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Adiós al 2020

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29/12/2020 | por Slovie Jungreis-Wolff

¿Cómo podemos aprovechar este año tan difícil para ser mejores y mejorar al mundo?

La mayoría de las personas están listas para despedirse del 2020, un año sumamente difícil y estresante. Algunos planean arrojar sus calendarios y agendas anuales a una fogata para despedirse de todo el dolor y las dificultades.

Cuando los judíos enfrentamos desafíos, se nos pide que nos detengamos un momento y contemplemos lo que ocurre. No tienes que limitarte a preguntar: "Dios, ¿por qué me pasó esto? ¿Por qué me hiciste vivir esto?".

En cambio, nos enseñan que debemos preguntar: "¿Qué puedo aprender de todo esto? ¿De qué forma me hizo cambiar esta experiencia?".

Este último año nos llevó a lugares que nunca hubiéramos imaginado. Todo el mundo se unió en el mismo sufrimiento. ¿Qué aspecto positivo podemos llegar a encontrar?

Al despedirnos del 2020 y de todas las experiencias que soportamos, llegó el momento de preguntarnos a nosotros mismos: "¿En quién me he convertido?".

Si pasamos una época de agonía, tal como fueron estos últimos meses, podemos quedarnos tan sólo con el dolor y sentir que todo el sufrimiento no tuvo ningún sentido. O podemos pensar en los momentos buenos que podemos rescatar, las lecciones de gratitud, las pequeñas y grandes bondades que hemos visto. En vez de colapsar, podemos tolerar este período y aprovecharlo para seguir adelante con un nuevo coraje y fuerzas renovadas.

Coraje no implica no tener miedos, sino superar el terror y el miedo que experimentamos. Escalamos, salimos de nuestra zona de confort y nos encontramos haciendo cosas que nunca antes hubiéramos imaginado hacer. El mundo ahora está repleto de historias de gente común y corriente que salió de sí misma e influyó en las vidas de otros de maneras que nunca hubieran podido concebir. Esta es la definición de "extraordinario".

A cada uno le duele su propia dificultad. No se trata de comparar quién la pasó peor; la vida no es una olimpiada de sufrimiento. Se trata de intentar con todas nuestras fuerzas no sólo sobrevivir sino prosperar; lograr salir adelante con un nuevo músculo espiritual y mental.

Mi lucha personal

Personalmente, tuve que enfrentar mis propias decepciones y cambiar el rumbo de mi vida.

Durante años tuve un sueño. Quería llevar a Israel a un grupo de mujeres y allí ayudarlas a encontrar el “fuego” que lograra encender sus almas de la forma que sólo puede lograrlo nuestra Tierra Santa. Todas nuestras enseñanzas cobrarían vida. Por alguna razón, nunca era el momento correcto, hasta que lo planificamos para la primavera del 2020. Nuestro itinerario era más de lo que hubiera podido esperar. Incluimos el máximo de sitios posibles. Estábamos preparados y a punto de partir. Entonces llegó el COVID. Tuvimos que cancelar el viaje ¿Hasta cuándo? Sólo Dios lo sabe. Mi sueño quedó en pausa.

Hemos perdido a grandes y maravillosas personas que son irremplazables. A algunas las conocí personalmente y a otras de lejos. Pero esas pérdidas nos hicieron enfrentar el miedo a lo desconocido. En Pésaj me encontré con una mesa sin mis hijos y nietos. Fue sumamente doloroso decir: "Queridos hijos, no pueden venir". Cuando bendije a mi hijo a través de la ventanilla de su auto, vi que él se secaba las lágrimas al mismo tiempo que yo secaba las mías. Gracias a Dios celebramos el nacimiento de un nieto en Canadá. Eso fue hace nueve meses y todavía no lo sostuve en mis brazos ni lo acaricié. Sólo lo conozco a través de la pantalla de un teléfono.

