3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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La vida judía está entrando en un momento de división, en el que la presión revela quién se replegará de la identidad judía y quién la llevará adelante.
Algo ha cambiado en el mundo judío. En los campus universitarios, las sinagogas, las salas de juntas y las redes sociales, los judíos están siendo puestos a prueba como judíos. La pregunta que hoy presiona a la vida judía ya no es: ¿Cómo votamos? o ¿Qué creemos sobre Israel? Es algo más inquietante: ¿Seguimos creyendo, en lo más profundo, que ser judío es algo por lo que vale la pena dar la cara o es algo que hay que explicar y minimizar?
Al entrar en el 2026, ocho tendencias poderosas están sacando esta pregunta a la superficie. Las encontramos en Israel y la Diáspora, en jóvenes y mayores, en religiosos y seculares. En conjunto, revelan un mundo judío que se divide entre confianza y repliegue, responsabilidad y evasión, apropiación y disculpa.
Estas son las ocho tendencias que dan forma a esa división.
Por primera vez en la historia judía moderna, un sector visible y en rápido crecimiento de jóvenes judíos, especialmente en universidades occidentales de élite, no solo es crítico de la política israelí, sino que adopta activamente marcos nacionalistas palestinos y antisionistas, incluido un lenguaje que deslegitima por completo la soberanía judía.
Por primera vez en la historia judía moderna, un sector visible y en rápido crecimiento de jóvenes judíos, especialmente en universidades occidentales de élite, no solo es crítico de la política israelí, sino que adopta activamente marcos nacionalistas palestinos y antisionistas, incluido un lenguaje que deslegitima por completo la soberanía judía.
Este fenómeno va más allá de la crítica de políticas. Incluye a estudiantes judíos que respaldan consignas como “desde el río hasta el mar”, describen a Israel como un proyecto “colonial de asentamiento” o “genocida”, y se alinean con movimientos que niegan explícitamente la condición de pueblo de los judíos. En algunos campus, después del 7 de octubre, estudiantes judíos no solo estuvieron presentes en manifestaciones antiisraelíes sino que estuvieron entre los organizadores.
Los datos de encuestas subrayan cuán radical se ha vuelto este cambio. Tras la masacre del 7 de octubre, una encuesta de Harvard CAPS–Harris encontró que, entre los estadounidenses de 18 a 24 años, la mayoría expresó mayor simpatía por Hamás que por Israel, un resultado asombroso dada la naturaleza del ataque. La identidad judía dentro de ese grupo etario ya no brindó la protección que antes ofrecía.
En espacios progresistas, el estatus moral se concede cada vez más mediante la alineación con quienes son etiquetados como “oprimidos”. Los judíos, ahora recategorizados como blancos, poderosos o coloniales, deben distanciarse del poder judío para seguir siendo moralmente aceptables. Apoyar a Israel se ha vuelto social y profesionalmente costoso. Oponerse a Israel suele traer validación, protección y pertenencia.
Esto representa una ruptura histórica. Generaciones previas de judíos seculares o de izquierda podían criticar a gobiernos israelíes, pero defendían instintivamente la existencia judía colectiva. Ese instinto se está debilitando, y su pérdida tiene consecuencias profundas.
La asimilación judía en Estados Unidos se está acelerando y, cada vez más, se presenta como una virtud moral en lugar de una elección de estilo de vida neutral.
Los datos son contundentes. De acuerdo con el Pew Research Center, el 72% de los judíos no ortodoxos que se casaron desde el 2010 se casaron con no judíos, y menos de uno de cada cuatro judíos no ortodoxos dice que ser judío es “muy importante” para su identidad. La alfabetización judía ha caído con fuerza, la afiliación a sinagogas sigue disminuyendo y el apego al pueblo judío, especialmente a Israel, se ha debilitado entre los más jóvenes.
El particularismo judío suele presentarse como excluyente o parroquial, mientras que el universalismo se enmarca como moralmente superior.
Lo que distingue a la fase actual de asimilación de las anteriores es su justificación ideológica. El particularismo judío suele presentarse como excluyente o parroquial, mientras que el universalismo se enmarca como moralmente superior. La identificación judía fuerte ya no es solo opcional; con frecuencia se la mira con sospecha. Minimizar la diferencia judía se considera ilustrado.
