Anatomía de un pecado

05/10/2025

6 min de lectura

Bereshit (Génesis 1:1-6:8 )

La pregunta que vamos a tratar de responder hoy es una de las preguntas fundamentales de la vida: ¿Por qué pecamos? ¿Qué nos lleva a vivir por debajo de nuestro potencial?

Para responder a esta pregunta esencial, debemos remontarnos al primer pecado de la humanidad. Un poco de contexto: después de crear a Adam y Javá (Adán y Eva), Dios los colocó en el jardín y les dio la primera mitzvá (mandamiento) en la Torá. Contrario a la creencia popular (y a la mayoría de los enfoques cristianos de la Biblia), la primera mitzvá en la Torá es comer de TODOS los árboles del jardín. Dios quiere que tengamos una vida grande, hermosa y rica. Quiere que disfrutemos de toda la magnificencia de Su creación. Sin embargo, una vida grande, hermosa y rica también tiene restricciones, tal como todo deporte tiene límites y faltas. Por lo tanto, Dios también ordenó a Adam y Javá no comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

Pero la tentación de comer del Árbol resultó demasiado difícil de resistir. Javá, y luego Adam, fallaron esta primera prueba. Ellos pecaron al comer del fruto, arrojando a la humanidad fuera del jardín y hacia la dura realidad del mundo. ¿Por qué? ¿Qué era tan tentador que los llevó a transgredir directamente la palabra de Dios? Al tomarnos el tiempo de entender este primer pecado, tendremos la clave para comprender la raíz de todo pecado.

Pero antes de responder estas preguntas, hay otra pregunta importante que debemos abordar: ¿Qué era exactamente el fruto? La clásica respuesta equivocada (no te preocupes, yo también lo pensaba) es una manzana. La traducción griega de la palabra “mal” es mali, que es muy similar a la palabra malus; la palabra griega para manzana. Entonces, ¿cuál es la respuesta correcta?

El Talmud (Berajot 40a) da tres opiniones sobre cuál fruto crecía en el Árbol del Conocimiento:

  1. Vid
  2. Higuera
  3. Trigo

Ahora bien, si vas al supermercado y compras uvas/vino, higos y trigo, lo más probable es que no tengas una experiencia que cambie tu paradigma y te lleve a desafiar a Dios al comerlos. Ante esto, vemos claramente que el fruto del Árbol del Conocimiento no era en realidad ninguno de estos tres. Más bien, era una entidad propia; un fruto único, que sólo se encontraba en el Jardín del Edén. Dos de los más grandes comentaristas de la Torá, el Gaón de Vilna y el Maharal, explican que los tres tipos de fruto propuestos por los sabios en el Talmud en realidad corresponden a los tres impulsos fundamentales dentro de la persona: físico, emocional e intelectual. Lo que nos mueve es el cuerpo, el corazón y la mente. No es sorprendente que estos tres impulsos correspondan a las tres principales escuelas de psicología de nuestra generación:

  1. Cuerpo – Freud: todos buscamos gratificación física
  2. Corazón – Carl Rogers: todos queremos sentirnos aceptados y valiosos
  3. Mente – Viktor Frankl: todos queremos sentido

El debate de Freud, Rogers y Frankl es en realidad una réplica de la discusión de hace 2000 años de nuestros sabios sobre la fuerza que impulsó el primer pecado del hombre.

Aquí va un desafío: relaciona los tres frutos con los tres aspectos de la motivación humana. ¿Cómo conectarías vid, higuera y trigo con cuerpo, corazón y mente?

Bien, veamos cómo lo hiciste. La respuesta según el Gaón de Vilna y el Maharal es la siguiente:

  • Higuera = Cuerpo: un higo es el fruto más sensual y suculento, representando el nivel más alto de gratificación física
  • Vid = Corazón: el vino apaga la mente y saca las emociones
  • Trigo = Mente: el trigo requiere más trabajo/inteligencia para procesarse en alimento. Además, el pan no tiene un atractivo sensual. Más bien, es lo más eficaz para nutrir; una relación puramente intelectual con la comida (en tiempos antiguos, el pan era mucho más insípido y denso en nutrientes).

La forma en que entendemos las discusiones en el Talmud es que cada opinión representa una faceta de la verdad y, combinadas, nos dan el panorama completo. Por lo tanto, el árbol en realidad era de las tres clases de fruto, en el sentido de que apelaba a todos los aspectos de los deseos de Javá: cuerpo, corazón y mente. Fascinantemente, podemos ver cada uno de estos tres impulsos contribuyendo a que Javá cediera al fruto prohibido en el siguiente versículo: “Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer (físico) y un deleite para los ojos (emocional), y que el árbol era deseable como fuente de sabiduría (intelectual), tomó de su fruto y comió” (Bereshit 3:6).

Y hay más. El orden del versículo va de lo físico a lo emocional y luego a lo intelectual. ¿Cuál es el significado de esto?

En hebreo, la palabra para mente es móaj (מוֹחַ), corazón es lev (לֵב), y cuerpo (en realidad, la parte baja de la cadera) es klaiot (כליות – literalmente, riñones), nuestro aspecto inferior. Veamos las tres palabras hebreas y prestemos mucha atención a la primera letra de cada una:

  • מוֹחַ – Móaj (cerebro)
  • לֵב – Lev (corazón)
  • כליות – Klaiot (riñones)

La primera letra de la palabra Móaj es mem (מ), Lev comienza con lamed (ל) y Klaiot con kaf (כ). Al poner las tres juntas, forman Melej (מלך) – Rey. Cuando la mente de una persona gobierna sobre su corazón y su cuerpo, ella gobierna sobre sí misma: un rey. Pero, como en el caso de Javá, cuando el cuerpo gobierna sobre el corazón y la mente, cuando los riñones gobiernan sobre el corazón y la mente, entonces las letras se invierten y se obtiene la palabra klum (כלום – nada) – o kalem (כלם – vergüenza). Tus esfuerzos producen resultados vacíos porque todo es gratificación temporal, y eres una vergüenza porque fallaste en usar el libre albedrío que Dios te dio, y en su lugar cediste a tus instintos inferiores.

