La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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La fuerza espiritual que actúa cada año en la época de Pésaj.
Tanto Rosh Hashaná como Pésaj son comienzos del año. Rosh Hashaná es la ocasión de la creación del ser humano como individuo; Pésaj es la ocasión de la creación del pueblo judío. ¿Qué podemos aprender de esta observación?
Las fuerzas espirituales que actúan cada año en la época de Pésaj son tales que el pueblo judío —y de hecho cualquier judío individual— puede lograr lo imposible si se utilizan estas fuerzas. Un intento de elevarse, de alcanzar un nivel completamente nuevo de sensibilidad y desarrollo de la personalidad, puede tener un grado de éxito en Pésaj que sería mucho más difícil en cualquier otro momento.
En esta época es posible alcanzar muchos niveles de crecimiento en un solo salto.
En esta época existe una asistencia Divina especial que hace posible lograr muchos niveles de crecimiento de una sola vez. En circunstancias normales esos niveles deben adquirirse cuidadosamente y en secuencia gradual. La misma palabra Pésaj significa “saltar por encima”; en un nivel más profundo, la connotación es la de saltar por encima de niveles de crecimiento que normalmente tendrían que alcanzarse uno por uno.
Esta energía es particularmente fuerte en la primera noche de Pésaj. Este es un momento de inspiración muy intensa. Las fuentes místicas indican que en todas las demás noches nuestra plegaria de Maariv (la plegaria de la noche) construye ciertas conexiones en los mundos superiores. En la primera noche de Pésaj estas se construyen automáticamente; nuestro trabajo no es necesario.
Entonces, ¿por qué rezamos el servicio nocturno en la noche del Séder? Para conectarnos con lo que está ocurriendo en los mundos superiores. Para traer parte de esas energías muy elevadas a nuestro nivel. Esta noche no necesita la protección habitual que la noche suele requerir: es una leil shimurim, una “noche de protección”. Estamos protegidos divinamente de una manera que no ocurre en ninguna otra noche del año. Verdaderamente esta noche es “diferente de todas las demás noches”.
Preguntemos entonces, con una comprensión más profunda, la antigua pregunta: “¿Por qué esta noche es diferente de todas las demás noches?”
Usando los principios que hemos discutido, podemos comenzar a entender que esta noche debe tener un poder incomparable: en esta noche se comió el primer sacrificio de Pésaj. La culminación de las diez plagas, la muerte de los primogénitos egipcios, ocurrió a medianoche. Nuestros hogares fueron “salteados” por Dios cuando Él golpeó a los egipcios, personalmente y no por medio de ángeles. El Éxodo comenzó, la redención se manifestó. La redención ocurrió con velocidad relampagueante, keheref ain, como el parpadeo de un ojo. No hubo tiempo para que el pan leudara y fue sacado de Egipto como matzá.
Tales acontecimientos son seguramente la expresión física de energías indescriptibles liberadas en el plano superior. ¿Qué podemos comprender acerca de la naturaleza de estos eventos y su raíz? ¿Cuál es el significado más profundo de esta velocidad? ¿De la naturaleza de la matzá?
Comencemos con una pregunta que ha preocupado a algunos comentaristas más recientes. Existe una idea conocida de que el pueblo judío en Egipto estaba en el nivel 49 de impureza y debía ser redimido porque, si hubiera permanecido más tiempo, habría caído al nivel 50, del cual no hay retorno. La redención ocurrió cuando ocurrió porque, de haberse retrasado, ya no habría habido un pueblo judío que redimir. Fuimos salvados en el último momento posible. Esta idea entiende que en el último instante en Egipto, en el momento justo antes del Éxodo, nuestra existencia pendía de un hilo: un momento más y habría sido demasiado tarde.
El problema es este: ¿Cómo podría un momento más en Egipto haber causado nuestra desaparición espiritual y nuestra caída en la impureza egipcia? Ese último momento fue el momento más grande que hemos experimentado. Fue el instante de mayor revelación, lleno de conciencia de la cercanía de Dios. Esa medianoche estaba incandescente de pureza. Era el clímax de un proceso que había comenzado meses antes con la primera de las plagas, cuando terminó el trabajo esclavo. Las plagas posteriores fueron apreciadas por los judíos como revelaciones cada vez mayores de la guía de Dios sobre los asuntos del mundo. Aquella noche fue el pináculo de ese proceso.
¿Cómo es posible imaginar la inminente desintegración del pueblo judío en impureza y olvido si ese estado hubiera durado un poco más? ¡Parecería que más de esa intensidad de revelación habría transformado a las personas en ángeles!
Las fuentes que tratan esta idea entienden que esto se refiere literalmente a un momento más en ese estado. No más tiempo en la etapa anterior de esclavitud y persecución, sino específicamente más tiempo en esa última noche en Egipto. ¿Cuál es la respuesta a este problema?
Un enfoque para esta pregunta se encuentra en las fuentes judías más profundas. Existe la idea de que uno puede vivir dentro de las dimensiones físicas de espacio y tiempo y estar sujeto a ellas, siendo parte de ellas. O puede vivir dentro de ellas y aun así trascenderlas. Para hacerlo, uno debe minimizar el contacto entre uno mismo y los elementos físicos. En la dimensión del tiempo, esto se conoce como zerizut (celo, diligencia o prontitud) al cumplir los mandamientos de Dios.
