Los 10 principios financieros del Talmud para invertir bien tu dinero


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Aviv Hajaj era una de las observadoras de élite de la Unidad 414 de las FDI, destinada en Nahal Oz, cerca de Gaza. Fue asesinada por Hamás el 7 de octubre de 2023. Su madre relata su historia jamás contada.
Aviv tenía cinco años.
Una tarde la busqué del jardín de infantes y, cuando llegamos a casa, nos sentamos juntas a dibujar. No recuerdo por qué se lo pregunté, probablemente fue una de esas preguntas al pasar, pero le pregunté qué color de crayón le gustaba más.
No lo dudó.
“Negro”.
Me sorprendió. De verdad. No es algo que quieras oír de una niña de cinco años. ¿Había alguna razón triste para que eligiera el negro? ¿Estaba bien mi pequeña?
Le pregunté por qué negro.
Me miró y me dijo, muy simplemente, sin drama ni explicación: “Porque si nadie lo elige, se queda solo en la caja”.
A los cinco años ya se daba cuenta de lo que quedaba atrás.
Esa sensibilidad, hacia los juegos, hacia los colores, hacia lo que pasa cuando alguien o algo queda excluido, ya estaba ahí. Y nunca desapareció. Solo encontró nuevos lugares donde manifestarse a medida que Aviv crecía.
Aviv Hajaj
La música fue una parte muy importante de la vida de Aviv. Era una música talentosa. Tocaba el violín, la guitarra y el piano.
Pero para ella, la música no tenía que ver con actuar ni con ser vista. Era algo interior, una forma de escuchar, una manera de estar a solas con sus pensamientos.
Creo que eso fortaleció las mismas cualidades que llevaba a todas partes: paciencia, concentración, sensibilidad y la capacidad de contener mucho dentro sin necesidad de hablar.
En la escuela, notaba a los niños que eran dejados de lado. Nunca estuvo dispuesta a participar en la exclusión. No la combatía con ruido ni terquedad. La combatía a su manera, en silencio, con derej eretz, buenos modales.
En primer grado había en su clase una niña que estaba siendo marginada. No acosada ruidosamente, solo excluida, lenta y silenciosamente. Era cruel.
Aviv hizo todo lo posible por estar con ella. Jugaba con ella, se sentaba con ella, permanecía a su lado incluso cuando eso le costaba. Cuando llegó el momento de su fiesta de cumpleaños, vino a mí y me explicó el dilema con la mayor claridad que una niña pequeña podía tener.
Si invitaba a las niñas que lideraban la exclusión, la niña marginada no vendría. Si invitaba a las demás, esa niña quedaría nuevamente fuera.
Recuerdo haber llamado a la madre de una de las niñas que lideraba la exclusión. La conversación no llevó a ningún lado. Al final, Aviv me dijo en voz baja, como un adulto hablando con otro adulto: “Imush (mamá), si cancelas el cumpleaños, está bien. Cancélalo”.
Aviv canceló su fiesta de cumpleaños.
Le dolió, por supuesto que le dolió. Pero no de una manera de autocompasión. Le dolió de una manera que venía de la comprensión, de saber que estaba haciendo lo correcto aunque le costara.
Años más tarde, en un acto conmemorativo, su maestro de primaria me recordó otra historia que yo había olvidado por completo.
Un día, él les contó a los alumnos sobre una familia que su esposa había conocido a través de su trabajo. Una familia normal, con ambos padres trabajando. Luego llegó una crisis económica. Las cosas se deterioraron hasta que simplemente no pudieron seguir adelante.
Ese día, Aviv llegó a casa perturbada. Me dijo que la familia no tenía nada para comer. Dijo que su situación estaba empeorando. Se lo tomó muy a pecho.
Después de hablar con ella, llamé al maestro para entender qué se necesitaba. Había una deuda con la compañía eléctrica y otra con una tienda. Organizamos algo de ayuda y se pagaron las cuentas. Aviv estaba encantada. La familia finalmente se recuperó y volvió a una vida normal.