Si prestamos atención al orden de lo que atrajo a Javá para comer del fruto, vemos por qué pecó: pasó del cuerpo, al corazón y luego a la mente. Dejó que sus instintos inferiores guiaran su decisión; se dejó llevar primero por el deseo físico en lugar de gobernarse a sí misma con su intelecto.

Ahora entendemos la anatomía del pecado: primero, somos tentados a través de nuestro cuerpo, emociones e intelecto. Luego, dejamos que nuestro intelecto quede en segundo plano frente a nuestros deseos inferiores, perdiendo el control de nosotros mismos ante la tentación. El propósito de la Torá es corregir este error; ponernos de nuevo en el asiento del conductor de nuestras vidas. A través de sus muchas leyes y del increíble rigor intelectual que exige dominarla, la Torá demanda que gobernemos sobre nosotros mismos, que nunca volvamos a dejarnos arrastrar por nuestros deseos inferiores.

El ejercicio práctico de esta semana, inspirado en uno de mis libros favoritos: Hábitos atómicos, es examinar un área de tu vida donde cedes a deseos inferiores y actúas de manera compulsiva. Reflexiona sobre lo que ocurre cuando sientes esta compulsión: ¿cómo luce tu proceso de decisión? ¿Hay una decisión que puedas tomar ahora mismo para mejorar tus posibilidades de éxito la próxima vez que enfrentes una de estas compulsiones? ¿Hay algo que puedas cambiar ahora en tu entorno para hacer que el detonante de tu mal hábito sea más invisible? ¿Hay una recompensa que puedas darte por tener autocontrol? ¿Puedes reemplazar el mal hábito con algo saludable que te dé un resultado similar (por ejemplo, fumar te hace sentir relajado, así que en su lugar, practica mirar la naturaleza y respirar profundamente)? ¡Usa tu intelecto para poner límites a tus tentaciones y retomar el control de tu vida!


La inspiración para este ensayo proviene de mi Rosh Ieshivá y mentor, Rav Beryl Gershenfeld.

Notas:

  1. Aparte del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, el otro árbol que estaba en el centro del Jardín era el Árbol de la Vida. Adam y Javá tomaron el árbol equivocado. “Conocimiento” es una traducción pobre de la palabra hebrea Daat, que significa que dos cosas se funden en una, lo cual vemos en la Torá la primera vez que Adam y Javá tuvieron relaciones íntimas: “Adam conoció a Javá”. Por lo tanto, podemos traducir más correctamente “Conocimiento del Bien y del Mal” como “Fusión del Bien y del Mal”. Al fusionar bien y mal, Adam y Javá arrojaron al mundo a una oscuridad moral donde uno puede convencerse de que cometer un pecado terrible es una mitzvá. Necesitamos reparar el error de Adam y Javá y aferrarnos al árbol correcto. Todo judío que ha estado en la sinagoga conoce el famoso versículo que recitamos cada vez que devolvemos la Torá al Arca: Etz Jaim hi lamajazikim ba – “Es un Árbol de Vida para quienes se aferran a ella”. Si nos aferramos al Árbol de la Vida (nuestra Torá) nos convertiremos en Melej sobre nosotros mismos, capaces de resistir al Árbol de la ilusión de la tentación que busca atraer nuestros deseos inferiores y arrastrarnos al pecado.
  2. אִילָן שֶׁאָכַל מִמֶּנּוּ אָדָם הָרִאשׁוֹן, רַבִּי מֵאִיר אוֹמֵר: גֶּפֶן הָיָה, שֶׁאֵין לְךָ דָּבָר שֶׁמֵּבִיא יְלָלָה עַל הָאָדָם אֶלָּא יַיִן, שֶׁנֶּאֱמַר: ״וַיֵּשְׁתְּ מִן הַיַּיִן וַיִּשְׁכָּר״. רַבִּי נְחֶמְיָה אוֹמֵר: תְּאֵנָה הָיְתָה, שֶׁבַּדָּבָר שֶׁנִּתְקַלְקְלוּ בּוֹ נִתַּקְּנוּ, שֶׁנֶּאֱמַר: ״וַיִּתְפְּרוּ עֲלֵה תְאֵנָה״. רַבִּי יְהוּדָה אוֹמֵר: חִטָּה הָיְתָה, שֶׁאֵין הַתִּינוֹק יוֹדֵעַ לִקְרוֹת ״אַבָּא״ וְ״אִמָּא״ עַד שֶׁיִּטְעוֹם טַעַם דָּגָן.
    El árbol del que comió Adam, el primer hombre: Rabí Meir dice: Era una vid, pues nada trae llanto y problemas sobre el hombre incluso hoy como el vino, como se afirma respecto a Nóaj (Noé): “Y bebió del vino y se embriagó” (Génesis 9:21). Rabí Nejemiá dice: Era una higuera, pues con el mismo objeto con el que se corrompieron y pecaron se rehabilitaron, como se afirma: “Y cosieron hojas de higuera e hicieron para sí cinturones” (Génesis 3:7). Debieron haber tomado las hojas del árbol más cercano, el Árbol del Conocimiento. Rabí Iehudá dice: Era trigo, pues, incluso hoy, el niño no sabe llamar a su padre y a su madre hasta que prueba el sabor del grano.
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