que sí puedes controlar. Suelta aquello que está más allá de ti.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
Gracias por éste interesante artículo, lo aplicaré en mi vida diaria.
Un valioso articulo lleno de indicaciones salvavidas. Lo copiaré para tenerlo a mano, releerlo y aplicarlo de a poco.