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Aferrándose a la esperanza en Bergen-Belsen

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17/01/2023 | por Ronda Robinson

La imaginación de Marion Lazan levantó su estado de ánimo durante la oscura época en un campo de exterminio.

En 1943, Marion Blumenthal Lazan tenía 9 años y estaba en un campo de concentración nazi. Entonces no tenía ninguna de las cosas básicas que los niños dan por sentado, como papel, lápices de colores, libros o juegos. Pero ella se consolaba con su activa imaginación y cuatro piedritas de colores.

La vida en Bergen-Belsen era terriblemente lúgubre, sin un árbol, una flor ni una brizna de pasto a la vista. El hambre, la enfermedad y la muerte eran sus compañeros diarios.

Marion a los 7 años

Para controlar la desesperación, Marion creaba juegos imaginarios. Ella decidió que si encontraba cuatro piedritas que tuvieran más o menos el mismo tamaño y forma, eso significaría que cuatro miembros de su familia sobrevivirían: sus padres, Walter y Ruth, su hermano Albert y ella misma.

El juego le brindaba alivio porque siempre ganaba. “Siempre encontraba mis cuatro piedritas. Me aseguraba de encontrarlas. Hacia trampa todo el tiempo. Cuando las encontraba, las ponía en un lugar seguro”, admitió ante el público en Atlanta durante la serie de charlas en recuerdo del Holocausto en la academia judía de Intown.

“Este juego me dio algo a lo que podía aferrarme, una esperanza distante”.

La esperanza era algo que apenas se vislumbraba en Bergen-Belsen, donde alrededor de 50.000 personas murieron en manos de los nazis, la mayoría de ellos judíos, incluyendo a la joven Anna Frank. La superpoblación, las malas condiciones sanitarias y la falta de alimento adecuado, agua y refugio llevaron a brotes de tifus, tuberculosis, disentería y otras enfermedades.

Lazan sobrevivía comiendo cada día una rebanada de pan y una sopa aguada con una carne horrible, cáscaras de nabo y papas. “Más adelante nos dieron pan sólo una vez por semana y tan sólo si nuestras 'habitaciones' estaban limpias y ordenadas. Nuestro regalo de cumpleaños para otra persona era ese pequeño pedacito de pan que habíamos guardado de la semana anterior”.

Salvarse por un pelo

Un día pareció que tendrían una porción más sustanciosa. Su madre había contrabandeado papas y sal de la cocina en la que trabajaba. En secreto, ella cocinó sopa en la litera que compartía con Marion. De pronto, los guardias alemanes entraron para una inspección sorpresiva.

Lazan cuenta: “Yo estaba en la litera con mi madre, tratando de cubrirla y ocultar lo que ella estaba haciendo. La sopa estaba hirviendo, a punto de estar lista. En el apuro por esconder las cosas, la sopa hirviendo se derramó sobre mi pierna. Nos habían enseñado autodisciplina y autocontrol a la fuerza. Sabía que si lloraba eso nos costaría la vida”.

La oscura y atestada barraca también presentaba otros peligros. A menudo los prisioneros tropezaban y caían sobre cuerpos muertos. “De niños vimos cosas que nadie, sin importar su edad, debe ver”.

Avivar el fuego para un Holocausto

Todo comenzó en 1935 cuando la Alemania nazi promulgó las Leyes de Nuremberg, proveyendo un marco legal para la persecución sistemática de los judíos. Les quitaron a los judíos su ciudadanía, prohibieron los matrimonios y las relaciones entre judíos y alemanes, prohibieron a los judíos izar la bandera alemana y mucho más.

La soga se iba apretando alrededor del cuello de las familias que, como los Blumenthal, vivían arriba de su zapatería. “Entonces mis padres decidieron salir del país”, cuenta Lazan.

“Mis abuelos, que ya tenían setenta y tantos años y estaban enfermos, se rehusaron a dejar su hogar. Ellos no vieron la urgencia. Mis abuelos fallecieron en 1938, con tan sólo 11 días de diferencia entre ellos. Poco después recibimos nuestros papeles para emigrar a los Estados Unidos”.

El 9 de noviembre de 1938, los nazis saquearon el departamento de la familia durante Kristallnacht, la 'Noche de los cristales rotos', cuando los alemanes efectuaron pogromos contra los judíos en todo el país.

Esa noche arrestaron al padre de Lazan y lo llevaron al campo de concentración Buchenwald. Milagrosamente, lo liberaron tres semanas después porque los papeles de la familia para emigrar a los Estados Unidos estaban en orden.