Esto tiene consecuencias. La asimilación no solo reduce la observancia; erosiona la confianza judía. Una generación incómoda al afirmar la legitimidad de la identidad judía tendrá dificultades para resistir la hostilidad externa y puede, en cambio, interiorizarla.
En la base de muchas de las tendencias que están remodelando el mundo judío hay un fracaso sistémico de la educación judía, especialmente en comunidades no ortodoxas de la Diáspora. Durante décadas, educadores y líderes comunitarios advirtieron que muchos judíos egresaban de escuelas ligadas a sinagogas con alfabetización mínima, vínculos débiles y poco sentido de propósito judío. Lo que parecía una preocupación a largo plazo se ha convertido en una crisis inmediata.
Menos de la mitad de los judíos estadounidenses puede identificar creencias o textos judíos básicos, y solo una pequeña minoría de judíos no ortodoxos afirma que el conocimiento judío desempeña un papel significativo en sus vidas.
Según el Pew Research Center, menos de la mitad de los judíos estadounidenses puede identificar creencias o textos judíos básicos, y solo una pequeña minoría de judíos no ortodoxos afirma que el conocimiento judío desempeña un papel significativo en sus vidas. Muchos jóvenes llegan a la adultez sabiendo cómo asistir a un séder de Pésaj o recitar algunas plegarias en hebreo, pero incapaces de explicar por qué los judíos existen como pueblo y qué representa el judaísmo.
Una de las voces judías más destacadas en diagnosticar esto fue el difunto rabino Jonathan Sacks, quien advirtió repetidamente que la continuidad judía depende no solo de la memoria, sino del significado. Él sostenía que ritual sin narrativa produce nostalgia, no compromiso. Un judaísmo que enseña el “cómo” sin el “por qué” no puede competir con los poderosos marcos morales e ideológicos que los jóvenes encuentran en otros ámbitos.
Lo que diferencia al momento actual es que la educación judía ahora compite en un entorno abiertamente hostil. En los campus, en línea y en las redes sociales, los jóvenes judíos se enfrentan a narrativas sofisticadas que presentan el poder judío como inmoral, a Israel como singularmente ilegítimo y a la condición del pueblo judío como éticamente sospechosa. Sin una contra-narrativa judía coherente, muchos absorben estas afirmaciones sin crítica o las interiorizan como una verdad moral.
En respuesta, muchas instituciones judías cometieron un error fatal: intentaron sobrevivir volviéndose neutrales. Israel fue suavizado o relegado, el particularismo judío se minimizó y la claridad moral se sustituyó por el equilibrio. El resultado fue previsible: los programas que evitaron las preguntas difíciles no protegieron a los estudiantes; los dejaron indefensos.
Sin embargo, junto a este fracaso hay una oportunidad genuina. Están floreciendo nuevos modelos educativos: pódcasts, canales de YouTube, educadores en Instagram, programas inmersivos en Israel y comunidades de aprendizaje en línea que abordan directamente las preguntas contemporáneas sobre identidad, antisemitismo y pertenencia judía. Estas plataformas (como la que yo fundé, OpenDor Media), alcanzan a cientos de miles de jóvenes judíos, mucho más que la mayoría de los programas institucionales.
El contraste es instructivo. Los programas que evitan Israel o el particularismo judío en nombre de la neutralidad tienden a perder estudiantes. Los que articulan una historia judía confiada y sin disculpas, aun cuando desafiante, tienden a retenerlos.
La próxima década determinará si la educación judía se renueva o cede por completo su relevancia.
Estas dinámicas convergen en una realidad definitoria: el pueblo judío se está bifurcando.
De un lado hay una gran mayoría en proceso de asimilación, con matrimonios mixtos, desvinculada, moralmente incómoda con el poder judío y proclive a replegarse bajo presión. Del otro, una minoría más pequeña pero cada vez más visible: judíos públicamente judíos, abiertamente sionistas, intelectualmente sólidos y dispuestos a asumir costos sociales.
El pueblo judío se está bifurcando.
Esta división se observa con claridad en campus, lugares de trabajo y en línea. Dos jóvenes judíos, criados en entornos judíos occidentales similares, hoy encarnan caminos radicalmente distintos. Shabbos Kestenbaum, estudiante de Harvard, optó por enfrentar directamente el antisemitismo, llevando abiertamente su identidad judía, organizando defensa judía y, finalmente, demandando a la Universidad de Harvard por no proteger a los estudiantes judíos. Él se ha negado a replegarse o a disculparse por el particularismo judío.
