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La regla de oro del judaísmo, amar a tu prójimo como a ti mismo, tiene una condición: primero tienes que amarte de verdad.
La mayoría de las personas conocen uno de los mandamientos más fundamentales del judaísmo:
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. (Levítico 19:18)
El sabio talmúdico Rabí Akiva llamó a esto no solo una de las grandes enseñanzas del judaísmo, sino su principio central (Bereshit Rabá 24:7). Cuando un posible converso le pidió a Hilel que resumiera toda la Torá mientras estaba parado sobre un solo pie, él respondió: “Lo que odias que te hagan, no se lo hagas a tu prójimo. El resto es comentario. Ve y estudia” (Tratado Shabat 31a).
Pero aquí está lo que normalmente se pasa por alto: para amar a los demás como a ti mismo, realmente tienes que amarte a ti mismo.
La investigación respalda esta idea. Un estudio del 2023 en la revista Mindfulness encontró que las personas que reportaban niveles más altos de amor propio “se inclinaban más fuertemente hacia valores más trascendentes: sentir benevolencia hacia los demás, valorar la creatividad y la apertura mental, y reconocer el valor en todas las personas”. Los psicólogos describen la compasión hacia los demás como una extensión externa de la compasión que sentimos por nosotros mismos. Las personas que muestran compasión hacia otros, pero carecen de compasión hacia sí mismas a menudo están repitiendo un patrón aprendido en la infancia. Crecer con cuidadores inconsistentes puede producir adultos que ven a los demás de forma positiva y buscan su aprobación, mientras mantienen una visión profundamente negativa de sí mismos.
Rav Shimon Shkop (siglo XIX) ofrece una teoría sorprendentemente similar. Él sostiene que el amor hacia los demás es una expansión del amor propio, posible cuando reconocemos que todas las personas están conectadas.
“Aunque a primera vista parece que el amor propio y el amor hacia los demás compiten entre sí, tenemos la responsabilidad de comprender a ambos, ya que ambos se esperan de nosotros", dice Rav Shkop.
Esta idea queda aludida en la declaración de Hilel: ‘Si no estoy para mí, ¿quién lo estará? Y si solo estoy para mí, ¿qué soy?’ Es decir, cada persona debe desarrollar un sentido de sí misma, lo cual debe ser su primera prioridad… Pero una persona que amplía su sentido del yo para incluir a la comunidad o al mundo alcanza la verdadera grandeza. Porque en un gran motor, incluso un pequeño tornillo es esencial”. (Introducción a Shaarei Iosher, Puertas de la Rectitud)
Nada de esto significa ignorar tus defectos. Significa aceptarlos mientras crees que puedes cambiar. La psicóloga Kristin Neff, pionera en la investigación sobre la autocompasión, identifica tres componentes: tratarte con amabilidad, reconocer que los errores son parte del hecho de ser humano y abordar las dificultades con una conciencia honesta en lugar de un juicio severo.
Sostener al mismo tiempo ambas verdades (soy imperfecto y soy valioso) es la habilidad central de la Terapia Dialéctico-Conductual (DBT). Y resulta que la Torá ya apuntaba en esa dirección. El versículo justo antes del mandamiento de amar al prójimo ordena que debes reprenderlo:
“No odiarás a tu hermano en tu corazón. Reprende a tu prójimo, pero no cargues con culpa por su causa.” (Levítico 19:17)
Rav Shimshon Rafael Hirsch analizó la palabra hebrea para reprensión, tojajá, señalando que casi siempre significa llevar a alguien “al reconocimiento de un hecho desagradable sobre sí mismo”, no para derribarlo, sino para ayudarlo a crecer. La reprimenda verdadera nace del amor. Ves el defecto y aun así crees en la persona.
El mismo estándar se aplica a cómo nos tratamos a nosotros mismos. Debemos aceptar las partes de nosotros que son imperfectas mientras reconocemos nuestra intención de aprender y crecer. Cuando Hilel le dijo al converso que el principio central de la Torá era tratar a los demás como te gustaría ser tratado, lo impulsó a ir a estudiar. Actuar con bondad no es el único objetivo; convertirse en una mejor persona requiere esfuerzo.
Como lo expresa la psicóloga Dra. Elizabeth Hopper: “Al trabajar hacia una sociedad más compasiva, puede ser especialmente importante asegurarnos de enfatizar ambos tipos de compasión, sin perder de vista ninguno de los dos”.
Un ejercicio de DBT llamado pensamiento de “ambos-y" puede ayudar a desarrollar esta habilidad. Nombra una cosa que en este momento sientas que es indiscutiblemente verdadera: “Estoy abrumado” o “Esto duele.” Luego agrega una segunda verdad que pueda coexistir: “Estoy haciendo lo mejor que puedo” o “Este sentimiento no durará para siempre.” Permanece con ambas afirmaciones juntas, resistiendo el impulso a dejar que una anule a la otra. Esta práctica desarrolla flexibilidad emocional al permitir que el dolor y la posibilidad, la lucha y la fortaleza, coexistan sin forzar una falsa elección entre ellas.
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