El maestro dijo que toda la clase había escuchado la misma historia. Aviv fue la única que actuó. Porque Aviv no escuchó una historia; escuchó un grito de ayuda. Vio una necesidad y tuvo que hacer algo.
El maestro dijo que incluso de niña tenía ojos perceptivos, ojos que notaban las necesidades y los problemas de los demás, y que esos mismos ojos más tarde vigilarían la frontera, protegiendo a los israelíes.

En las FDI, la mayoría de los soldados conocen su rol antes de alistarse. Desde el comienzo, Aviv supo que sería observadora.
Un día trató de explicarme qué significaba ese rol.
“Mamá”, me dijo, “creo que este es uno de los roles más significativos que una chica puede tener en el ejército. Si le pasa algo siquiera a un soldado, eso pesará sobre mí el resto de mi vida”.
Esa frase me quedó grabada. Desde ese momento, mi miedo fue muy específico: el miedo de que algo ocurriera en su turno. No que ella resultara herida, sino que si algo pasaba en su turno, Aviv no podría vivir con ello.
Porque ella no se preocupaba por sí misma.
La gente no siempre entiende cómo es realmente el trabajo de una observadora. No es un turno y luego descanso. Es un ciclo que nunca se detiene.
Los turnos de Aviv cambiaban constantemente. A veces de noche, a veces de día. Un tramo podía ser de medianoche a las cuatro de la mañana. Luego, más tarde, un turno de guardia de ocho a medianoche. Luego otra vez de medianoche a cuatro. Y solo después, de cuatro de la mañana a mediodía, tiempo para dormir.
No hay una separación real entre día y noche, entre estar despierta y ser responsable. La frontera no duerme, y tampoco los ojos que la vigilan.
Ella entendía completamente ese peso. Cargaba con la responsabilidad de kilómetros de valla, de soldados moviéndose en el terreno, de comunidades justo más allá de la línea. Cada movimiento en la pantalla significaba algo. Cada sombra debía ser comprendida.
Aviv completó el entrenamiento básico, el entrenamiento profesional y el curso de observación.
Meses después del 7 de octubre, encontré su cuaderno del curso. Todo estaba escrito: el sector, el enemigo, el rol. Y al final, listas. Aviv tenía listas para todo. Listas de cosas que debía hacer, listas de sus pensamientos sobre la vida.
Se había escrito a sí misma que todo es para bien, que estaba orgullosa de servir en las Fuerzas de Defensa de Israel y que Dios le estaba mostrando el camino.
Eran palabras escritas solo para ella.
En su primer día en el ejército, lo que más inquietó a Aviv fue el hecho de que no había mezuzot en las puertas de las habitaciones.
Preguntó e insistió. Y lo escribió una y otra vez en su cuaderno del curso (tres veces), entretejido entre listas precisas y ordenadas de todas sus responsabilidades.
Meses después de su muerte, se encontró el cuaderno. Y el tema, que en su momento había parecido pequeño y marginal, resurgió. Resultó que a la base le faltaban no una o dos mezuzot, sino cientos.
Comenzó a desarrollarse un esfuerzo silencioso pero decidido. Sin titulares ni ruido. Pasó de un nivel a otro, hasta que finalmente llegó al Gran Rabino Militar de las FDI, quien nos visitó personalmente para hablar del tema.
Se instalaron mezuzot, y el ejército nos envió fotos y videos para mostrarnos lo que habían logrado. En una fotografía se ve a una oficial colocando una mezuzá, y todos quedamos impactados por cuánto se parecía a Aviv.
Una capitana de las FDI coloca una de las mezuzot. La familia quedó impactada al ver que tenía un parecido sorprendente con Aviv.
Lo que había parecido un “incidente menor” planteado por una sola soldado se convirtió en algo mucho más grande: una iniciativa a nivel nacional para abastecer de mezuzot a las bases de las FDI.
Eventualmente se llamó “Mivtzá Aviv – Operación Aviv”.
