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Bajo Ataque

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28/11/2009 | por Judy Gruen

Tenía planes de contingencia para muchas emergencias probables durante mi ausencia.

Mi esposo y yo habíamos aterrizado recién en Nueva York para una escapada de fin de semana, la primera en tres años. Después de trabajar día y noche para prepararnos para el viaje, estaba embriagada de entusiasmo. Incluso me había arreglado para pasar la seguridad del aeropuerto sin tener que quitarme los zapatos o entregar mi pinza. La vida era buena.

 Aún estábamos en el auto camino hacia el hotel cuando mi teléfono celular comenzó a sonar en mi bolso. Sentí que era algo malo. Las únicas personas que me llaman a mi teléfono celular son mis hijos, y solamente me llaman para alertarme acerca de una crisis, como el descubrimiento de que no hay ketchup en casa y es noche de hot-dogs.

 Contesté temerosa, de la forma en que uno contesta cuando sospecha que es el director llamando nuevamente, para decir que es tiempo de reunirse para discutir la situación de la joven Cheyenne y su “necesidad de excesiva socialización durante la clase”.

 “Aló, ¿Mami?”, era mi encantadora hija pequeña. “Malas noticias Mami. Los chicos y yo tenemos piojos”.

 Me gusta pensar que soy una madre relativamente buena, y como tal, tenía planes de contingencia para muchas emergencias probables durante mi ausencia, tales como infecciones de oídos, malestares sociales y terremotos. Pero pequeños y desagradables insectos pegándose a las cabezas de mis hijos era una emergencia que no había planeado.

 “¿¡Tienen PIOJOS!?”, grité a través de la nación. “¿Están seguros?”.

 “Sí. Tienes que venir a buscarnos. No nos quieren en la escuela”.

 “No puedo ir a buscarlos, ¡porque ustedes están en Los Ángeles y yo estoy en Nueva York!”. Luego de haber establecido este simple hecho, rompí en llanto. ¿Por qué el buen Dios me había hecho esto a mí? Doy propinas apropiadas. Le abro las puertas a la gente. Ni siquiera me como la última rosquilla de la caja, y no piensen que eso es algo fácil. ¿Dónde estaba la justicia en esto?

Cuéntenme acerca de un mal día con el peinado.

 Durante las horas siguientes, maldije el hecho de que no había gastado los pocos dólares extra en un plan nacional de llamadas para mi teléfono celular, porque tuve que hacer alrededor de 75 llamadas, las cuales tuvieron cargos de roaming. Pero no tenía alternativa. Horas de tiempo gastadas en organizar cuidados para los niños y arreglos de dormir se fueron por el desagüe. ¿Quién podría llevarse a mis hijos infestados ahora?

 Comencé a llamar pidiendo favores (reales e imaginarios) de amigos y parientes. Ninguna cantidad de súplica, ruego o arrastre estaría por debajo de mí. ¡Yo estaba de vacaciones!

 Cuéntenme acerca de un mal día con el peinado.

 Pero eso no era todo. Debido a que, como todo el mundo sabe, una vez que los piojos están en la casa, también tienes que lavar cada pedazo de material que hay bajo techo, cada prenda de ropa, de cama, y osito de peluche, (sin importar cuan frágil sea). O, si te niegas a hacer 450 cargas de lavadora, puedes simplemente tomar todo el contenido de tu casa, incluida la cocina, y sellarlos herméticamente durante dos semanas, tiempo después del cual los expertos dicen que es seguro abrirlas.

 Luego de haberme tomado algunas margaritas esa noche, disfruté del confort de saber que tenía buenas amigas, de la clase que cede ante la presión de escuchar mis llantos de desesperación. Tenia amigas que fueron a casa a enjabonar a mis hijos con caros agentes anti-piojos y a lavar todas mis posesiones.

 También descubrí quien no era mi amiga – a saber, la Comandante de Piojos de la escuela. Ella fue la que al principio me dijo que no me preocupara, que ella se encargaría de mis hijos hasta el final del día cuando los vinieran a buscar. Ella hizo parecer como si lo estuviera haciendo porque estaba llena de bondad humana. Luego me presentó una cuenta de 250 dólares a mi regreso por servicios prestados.

 Y aún así no me salvé tan fácilmente. Incluso ahora, dos semanas después, cosas asquerosas están incubándose en las cabezas de mis hijos, seguimos lavando como locos y poniéndonos aceite en las cabezas unos a los otros. Siendo paranoica, incluso les pedí a los niños que comiencen a revisar mi cabeza, cosa que estuvieron felices de hacer y que provocó varias exclamaciones de “¡Oh Dios! ¡No sabía que tu pelo estaba tan gris!” y “¡Creo que veo algo! Oh, no te preocupes, creo que sólo es óxido”.

 Ahora estamos recurriendo a medidas más drásticas, y uno de mis hijos lleva un corte de pelo estilo militar. Si estas criaturas diabólicas no dejan de erupcionar en nuestro cabello, el resto de nosotros también deberá cortarse el pelo, y yo terminaré viéndome como Sigourney Weaver en la película “Aliens”. (Bueno, ya que ella es ocho pulgadas más alta que yo quizás no me veré exactamente como ella, pero una vez que andas con la cabeza afeitada, ¿Quién se fija en el resto?).

 Todo esto prueba una cosa, en mi opinión. Durante estos tiempos en que muchos de nosotros tememos a la amenaza de terrorismo doméstico durante un viaje aéreo, ni siquiera sabemos la mitad del asunto. El peligro real puede estar anidándose en el cabello de nuestros hijos.




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