Argentina avanza en el Mundial: La grandeza no está en no caer, sino en saber levantarse

09/07/2026

3 min de lectura

El problema es cuando la caída nos convence de que ya no vale la pena seguir intentando.

Lionel Messi caminó hacia el punto penal con todo un país mirándolo por televisión. Argentina perdía 1 a 0 contra Egipto, en un partido que no podía darse el lujo de perder. Ese penal era la chance de volver al partido, de bajar la ansiedad, de cambiar el clima de todo el equipo.

El arquero egipcio le adivinó la intención y atajó.

No era un penal más. Era el empate, justo cuando Argentina venía siendo superada y necesitaba con urgencia recuperar la confianza. Y como si el fallo no alcanzara, poco después llegó el 2 a 0. El equipo se veía incómodo, impreciso, lejos de su mejor versión. Y, como siempre pasa, todas las miradas cayeron sobre el capitán.

Había fallado el penal más importante del partido. En cualquier deporte, eso puede perseguir a un jugador durante los minutos que resten hasta finalizar el partido: la escena se repite en la cabeza, aparece la duda, se va la confianza. Hay futbolistas que nunca terminan de recuperarse de un golpe así, ni esa noche ni las siguientes.

Pero Messi hizo algo que distingue a los grandes de verdad: se levantó. Sin gestos, sin discursos. Siguió pidiendo la pelota. Siguió intentando, como si el error de hacía diez minutos ya no le perteneciera. No dejó que un fallo escribiera el resto del partido.

Argentina empezó a reaccionar de a poco. No fue una remontada prolija: siguió habiendo errores, nervios, momentos de incertidumbre. Pero el equipo nunca soltó la idea de que todavía quedaba partido por jugar. Y los goles llegaron. Dieron vuelta un resultado que parecía sentenciado y terminaron festejando una victoria que, por cómo se dio, tuvo gusto a hazaña.

Nos gusta pensar que la gente exitosa es la que nunca se equivoca. Admiramos las carreras sin tropiezos, las decisiones siempre acertadas. Pero esa imagen casi nunca es real.

La vida está llena de caídas. Todos reprobamos un examen alguna vez, o arruinamos una entrevista, o metimos la pata en un proyecto que nos importaba, o dijimos lo que no había que decir en el momento en que más pesaba. Tomamos decisiones que después lamentamos. Sentimos, más de una vez, que dejamos pasar una oportunidad que no iba a volver.

Y solemos pensar que el problema es la caída en sí.

Casi nunca lo es.

El problema aparece cuando la caída nos convence de que ya no vale la pena seguir intentando.

El judaísmo nunca pintó al ser humano como alguien perfecto. Todo lo contrario: da por sentado que equivocarse es parte de estar vivo. La pregunta no es cómo evitar todo error, sino qué hacemos después de cometerlo. Hay un versículo muy citado en Mishlei que dice que el justo cae siete veces y se levanta. No dice que el justo no cae. Dice justamente lo opuesto: también él tropieza, también él se equivoca. Lo que lo distingue es que siempre encuentra la manera de ponerse de pie otra vez.

Esa idea recorre buena parte del pensamiento judío sobre el crecimiento personal: no se trata de no fallar nunca, sino de aprender a corregir el rumbo y seguir caminando. La caída puede ser el final de algo o el primer paso hacia una versión mejor de uno mismo. Depende, casi siempre, de lo que decidamos hacer con ella.

Por eso la escena de ese penal fallado dice tanto. No porque Messi se haya equivocado —eso les pasa hasta a los mejores—, sino porque ese error no terminó definiendo la noche. Esos pocos segundos no condicionaron todo lo que vino después.

Nosotros solemos hacer justo lo contrario: convertimos un tropiezo en una identidad. Dejamos que un mal momento nos defina. "No sirvo para esto." "Siempre me pasa lo mismo." "Ya perdí mi oportunidad." Y muchas veces el daño real no viene del golpe original, sino de lo que nosotros mismos le sumamos al dejar de creer.

La remontada de esa noche no fue la historia de un equipo perfecto, sino la de un equipo que supo reaccionar cuando todo parecía cuesta arriba. Que encontró fuerzas en medio de un partido gris. Que decidió seguir peleando aunque las cosas no salieran como estaban planeadas.

Ahí está, quizás, la enseñanza que vale la pena llevarse.

Todos vamos a caer en algún momento; de eso se encarga la vida. Habrá penales errados, puertas que se cierran, proyectos que no salen y días en los que sentiremos que todo rema en contra. Pero lo que finalmente nos define no es esa caída: es si logramos levantarnos antes de que termine el partido.

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