En contraste, figuras asociadas a movimientos como IfNotNow representan una respuesta diferente. Muchos de sus jóvenes líderes definen su identidad moral mediante la oposición pública a Israel, organizando protestas, irrumpiendo en instituciones judías y alineándose con el activismo pro-palestino más amplio. En esos espacios, la identidad judía se preserva no defendiendo la pertenencia del pueblo judío, sino distanciándose de ella, especialmente en lo relativo a Israel.
Hoy, los números favorecen este último camino. Es más fácil, más seguro y socialmente recompensado. La historia, sin embargo, sugiere que la continuidad judía se moldea menos por mayorías numéricas que por minorías dispuestas a llevar la identidad judía abiertamente, incluso bajo presión.
Si gran parte del mundo judío actual está marcada por la asimilación, la incertidumbre moral y la fractura interna, hay una excepción llamativa y consecuente: la creciente y cada vez más influyente comunidad judía ortodoxa.
Mientras amplios sectores del judaísmo secular y no ortodoxo luchan con alfabetización y membresía en declive, una identidad debilitada e incomodidad con el particularismo judío, los judíos ortodoxos desafían casi todas estas tendencias. Sus números crecen, sus sistemas educativos se expanden, su alfabetización judía es profunda y transmitida de manera intencional. Y, quizá lo más importante, exhiben un nivel de confianza moral como judíos que es cada vez más raro fuera de su mundo.
Esto no es accidental. La educación judía ortodoxa no es neutral en valores. No rehúye de la pertenencia a un pueblo, el pacto ni de la diferencia. Explica la singularidad judía en lugar de disculparse por ella. Como resultado, los judíos ortodoxos suelen comprender el antisemitismo no como una aberración sorprendente que deba convertirse en la obsesión central del pueblo judío, sino como un fenómeno histórico recurrente vinculado a la supervivencia, los valores y la visibilidad judías. Esa comprensión a menudo los inmuniza contra el auto odio interiorizado, incluso bajo intensa presión externa.
Una comunidad antes considerada marginal o aislada se está convirtiendo cada vez más en la columna vertebral de la continuidad judía, la educación, la filantropía y el liderazgo institucional.
Institucionalmente, el cambio es igual de significativo. En décadas pasadas, judíos seculares y no ortodoxos encabezaban la mayoría de las grandes organizaciones judías, filantrópicas, políticas y culturales. Hoy, muchos de esos roles los ocupan judíos ortodoxos. Ellos lideran federaciones, grupos de defensa, instituciones educativas, plataformas mediáticas y fundaciones filantrópicas. No solo están más dispuestos a asumir responsabilidad; con frecuencia son quienes cuentan con los recursos financieros y el compromiso ideológico para sostener instituciones judías a lo largo del tiempo.
A medida que grandes sectores del judaísmo no ortodoxo se desvinculan y asimilan, de hecho están abandonando los roles que antes ocupaban.
El resultado es una reconfiguración silenciosa pero profunda de la vida judía. Una comunidad antes considerada marginal o aislada se está convirtiendo cada vez más en la columna vertebral de la continuidad judía, la educación, la filantropía y el liderazgo institucional.
La brecha cada vez mayor entre judíos ortodoxos y no ortodoxos plantea preguntas difíciles sobre un lenguaje compartido, la comprensión mutua y la responsabilidad colectiva. Estas tensiones se intensificarán en el 2026 con la normalización del odio hacia los judíos.
El antisemitismo de izquierda ha dominado con razón la atención desde el 7 de octubre, al irrumpir abiertamente en el lenguaje del antisionismo, la inversión moral y los llamados a borrar a los judíos disfrazados de activismo por los derechos humanos. Pero mientras la atención se mantuvo fija en la izquierda, el antisemitismo de derecha ha ido reingresando de forma constante al discurso dominante, a menudo en formas más antiguas y familiares.
Al igual que su contraparte de izquierda, este resurgimiento rara vez se presenta explícitamente como odio a los judíos. En cambio, aparece mediante lenguaje codificado: denuncias a los “globalistas”, obsesión con “élites financieras”, pánico demográfico, narrativas de declive de la civilización y teorías conspirativas sobre un poder oculto.