Gran parte de mis lecciones tienen lugar compartiendo tiempo en una clase y viajando por el mundo, conociendo increíbles comunidades judías que siempre abren sus corazones y sus hogares con amor. Todo eso se detuvo. Extraño sonreír, compartir y conectarme. Es un mundo diferente. En las Altas Fiestas, en vez de rezar en la ciudad de Nueva York codo a codo con las mujeres con quienes estudio, estuve parada con una mascarilla detrás de un árbol en el patio de una amiga. Me sentí muy sola en mis plegarias.

¿Puedo encontrar también la parte buena? ¿Desarrollé mi músculo espiritual tal como te pido que tú lo descubras?

Hay una expectativa agridulce por todo lo que quedó a un lado. Encontré una nueva gratitud por los momentos y los gestos más simples que antes se daban por sentados. Los abrazos, compartir una comida, dar una bendición y colocar mis manos sobre la cabeza de mis hijos. Ni siquiera puedo imaginar "la primera": la primera clase cuando volvamos a estar juntas; el primer Shabat con la familia de Hineni; el primer Séder rodeados por nuestros nietos.

Como no pude viajar, tuve la oportunidad de enseñar de forma remota a un grupo de jovencitas de escuela secundaria que abrieron mis ojos a los pensamientos y la perspectiva de las mujeres jóvenes en el mundo actual. A través de Zoom viajé por el mundo y me encontré con comunidades judías. Desde que comenzó el COVID, cada noche me llama mi hijo y converso con mis nietos. Contamos historias y decimos juntos el Shemá. Quizás no podemos estar juntos, pero creamos un nexo que de otra manera no hubiéramos tenido.

En hebreo, la palabra para ‘prueba’ es nisaión. La palabra nisaión comparte la misma raíz que ‘estandarte’ y ‘milagro’. Cuando atraviesas una prueba en la vida y triunfas, has creado para ti un magnífico estandarte, con tus colores personales y tu propio logo. Esto se convierte en tu milagro. Nadie puede quitarte tu estandarte, nadie puede destruirlo. Te pertenece para siempre.

Al acercarnos al 2021, pensemos en el estandarte que cada uno ha creado. Un estandarte significa que descubrí algo sobre mí mismo que nunca hubiera descubierto de no ser por la montaña que tuve que escalar. Si a pesar de la dificultad, no es el dolor lo que permanece más latente sino mi nueva comprensión, entonces dejé de aferrarme al sufrimiento y descubrí el propósito de mi prueba. Esto crea una vida significativa.

Una promesa en Auschwitz

El director de orquesta Benjamín Zander, me contó que conoció a una sobreviviente de Auschwitz que le enseñó una importante lección de vida. Ella estaba en uno de los vagones de ganado que llevaban a los judíos al campo de concentración, había perdido de vista a sus padres. Tenía 15 años y estaba sola con su hermano de 8. Ella vio que su hermano estaba sin zapatos y, tal como suele hablar una hermana mayor, exclamó: "¿Cómo puedes ser tan tonto? ¿No puedes cuidar tus cosas?".

Lamentablemente, esas fueron las últimas palabras que le dijo a su hermano. Él no sobrevivió.

Ella hizo una promesa.

"Cuando salí de Auschwitz viva, hice una promesa. Nunca diría nada que no soportaría que fuera la última cosa que le dijera a esa persona".

Esta mujer tomó esa experiencia trágica y encontró un momento significativo. Ella podría haberse quedado sólo con el dolor. Fácilmente hubiera podido sentirse amargada. Pero, en cambio, tomó el día más oscuro y lo usó como un trampolín para la paz. Ella transformó su sufrimiento en una mejor actitud hacia los demás. Se preguntó a sí misma: "¿Cómo puedo vivir de una forma más elevada y no en un espiral descendente?".

Este es nuestro desafío para el 2021. No nos revolquemos en el dolor. En cambio, aprovechemos todos los recuerdos de lo que hemos pasado para mejorar el mundo y mejorar nosotros mismos.




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