by Ariel Goldstein
Al convertirme en madre sin tener la mía, estoy aprendiendo a sostener juntos el duelo y la alegría mientras me preparo para recibir al hijo que ella nunca conocerá.
Los médicos lo llaman resiliencia, la fe lo llama un milagro: mi vida demuestra ambas cosas.
Una voz interior silenciosa pero poderosa me repetía: “No te rindas”.
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