La vida espiritual se genera en el momento casi infinitamente breve del destello de la concepción.
El Maharal (siglo XVI) explica que si uno se mueve rápido, si minimiza el tiempo que toma la acción, puede superar los efectos sofocantes del tiempo. Por supuesto, siempre hay un tiempo finito necesario para actuar, pero el punto es que la espiritualidad se contradice con la expansión innecesaria de las dimensiones físicas de espacio y tiempo. El tiempo mínimo necesario no contradice la espiritualidad en absoluto. De hecho, la acción realizada con celo eleva las dimensiones físicas a un nivel espiritual. Dado que el mundo espiritual está por encima del tiempo —explica el Maharal— podemos conectarnos con él acercándonos lo más posible mediante nuestros esfuerzos, reduciendo el componente físico de nuestras acciones al mínimo esencial.
Dicho de otra manera: la pereza, o la lentitud en la acción, la expansión de las dimensiones físicas, nos hace parte de esas dimensiones. La lentitud es lo opuesto a la espiritualidad. La pereza es incompatible con el crecimiento espiritual.
Esto quiere decir que la vida espiritual se genera en el instante casi infinitamente breve del destello de la concepción, la fase masculina de la realidad. El trabajo de la fase femenina es mantener la energía espiritual de esa primera fase y traerla al mundo finito. Pero esto solo puede hacerse si la fase de concepción creativa es eléctrica, viva, sin el peso de la materialidad.
Volvamos a ese momento de medianoche en Egipto. El problema de más tiempo en Egipto no habría sido los efectos contaminantes de la impureza egipcia. Ese peligro ya había terminado hacía mucho. No. El problema habría sido el tiempo mismo.
Tratemos de entenderlo. La redención tenía que ocurrir keheref ain, en un abrir y cerrar de ojos, porque esa prontitud es necesaria para que un acontecimiento permanezca espiritual. Si hubiéramos salido de Egipto lentamente, de manera natural y relajada, habríamos sido un pueblo natural. La nación judía estaba naciendo en ese momento; el instante del nacimiento tenía que ser trascendente, porque “todo sigue al comienzo”. Nos convertimos —y seguimos siendo— un pueblo espiritual porque nuestro comienzo fue espiritual. Nuestro momento de formación ocupó el mínimo absoluto de tiempo, y desde entonces hemos vivido en el borde del universo físico, en ese límite donde lo físico se encuentra con lo trascendente, con lo Divino.
El terrible peligro de permanecer más tiempo en Egipto habría sido el propio tiempo; esa es la impureza a la que se refiere aquí: la impureza de una nación destinada a la espiritualidad que se vuelve meramente física, meramente natural.
Y ese es el secreto de Pésaj: cabalgar la ola del tiempo mínimo. Superar el tiempo. Salimos de Egipto demasiado rápido para que lo natural pudiera actuar. Demasiado rápido para correr el riesgo de ralentizarnos por la fricción con el mundo natural. Demasiado rápido para quedar atrapados en lo material y en lo finito. Demasiado rápido para que la masa fermentara, para que el alimento que sostiene nuestras vidas se expandiera hacia esa dimensión hinchada y abultada.
Un pueblo apenas dentro de lo físico, sostenido por un alimento que es apenas la suma de sus ingredientes.
Si lo pensamos un poco más: ¿qué es la matzá, uno de los mandamientos centrales de Pésaj? ¿Cuál es la diferencia entre jametz (pan leudado) y matzá? ¡Solo el tiempo! No hay diferencia en los ingredientes, solo en el tiempo. Harina y agua, si se hornean dentro de cierto tiempo mínimo, se convierten en matzá. Un segundo de retraso más allá de ese mínimo: jametz.
¡Y qué diferencia! Comer matzá es una mitzvá positiva de la Torá, cuya recompensa es inconmensurable. Comer jametz es una prohibición de la Torá, cuyo castigo es la escisión espiritual. Literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte, basada en unos pocos segundos de tiempo.
Este es el secreto de la enseñanza de los Sabios: “Mitzvá habaá leiadjá, al tajmitzena” — “Cuando una mitzvá, un mandamiento, llega a tus manos, no la dejes fermentar” (literalmente: “no la dejes volverse jametz, agria”). “Ushmartem et hamatzot” — “Y cuidarán las matzot”, lo cual también puede leerse como “cuidarán las mitzvot”.
No es un simple juego de palabras. La idea es que, así como la matzá se vuelve jametz si se deja demasiado tiempo, también una mitzvá (la vida espiritual de quien la realiza) se vuelve jametz, fermentada y agria, si se permite que se convierta en algo meramente natural.
Una mitzvá es una acción física que contiene una energía espiritual ilimitada, pero debe realizarse de esa manera. Si se realiza únicamente como una acción física, puede perder su conexión con el mundo espiritual. Las mitzvot son como las matzot: realizadas en un nivel elevado, con celo y prontitud, son trascendentes. Realizadas con pesadez y lentitud, se agrían.
La primera noche de Pésaj. Una energía increíble. Una oportunidad increíble. Un momento de comienzo trascendente. Un momento para inspirar a los niños, principiantes en la espiritualidad. Un momento para inspirarse. Un momento para aspirar a lo imposible, para elevarse por encima del tiempo.
Extracto publicado con permiso de “Vivir Inspirado”, de Rav Akiva Tatz.
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