Decenas de miles de mezuzot fueron donadas desde Israel y de todo el mundo, y encontraron su lugar en bases, habitaciones y pasillos. Qué mérito para nuestra hija, Aviv.
Pila de mezuzot nuevas que las FDI instalarían en bases de todo Israel.
Esa mañana, Shabat, Simjat Torá, Aviv estaba de turno. Terminó su turno nocturno a las cuatro de la mañana y se suponía que debía ir a dormir.
No lo hizo.
En cambio, se sentó en su habitación con Karina, quien más tarde sería secuestrada y retenida en cautiverio.
Se sentaron juntas desde las cuatro hasta las 6:29 am. Hablaron. Una conversación larga y muy profunda. Un verdadero corazón a corazón, sobre muchas cosas. Karina lo recuerda claramente. Dice que fue una conversación profundamente significativa.
A las 6:29 comenzaron las sirenas. Se levantaron y corrieron al refugio.
Ese día yo me desperté temprano. Normalmente no uso el teléfono en Shabat, pero sonaba sin parar y escuchábamos sonidos de combate. Así que lo encendí.
Supimos entonces que ese día no había estado, no había ejército. Todo se había desatado. Padres abrieron centros de comando en sus casas. Niños vieron a Hamás transmitir horrores en vivo, buscando cuadro por cuadro señales de vida de sus seres queridos.
Recibimos un video de Nahal Oz y vimos a las chicas susurrando, llorando, llamando a casa. Aviv recitaba Salmos en voz alta. Sus labios se movían.
Solo más tarde supimos sobre los últimos momentos de Aviv. Cuando los terroristas entraron, disparando armas automáticas y arrojando granadas, ella resultó gravemente herida.
Arrastrándose, le gritó a su amiga Daniela: “¡Daniela, ven! ¡Di Shemá Israel!!”
¿Gritó? Aviv nunca gritó en su vida. Pero en sus últimos momentos gritó la consigna de nuestra fe.
Los terroristas intentaron secuestrarla y llevarla a Gaza. Durante un período de tiempo (no sé cuánto) estuvo viva después de recibir los disparos. Luego la mataron.
Hubo un intento de llevársela con vida. Ella luchó y, de algún modo, no fue llevada. Su cuerpo no fue trasladado a Gaza.
Su último mensaje para mí ese día, que todavía tengo en mi teléfono, fue simple: “Todo va a estar bien, mami. Con la ayuda de Dios. Lee Tehilim (Salmos)”.
Esa frase es mi brújula.
Cuando entendimos más tarde que las últimas palabras de Aviv no eran solo consuelo, sino instrucción, actuamos.
Imprimimos libros de Salmos, miles de ellos. Adentro, escribimos los nombres de las compañeras de Aviv que habían sido tomadas como rehenes:
Karina.
Daniela.
Agam.
Liri.
Naama.
Los entregamos a soldados, a soldados heridos, a familias, a cualquiera que quisiera uno. No discutimos ideología. No preguntamos quién era religioso y quién no.
Y cada vez, pedía lo mismo: no sientan que tienen que hacer mucho. Lean una palabra, una línea, un capítulo. Lo que puedan. Solo tengan en mente a estas chicas y su pronta liberación.
Escribí la misma petición en cada publicación que compartí: “Bendigan a las chicas. Digan algo. Ténganlas en sus pensamientos”.
Mira y Pinjás Hajaj, padres de Aviv
La noche en que las chicas regresaron (un sábado por la noche) recibí mensaje tras mensaje de personas que nunca había conocido. Decían que sentían que un círculo se había cerrado y que sus plegarias habían sido respondidas.
Un mensaje se quedó conmigo. Alguien escribió: “Mira, por estas chicas se dijeron millones de capítulos de Salmos”.
Mi deseo es que nuestro pueblo continúe diciendo Salmos en memoria de nuestra querida Aviv y de los demás que perecieron. Que su recuerdo sea una bendición. Que el mérito de los cientos de mezuzot en las bases de las FDI en todo el país le traiga alegría a Aviv en el Cielo.
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