Figuras como Tucker Carlson han coqueteado repetidamente con tropos antisemitas clásicos, difundiendo pensamiento conspirativo sobre la influencia judía, defendiendo o minimizando a antisemitas conocidos y presentando a los judíos como actores sombríos detrás del declive nacional. Aún más explícito es Nick Fuentes, cuyo antisemitismo abierto, relativización del Holocausto y llamados a la exclusión judía le han granjeado una base en línea inquietantemente amplia, especialmente entre audiencias jóvenes de derecha. De modo similar, figuras como Candace Owens han recurrido cada vez más a una retórica que presenta a los judíos como élites manipuladoras o actores singularmente malévolos, normalizando la sospecha hacia los judíos dentro del discurso conservador populista.
El peligro para los judíos no es elegir el “lado equivocado” del espectro político; es suponer que cualquiera de los lados ofrece protección.
La Liga Antidifamación informó niveles récord de incidentes antisemitas en Estados Unidos en 2023 y 2024, con contribuciones significativas desde ambos extremos ideológicos.
El peligro para los judíos no es elegir el “lado equivocado” del espectro político; es suponer que cualquiera de los lados ofrece protección. La izquierda exige cada vez más la auto-negación judía: abandonar el poder judío, la soberanía judía y el particularismo judío para ganar legalidad moral. La derecha, en sus formas populistas más oscuras, exige chivos expiatorios judíos: culpa a los judíos por la decadencia cultural, la ansiedad económica o el declive nacional.
Los judíos están siendo presionados desde ambos lados: por la izquierda se les exige disolverse, y por la derecha se los señala como símbolos de corrupción. El resultado es familiar en la historia judía: los judíos no tienen un hogar ideológico seguro.
Muchos judíos de la Diáspora siguen interpretando el giro político de Israel hacia la derecha como una reacción temporal a la guerra, al trauma o a un líder específico. Esto malinterpreta la realidad israelí.
El movimiento hacia la derecha es estructural, impulsado por la demografía, la experiencia vivida y la desilusión con paradigmas fallidos. Generaciones moldeadas por atentados suicidas, fuego de cohetes y repetidos colapsos diplomáticos ya no encuentran persuasivas las teorías abstractas de paz. El 7 de octubre no creó este realismo; lo confirmó.
Las encuestas muestran de manera consistente que los judíos israelíes priorizan la seguridad por encima del optimismo diplomático ingenuo, en todos los estratos sociales y étnicos. Para los israelíes, esto no es extremismo ideológico, sino escepticismo ganado. La brecha entre la realidad vivida en Israel y la abstracción moral de la Diáspora se está ampliando, y malinterpretarla profundiza las fracturas internas.
Israel es hoy la única democracia occidental en la que los votantes jóvenes son más de derecha, y más tradicionales o religiosos, que la generación de sus padres.
De cara a las elecciones nacionales del 2026, todos los indicadores apuntan a una victoria decisiva de los partidos de derecha, incluidos los religiosos y nacionalistas. Se espera que los comicios ratifiquen cambios que vienen gestándose desde hace años: escepticismo profundo frente a paradigmas de paz fallidos, priorización de la seguridad sobre la abstracción y creciente confianza en una soberanía judía ejercida sin disculpas.
Lo que hace especialmente llamativa la trayectoria de Israel es su carácter generacional. Israel es ahora la única democracia occidental en la que los votantes más jóvenes son más de derecha, y más tradicionales o religiosos, que la generación de sus padres. Esto va directamente a contracorriente de las tendencias en Europa y América del Norte, donde las cohortes más jóvenes se desplazan de forma constante hacia la izquierda y se alejan de la religión. En Israel ocurre lo contrario.
Los jóvenes israelíes han crecido en medio de atentados suicidas, cohetes, guerras repetidas y experimentos diplomáticos fallidos. Tienen poca paciencia para teorías de paz desvinculadas de la realidad pero cargadas de riesgos reales para la seguridad. El 7 de octubre no los radicalizó; solo confirmó conclusiones a las que ya habían llegado. Para ellos, las políticas que priorizan la seguridad no son extremismo, sino realismo forjado a través de las consecuencias. Desde la Diáspora, esto suele interpretarse erróneamente como una deriva hacia el fanatismo.
Para el 2026, el desplazamiento de Israel hacia una sociedad más derechista y tradicional dejará de ser una tendencia debatible. Será un hecho político y demográfico.
Por último, una tendencia desestabilizadora es la creciente intervención de judíos de la Diáspora no solo en los debates políticos israelíes, sino en la misma política israelí, a menudo mediante activismo internacional, presión de donantes y palancas externas, pese a no vivir las consecuencias de seguridad, militares o sociales de esas políticas.
