10 razones por las que amo ser judía


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Los actores en los premios Emmy quieren hacer que Hamas sea algo ‘cool’
Hubo un tiempo muy lejano en el que los actores se dedicaban a eso: actuar. Es cierto que siempre existieron aquellos que demostraban ciertas posturas políticas, pero lo que ocurrió en la última entrega de premios Emmy revela algo más profundo y más inquietante: la transformación de los actores en referentes morales que, paradójicamente, simplifican problemas complejos hasta convertirlos en consignas vacías.
La llamada ‘causa palestina’ fue el estandarte que varios intérpretes blandieron con entusiasmo. Javier Bardem apareció con la kefiya palestina y sentenció: “Nunca trabajaré con una compañía que no condene el genocidio en Gaza”. Hannah Einbinder, premiada como mejor actriz de reparto en comedia, cerró su discurso con un “Free Palestine” y un insulto dirigido a las autoridades migratorias de Estados Unidos. Su compañera de reparto en Hacks, Megan Stalter, llevó una cartera con la inscripción “Ceasefire!”. Otros rostros se unieron a la tendencia: Aimee Lou Wood, Brian Cox, Mark Ruffalo, Jessica Chastain, Joaquin Phoenix. La lista se extiende hasta superar los cuatro mil firmantes de un boicot contra instituciones culturales israelíes.
Convengamos que es un gran modo de quedar bien: artistas que deciden usar su fama para hablar de tragedias humanas. Pero lo que se esconde detrás es un ejercicio de superficialidad y conformismo moral. Lo primero que llama la atención es la omisión deliberada: ni Bardem ni Einbinder, ni ninguno de los nombres que adornaron la gala con pines y lemas, mencionaron a los rehenes israelíes aún cautivos en Gaza.
La masacre del 7 de octubre de 2023, en la que fueron asesinadas más de 1.200 personas, quedó fuera de cuadro. Estamos a punto de cumplir dos años de aquella fatídica fecha y todavía los terroristas tienen a personas en su poder. Pero no hacer mención a eso no es casualidad: es la condición necesaria para mantener la narrativa del “genocidio unilateral”, en la que Hamas aparece apenas, siguiendo la línea cinematográfica, como un pequeño actor de reparto.
La postura de Bardem merece especial escrutinio. No es un gesto aislado: desde hace meses se ha convertido en un vocero itinerante de la campaña Film Workers for Palestine, un boicot que exige cortar lazos con cualquier institución cultural israelí que no se desmarque del gobierno. Su declaración de que quedarse sin trabajo es “irrelevante” frente a lo que sucede en Gaza suena noble, pero encierra un cálculo muy distinto: posicionarse en la “causa correcta” en un Hollywood que premia, más que la excelencia artística, la adhesión a ciertas banderas ideológicas. Bardem no se enfrenta al poder, sino que se alinea con la ortodoxia del progresismo global.
Hannah Einbinder, por su parte, es algo así como la traidora útil. Judía de origen, insiste en que su deber es “separar al judaísmo del Estado de Israel”, como si la historia milenaria del pueblo judío y su vínculo con la tierra de Israel fueran un mero accidente. Resulta significativo que sus palabras hayan sido celebradas por medios con vínculos con Hamas, al punto de difundir su discurso mientras censuraban digitalmente sus hombros descubiertos. El detalle roza lo grotesco: la actriz que exige libertad para Gaza es aplaudida por un aparato propagandístico que considera obscena su vestimenta.
El problema de fondo no es que actores y actrices tengan opiniones políticas. Es que Hollywood ha asumido el rol de tribunal moral global, con capacidad de señalar culpables y víctimas desde una perspectiva desinformada y emocional. Convertidos en modelos de conducta, sus discursos ya no son recibidos como simples posturas individuales, sino como verdades colectivas amplificadas por la maquinaria mediática. Y en ese proceso, el conflicto israelí-palestino —uno de los más complejos y sangrientos de la era moderna— queda reducido a un eslogan de alfombra roja. ¿Se imaginan qué ocurriría si Bardem opinara de qué manera hay que realizar una cirugía de corazón? Entonces, ¿desde qué conocimiento habla del conflicto en Gaza?
Pero no todo el relato hollywoodense es uniforme. Entre la marea de consignas, una voz disonante apareció en el mismo evento: la influencer Emily Austin, que asistió con un lazo amarillo en su bolso, recordando a los 48 rehenes aún retenidos en Gaza. El gesto fue pequeño en comparación con los reflectores que recibieron Bardem y Einbinder, pero su carga simbólica fue mayor. Austin recordó lo obvio, lo que la élite hollywoodense prefiere olvidar: que Hamas, un grupo terrorista, es el responsable directo no solo de la masacre inicial, sino también del sufrimiento prolongado de inocentes secuestrados, mujeres y niños incluidos.
El fenómeno invita a una reflexión más amplia. La cultura de las celebridades ha desplazado a los expertos, a los académicos y a los periodistas en la tarea de moldear la opinión pública. En lugar de análisis, recibimos gestos… ‘actuaciones’ (tal vez nunca mejor dicho). En vez de debate, consignas. Hollywood, que solía producir ficciones, ahora fabrica realidades simplificadas en las que la historia, la geopolítica y la ética son sustituidas por hashtags.
Y quizá lo más peligroso sea esto: al jugar al “progresismo seguro”, las estrellas se convierten, sin proponérselo, en portavoces indirectos de regímenes que oprimen a las mismas libertades que dicen defender. Hamas no necesita inventar propaganda: le basta con amplificar los discursos de actores premiados, mientras borra sus hombros desnudos en la pantalla.
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Barden necesita publicidad para conseguir pega. Así como varios de los otros “artistas”. Pero el mundo es redondo, y llegará pronto en que se tendrán que arrodillar si quieren estar en publicidad. Son unos tontos ignorantes.