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Amnistía Internacional declara equivocadamente que Israel es un estado apartheid

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03/02/2022 | por David A. Harris

El informe calumnioso no comprende la realidad de la sociedad israelí, ni tampoco los desafíos de Israel para lograr encontrar una respuesta duradera a la cuestión palestina.

El informe emitido el 1 de febrero por Amnistía Internacional sobre Israel, es una letanía de acusaciones precipitadas, siendo la más tóxica entre ellas la afirmación de que Israel es un estado "apartheid".

El uso repetido de esta palabra en el informe, una referencia al racismo institucionalizado durante décadas del gobierno de la minoría blanca en Sudáfrica, tiene el objetivo de estigmatizar a Israel, aislarlo en la comunidad de naciones y, en última instancia, deslegitimar la base moral de su misma existencia.

Cualquier estado que opere a través de un sistema de jerarquías raciales, que reserve el poder político para una minoría de su población, que niegue iguales derechos de protección bajo la ley, que tenga patrones de restricción de vivienda basado en el color de la piel, que restrinja las relaciones sexuales entre miembros de diversas comunidades y controle todas las fuentes de riqueza, debe ser declarado un estado paria. El único camino a seguir para semejante estado sería dejar de existir.

El problema fundamental con el informe de Amnistía Internacional es que está completamente desconectado de la realidad. Israel no tiene nada que ver con el apartheid y el apartheid no tiene nada que ver con Israel.

Comencemos con la situación de los ciudadanos árabes de Israel, que comprenden un 20% de la población.

La coalición que constituye el gobierno actual depende por completo de la participación de uno de los partidos políticos árabes. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

La coalición que constituye el gobierno actual depende por completo de la participación de uno d ellos partidos políticos árabes. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

De forma general, los ciudadanos árabes tienen plenos derechos de voto y sus elecciones electorales representan el espectro político, étnico y religioso de un país sumamente diverso. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

Los ciudadanos árabes están representados en toda la nación, incluso en la poderosa Corte Suprema. De hecho, un juez árabe fue quien envió a prisión a un ex presidente israelí. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

Los ciudadanos árabes también sirven en los cuerpos diplomáticos, comenzando con los embajadores que representan a Israel por todo el mundo, sin mencionar a las fuerzas de defensa de Israel, responsables de defender al país en una región sumamente convulsionada. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

Una visita a cualquier hospital, desde Jerusalem a Tel Aviv, de Haifa a Ashkelon, revela un ecosistema completamente interdependiente, con médicos, enfermeros, y técnicos árabes y judíos trabajando hombro a hombro para tratar a pacientes árabes y judíos. ¿Apartheid? Difícil creerlo.

¿Hay defectos sociales en Israel? Sí, como en cualquier nación democrática, incluyendo a los Estados Unidos. Pero sugerir que la sociedad abierta, liberal y pluralista de Israel es de alguna manera similar a la política de apartheid de Sudáfrica, no es nada más ni nada menos que una calumnia ficticia.

El informe de Amnistía Internacional manifiesta un desconocimiento de la realidad de la sociedad israelí, y tampoco entiende los desafíos de Israel para lograr encontrar una respuesta duradera a la cuestión palestina de larga data.

Los palestinos podrían haber tenido su estado junto con Israel desde 1947-1948. Ellos lo rechazaron. Entre 1948 y 1967, la Franja Occidental y Gaza estuvieron en manos árabes, pero no hicieron ningún esfuerzo para establecer un estado palestino. Y, trágicamente, ese registro de rechazos continuó desde entonces.

Mientras tanto, Gaza estuvo bajo control de Hamás desde 2007, pero Amnistía Internacional inexplicablemente falló en prestar atención a que Hamás es una organización terrorista genocida que, con la ayuda de Irán, busca abiertamente la aniquilación de Israel.

Finalmente, Amnistía Internacional en esencia negaría al pueblo judío el derecho a la soberanía incluso sobre una mínima franja de tierra, una tierra con la cual el pueblo judío estuvo conectado de forma ininterrumpida durante casi 4.000 años, y que en el siglo XX fue endorsado por la declaración Balfour, la conferencia de San Remo, la Liga de las Naciones y la Asamblea General de la ONU.

Esa tierra, debemos señalar, constituye un 1% del tamaño de Arabia Saudita; un 2% de Egipto u un porcentaje similar de Nueva Jersey o Wales.

Esa es la tierra que en la era moderna, cuando el mundo una y otra vez dio su espalda a los judíos, ya sea a los sobrevivientes del Holocausto en Europa o en las tierras árabes, o bajo el gobierno comunista detrás de la Cortina de Hierro, ofreció un refugio seguro, protección y la posibilidad de un nuevo comienzo.

Tristemente, Amnistía Internacional, una vez un venerable defensor de los derechos humanos, eligió prestar su voz a aquellos que desean poner un fin a Israel como el único país del mundo con una mayoría judía. Pero el plan no funcionará.

La verdad sobre Israel está clara para cualquier visitante imparcial. Dado el crecimiento de la población de Israel, la creciente inversión extranjera y el círculo de paz en expansión, el futuro de Israel como un país vibrantemente democrático con una mayoría judía es brillante.

Este artículo apareció originalmente en "Religion News Service"





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