“Nos obligaron a vender nuestra casa y nuestro negocio por una fracción de su valor. En enero de 1939 nos fuimos a Holanda, en donde íbamos a embarcar rumbo a los Estados Unidos”. “Durante casi nueve meses, mientras esperábamos nuestro número de cupo del Departamento de Estado de los Estados Unidos, mis padres fueron asignados para cuidar a unos 125 niños. Sus padres los habían enviado desde diversas partes de Europa para escapar de los nazis”.

La conexión con Anna Frank

Lazan afirma que Anna Frank era su alma gemela, aunque las dos niñas nunca se conocieron. Ambas nacieron en Alemania y vivieron en Holanda. “La mía es la historia que Anna Frank podría haber contado de haber sobrevivido. Es también una historia con un mensaje de perseverancia, determinación, fe y, sobre todo, esperanza”.

En diciembre de 1939, la familia Lazan fue deportada al campo de detención en Westerbork en Holanda para esperar allí hasta su viaje a los Estados Unidos. En mayo de 1940, justo un mes antes de su partida planificada, los alemanes invadieron Holanda. La familia no pudo escapar y sus pertenencias fueron destruidas cuando los alemanes bombardearon el puerto de Rotterdam.

“El boulevard de las miserias”

Desafortunadamente, ahora estaban esperando ser deportados a un campo de concentración. Finalmente llegó un martes en enero de 1944 en el que tuvieron que marchar por una plataforma de trenes conocida como “Boulevard des Miseres” o el "Boulevard de las miserias". Cuando vieron los vagones de ganado a los que debían subir, temieron lo peor.

“Recuerdo que cuando llegamos a nuestro destino, el campo de concentración Bergen-Belsen en Alemania, era una noche intensamente fría, completamente oscura y lluviosa. Nos sacaron de los vagones de ganado y los guardias alemanes nos recibieron con gritos, amenazándonos con sus armas y con los más malvados perros de ataque a su lado. Yo era una pequeña de 9 años muy asustada y hasta el día de hoy tengo miedo cuando veo un perro pastor alemán”.

“De los 120.000 hombres, mujeres y niños que partieron de Westerbork, 102.000 estaban condenados a no regresar nunca”.

Las miserias del cautiverio en Bergen-Belsen incluían congelarse mientras pasaban lista, lo que a veces duraba desde muy temprano en la mañana hasta bien entrada la noche, sin comida, agua ni ropa para protegerse.

Los lobos visten ropa de oveja

La población moría rápidamente, pero no lo suficientemente rápido como para satisfacer a los nazis. “Decidieron mandar tres trenes cargados de personas a Europa Oriental, a los campos de exterminio y las cámaras de gas. Después de 14 días de ese viaje irreal y horroroso, los guardias alemanes empezaron a correr frenéticamente por el tren buscando ropa de civiles para no ser reconocidos por los aliados. En ese momento supimos que la guerra estaba llegando a su fin. El ejército ruso liberó nuestro tren y nos llevó a un pueblo granjero cercano en Alemania Oriental”.

Para ese entonces, Lazan tenía 10 años y medio y pesaba 16 kilos. Los cuatro miembros de la familia estaban enfermos de tifus y eso provocó que su padre falleciera unas pocas semanas después de la liberación, tras haber sobrevivido 6 años y medio en campos de refugio, de tránsito y de concentración.

Los niños y su madre se recuperaron gradualmente y comenzaron una nueva vida en los Estados Unidos en la víspera de Pésaj de 1948. Dos meses después de su graduación de la escuela secundaria en Peoria, Illinois, Marion se casó con Nathaniel Lazan, a quien había conocido en la sinagoga en Iom Kipur. Posteriormente él se convirtió en piloto de la Fuerza Aérea. En agosto del 2021 celebraron su aniversario número 68 con tres hijos adultos, nueve nietos y siete bisnietos.

Reacción en cadena

El libro de las memorias de Marion, Four Perfect Pebbles (Cuatro piedritas perfectas), fue traducido al alemán, holandés, hebreo, francés y japonés. Ella está agradecida de que su historia siga viva para las generaciones futuras. Aunque durante los últimos 20 años ella ha hablado ante un millón y medio de estudiantes y adultos, el esfuerzo siempre la desgasta.

Pero ella razona que “la generación de hoy será la última que escuchará estas historias de primera mano. Cuando ya no estemos aquí, la juventud de hoy tendrá que ser testigo. Por más difícil que sea, el horror de la Shoá debe enseñarse. Sólo entonces podremos evitar que vuelva a ocurrir.

“Cada uno debe hacer todo lo posible para evitar que vuelva a tener lugar un odio, destrucción y terror similar. Podemos comenzar teniendo amor, respeto, tolerancia y compasión el uno por el otro, sin importar la creencia religiosa, sin importar el color de nuestra piel, sin importar nuestra nacionalidad. Este respeto mutuo debe comenzar en nuestros hogares”.



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