Cada vez más, activistas, donantes, intelectuales y clérigos judíos estadounidenses buscan influir en la toma de decisiones desde afuera, financiando ONG políticas, emitiendo condenas morales públicas y presionando a líderes internacionales para que apliquen presión diplomática y política sobre Israel, a menudo con términos morales rígidos y poco matizados, todo esto sin vivir en Israel, sin servir en su ejército y sin criar hijos bajo amenaza constante.
Un reservista israelí que pasó meses lejos de su familia bajo fuego no vive las lecciones morales de la Diáspora como solidaridad.
Para muchos israelíes, este comportamiento es problemático por dos razones. Primero, representa juicio sin asumir costos: demandas emitidas por quienes no cargarán con las consecuencias de los resultados que promueven. Un reservista israelí que pasó meses lejos de su familia bajo fuego no vive las lecciones morales de la Diáspora como solidaridad; las vive como juicio distante, desconectado del peligro y la pérdida cotidianos.
Segundo, y menos reconocido, ese juicio suele estar distorsionado. Muchos judíos de la Diáspora operan hoy bajo intensa presión respecto a Israel: hostilidad en el trabajo, intimidación en campus, acoso en redes y riesgo profesional. Su crítica pública a Israel funciona con frecuencia menos como un análisis ético desapasionado que como gestión de ansiedad y autoprotección reputacional, una señal de aceptabilidad moral en entornos crecientemente hostiles al particularismo judío. La distancia de las consecuencias no purifica el juicio. En este contexto, a menudo lo distorsiona.
Esto invierte la autoridad moral. Los israelíes que viven con riesgo diario son presentados como motivados por el miedo o el exceso emocional, mientras que los judíos de la diáspora, lejanos a las consecuencias, afirman una supuesta claridad moral. En realidad, vivir con consecuencias suele producir mayor sobriedad, no menor, lo que a su vez afina la claridad moral.
Para el 2026, esta dinámica amenaza con erosionar la confianza Israel–Diáspora más profundamente que cualquier disputa política puntual. El consejo y la preocupación son bienvenidos. La empatía y el apoyo, aún más. La presión sin consecuencias no lo es.
En conjunto, estas ocho tendencias apuntan a una sola realidad: el futuro judío estará determinado menos por enemigos externos que por la claridad interna.
El futuro judío estará determinado menos por enemigos externos que por la claridad interna.
El antisemitismo no es nuevo. Siempre ha adaptado su lenguaje a la moda moral de la época (religiosa, racial, política o humanitaria). Los judíos nunca sobrevivimos imaginando que desaparecería. Sobrevivimos sabiendo quiénes éramos incluso cuando el mundo lo negaba.
Lo nuevo es la escala de la incertidumbre judía desde dentro.
Un judaísmo reducido solo a cultura, una ética desvinculada del pueblo y un universalismo despojado del pacto han fallado repetidamente la prueba de estrés de la historia. Eso no equipa a los judíos para soportar presión sostenida. Cuando la identidad judía se trata como moralmente sospechosa, colapsa justo cuando más se la necesita.
Al mismo tiempo, una corriente contraria es inconfundible. En Israel y en la Diáspora, un número menor pero creciente de judíos (muchos de ellos jóvenes) eligen otra postura: judaísmo público, seguridad moral y responsabilidad sin disculpas. Ellos se niegan a permitir que la presión los defina.
La pregunta que enfrenta el mundo judío en el 2026 es esta: ¿Responderán los judíos a esa presión como un pueblo inseguro de su derecho a existir, o como un pueblo que recuerda su misión y que sabe que su supervivencia nunca dependió de permisos?
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
Solo una breve anotación: existe una cierta acepción general sobre que es derecha o izquierda que parece haber perdido objetividad. Soy de los que definen izquierda como aquellos que proponen que el estado sea cada vez mas el organizador de la vida de los individuos, lo que implica un mayor aparato estatal y mas impuestos para sostenerlo, lo que conduce a perdidas de libertad individual; la derecha es por el contrario defensora de la libertad individual y por ende pretende limitar la ingerencia del estado; algunas expresiones extremas de derecha limitan el papel del estado a seguridad y justicia. En Argentina y en Venezuela la juventud vota por la derecha al grito de "libertad".