El colapso silencioso del Reino Unido
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Cuando Dios nombró a Aharón y a sus descendientes como cohanim, los sacerdotes, hubo una persona que quedó fuera: Pinjás, el nieto de Aharón. Dios le dijo a Aharón que sus hijos y los hijos que nacieran de ellos serían cohanim. Sin embargo, Pinjás ya había nacido y, por lo tanto, fue excluido del sacerdocio. Toda la familia de Pinjás se convirtió en cohanim: su padre, su tío, sus primos, sus hermanos… Todos excepto él. Solo cuando Pinjás se levantó contra Zimrí, el líder judío que públicamente cohabitó con una mujer no judía, fue que Pinjás fue recompensado convirtiéndose en un cohen. ¿Cuál es el sentido de todo esto?
Pinjás fácilmente podría haber mirado su situación y pensar: “Parece que Dios no me quiere. Tal vez no soy digno, quizás hice algo mal o no soy capaz…” y una infinidad de otras ideas negativas que podría haberse imaginado sobre por qué fue excluido de un derecho que parecía pertenecer a su familia.
Sin embargo, si Pinjás se hubiera vuelto amargado y resentido con Dios por haberlo excluido, habría creado una profecía autocumplida. Nunca habría tenido el amor necesario por la Torá y por Dios para enfrentarse a Zimrí. Fue precisamente el amor y la conexión de Pinjás con Dios lo que le permitió levantarse valientemente en defensa del honor y la gloria de Dios, lo que finalmente lo llevó a ganarse el derecho de convertirse en cohen.
Aunque no entendemos por qué Dios hace lo que hace, sabemos que es únicamente para nuestro beneficio, por el gran amor y compasión que Él tiene por nosotros. Pinjás es un hermoso ejemplo donde podemos ver que esa exclusión fue solo para que Dios pudiera bendecir a Pinjás con algo mucho mayor en un momento posterior. No solo Pinjás se ganó el estatus de cohen, lo cual es un nivel más alto de obtener algo, sino que su nivel alcanzó un grado aún superior, ya que Dios le dice que tiene el “pacto eterno”. Recibió algo aún mayor.
Si permitimos que esa aparente carencia influya y nuble nuestra fe en Dios o nuestra propia imagen o valía personal, perdemos la asombrosa oportunidad que nos espera. Dios siempre quiere darnos lo mejor de todo, y, por lo tanto, si aún no lo tenemos, simplemente significa que tal vez algo aún mayor nos está esperando. La carencia a menudo es el impulso que nos permite fortalecer nuestra relación con Dios y nuestra fe en Él, trayendo así la salvación que siempre anhelamos. A veces, Dios crea situaciones en las que parece que nos falta algo, pero en realidad Dios solo está esperando para darnos algo aún mejor.
Piensa en algo que realmente deseas en tu vida. Sabe que, si es bueno para ti, Dios te lo dará. Piensa que ya es tuyo: solo tienes que pasar por el tiempo necesario para conseguirlo. Toda la espera es para que puedas recibir algo incluso más grande de lo que sueñas.
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