Aprender a amar al prójimo de verdad

07/07/2026

4 min de lectura

Tómate un momento para permitir que el dolor de otra persona tenga un lugar en tu propio corazón.

Estoy disfrutando de uno de esos raros momentos perfectos en la playa. El cielo está despejado, tengo un buen libro en las manos y todavía me quedan dos horas para absorber la tranquilidad que este paisaje siempre despierta en mí.

Una pareja pasa caminando y noto que la mujer está llorando. Se detienen y se colocan frente a frente. Ella levanta la voz y, entre sollozos, alcanzo a escuchar algo sobre un divorcio. Al darse cuenta de que los observo de reojo, continúan caminando. Entonces comprendo que los dos niños pequeños que habían pasado unos minutos antes son sus hijos.

Veinte minutos después veo al grupo regresar, pero esta vez sin el padre. Cuando pasan junto a mí, la mujer cruza su mirada con la mía y fuerza una sonrisa. Mi corazón se conmueve por ella, y le devuelvo la sonrisa. Suspiro con ese largo suspiro tan judío ("¡Oy!") y estoy a punto de volver a mi libro cuando un pensamiento me sacude. ¿Es esto lo mejor que puedo hacer? ¿Suspirar y seguir leyendo? Se supone que debemos amar a la humanidad, ser personas comprometidas con reparar el mundo.

Por un instante considero correr tras ella y decirle que mi esposo es consejero matrimonial.

Después de recobrar el sentido común, recurro al plan B:

En voz baja murmuro: "Dios mío, ayuda a esta pareja a superar sus diferencias y a construir un hogar lleno de amor y seguridad para sus hijos".

A todos nos gusta pensar que amamos a la humanidad. Pero los verdaderos amantes de la humanidad son mucho más que personas que sienten una vaga emoción al hablar de la paz mundial o de la buena voluntad entre los seres humanos. Son personas cuya profunda preocupación por los demás las impulsa a actuar de maneras concretas que realmente mejoran la vida de otros.

La plegaria es una de las herramientas de quienes aman a la humanidad. El judaísmo enseña que Dios desea escuchar nuestras plegarias, que las escucha y que estas poseen un enorme poder para ayudar a otras personas y transformar el mundo. La plegaria debe ir acompañada de la acción (que también puede producir el cambio que buscamos), pero este artículo se centra únicamente en el poder del rezo.

Cuando llega la crisis

En tiempos de crisis, rezar surge casi de manera natural. Como suelen decir: "no hay ateos en las trincheras". ¿Quién de nosotros, al contemplar las terribles escenas del 11 de septiembre o del 7 de octubre, no se encontró pidiendo ayuda al Cielo? Yo misma repetía constantemente: "Dios, ayúdanos a todos".

Recuerdo que la semana después del 11 de septiembre comenzaron a celebrarse servicios de plegarias por todas partes y la gente encontraba consuelo al sentir que, al menos, podía hacer algo. El poder de la oración se hizo especialmente palpable y unió a personas de distintas religiones. En medio de un mundo que parecía haber perdido la razón, encontrábamos cordura al dirigirnos juntos al Dios que escucha las plegarias.

Sin embargo, cuando la crisis pasa, solemos perder esa intensidad en nuestra relación con la plegaria. Nos alegra que la vida vuelva a cierta normalidad, pero también echamos de menos la intensidad que las situaciones difíciles despiertan en nosotros. Extrañamos esa sensación de conexión con los demás y la profunda preocupación que sentimos por las víctimas inocentes y sus familias.

Hay una belleza y una fuerza especiales en los tiempos de crisis, porque nos abren el corazón y despiertan en nosotros un profundo deseo de convertirnos en una fuerza para el bien.

Los verdaderos amantes de la humanidad sienten una preocupación sincera por los demás de manera constante. No necesitan una tragedia para percibir las necesidades o el sufrimiento ajeno. Hacen un esfuerzo consciente por prestar atención a quienes los rodean, por mirar más allá de la amargura, el enojo o la frustración. Procuran comprender en lugar de juzgar. Saben que ninguna situación es completamente desesperada mientras exista la posibilidad de rezar.

Superar la amargura

Hace años tuve un vecino que era una persona amarga y desagradable. Sabía que había sufrido un gran trauma, pero bastaba con verlo para que yo cruzara la calle y evitara encontrarme con él. ¡Qué diferente habría sido todo si hubiera pedido a Dios que lo ayudara a superar su amargura! Si realmente hubiera amado a la humanidad y hubiera comprendido el poder de la plegaria, habría abierto la boca para rezar por él en lugar de darle la espalda.

¿Hay alguien en tu vida que sea una fuente de dolor, molestia o frustración? En lugar de desear simplemente que desaparezca el problema, ¿qué plegaria podrías elevar por esa persona?

Conocemos el sufrimiento de mucha gente a nuestro alrededor: matrimonios en crisis, personas que han quebrado económicamente, hijos atrapados por las drogas. No estamos completamente indefensos. Podemos hacer algo más que sentir lástima por nuestros familiares y amigos. Detente un momento. Permite que el dolor de alguien toque tu corazón lo suficiente como para convertirlo en una plegaria.

La próxima vez que escuches la sirena de una ambulancia, piensa en la persona que necesita ayuda y pídele a Dios que la asista. Haz una lista de las personas que conoces que desean casarse, que están intentando tener hijos o que padecen alguna enfermedad. Pide a Dios que les conceda una pareja adecuada, que les otorgue hijos y que devuelva la salud a los enfermos. Haz de ello un hábito.

El rezo es una de las expresiones más profundas de la fe judía: la convicción de que Dios desea el bien para todas Sus criaturas y de que solo Él tiene el poder de transformar una situación. Abre tus labios para rezar y abre también tu corazón. Así podrás convertirte en un verdadero amante de la humanidad.

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