La visión del judaísmo sobre la Cábala


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El 7 de octubre, Amit Man arriesgó su propia vida para salvar a otros, atendiendo a los heridos con un valor y una valentía inconmensurables.
Extracto de One Day in October: Forty Heroes, Forty Stories.
Surgiendo del dolor y la tristeza infligidos el 7 de octubre de 2023, estos relatos en primera persona ofrecen consuelo y esperanza.
No nos sorprendió lo de Amit. Dos años antes del 7 de octubre hubo un atentado en un centro comercial en Beersheba; el terrorista corría con un cuchillo y apuñalaba a la gente. Amit fue la primera en llegar. Cuando llegó, la policía no la dejó salir de la ambulancia. Le dijeron: "El terrorista no ha sido atrapado todavía, sigue suelto. No puedes salir a atender a los heridos". Pero ella simplemente los apartó y dijo: "No me importa si el terrorista sigue cerca, alguien está sangrando porque él la apuñaló, y voy a ayudarla", y salió corriendo a atenderla. Después tuvo una audiencia disciplinaria por eso. Así que cuando escuchamos cómo terminó la vida de Amit, no nos sorprendió. Al fin y al cabo, era la misión de su vida.
Mi nombre es Mary. Crecí con mis cuatro hermanas en Netivot. Amit era la más joven. Nos llevábamos quince años, pero éramos muy, muy cercanas. Crecimos en un hogar muy amoroso. Éramos compañeras en todo. Tenemos un vínculo fuerte. Así nos criaron. Mis hermanas son mi base, y mi madre es la que nos mantiene unidas. Mi padre murió hace ocho años de esa terrible enfermedad, el cáncer. Murió tras cuatro años de dolor y sufrimiento.
Amit tenía un vínculo especial con mi padre. Él fue un padre maravilloso, fuera de lo común, y Amit era su bebé, su hija más pequeña. Tenían una conexión especial. Creo que Amit tenía diez años cuando mi padre enfermó; era muy pequeña. Lo vio morir desde muy joven. Era un padre grande, fuerte, y ella vio cómo se consumía delante de sus ojos. Nosotras, las hermanas mayores, nos casamos en esos años, nos mudamos, así que mi padre y Amit se acercaron aún más porque ella nunca se apartó de su lado. Incluso cuando él necesitaba atención constante y no podía levantarse de la cama, ella nunca lo dejó. Simplemente se sentaba allí a su lado, cantándole.
El canto siempre fue su don especial desde que la recuerdo, desde que era una bebé. Siempre estaba cantando. En casa, en la ducha, en todas partes. Cantaba para cualquiera que quisiera escucharla. Tenemos tantos videos de Amit sentada junto a mi padre cuando ya estaba muy enfermo, cantándole. Hay un video de ella cantando la canción de Sarit Hadad "Estuve en el paraíso" para él, y él hacía callar a todos los demás porque ella era la única a la que quería escuchar. Ella era su consuelo.
Durante ese tiempo, en esos años en que papá estaba enfermo, muchos médicos y enfermeras venían a nuestra casa, pero Amit nunca se apartaba de su cama; lo veía todo. Incluso cuando mamá le decía: "Sal afuera, esto no es para ti", ella respondía: "No, mamá, quiero ver lo que le están haciendo, quiero asegurarme de que está bien, de que se siente bien después del tratamiento". Ahí fue cuando empezó su pasión por la medicina, cuando vio a todos esos ángeles de blanco —así los llamaba—, los ángeles que venían a nuestra casa y ayudaban a su padre a vivir un día más, a sobrevivir un poco más. Cuando los vio tan de cerca fue cuando decidió qué quería hacer en la vida.
Así fue como una niña de doce años empezó a leer sobre enfermedades y medicina. Volvía de la escuela y dibujaba en las ventanas de la habitación de papá con marcadores. Le dibujaba el corazón, el cuerpo humano y todas esas cosas que estaba aprendiendo. Soñaba con estudiar medicina y convertirse en doctora. Ese era su sueño, convertirse en doctora y salvar vidas.
A los veinte años, Amit se convirtió en paramédica, y a los veintidós fue la instructora más joven de un curso de paramédicos en todo el país; dirigía el curso de paramédicos de Maguén David Adom en el distrito sur. Cuesta asimilar semejante logro. Solo durante la shivá comprendimos lo imposible que fue su hazaña. Solo entonces apreciamos cuánto había logrado en su corta vida, esa niña.
Nos despertamos con el sonido de las sirenas a las 6:20 de la mañana de Shabat. Mandamos mensajes en el grupo de WhatsApp de hermanas, asegurándonos de que todas estuvieran bien. Amit nos escribió que estaba en la habitación segura en su casa en Be'eri con Ofir. Ofir es su pareja; él es paramédico en la estación de Maguén David Adom en Netivot. Así que cuando comenzaron las sirenas en el kibutz, Ofir le dice: "Amit, prepárate rápido; vamos a Netivot", y ella le responde: "De ninguna manera, no voy a Netivot; soy la paramédica de guardia aquí y debo quedarme".
Entonces él le dice: "¡Estás loca! Mira lo que está pasando, todas estas sirenas, todas estas explosiones; estamos más cerca de la frontera. Ven conmigo; vámonos a Netivot".
Pero ella se niega. Dice: "De ninguna manera. Si algo pasa, tengo que estar aquí". Él se da cuenta de que ella no va a ceder; la conoce demasiado bien, así que le dice: "Prométeme que te quedarás aquí en la habitación segura", y ella lo promete, y él cierra la puerta de la habitación segura y se va en coche, logrando milagrosamente llegar a Netivot, a la estación de Maguén David Adom. Después supimos que allí hicieron cosas increíbles; salvaron a mucha gente ese Shabat. Y Ofir estaba tranquilo porque Amit había prometido quedarse en la habitación segura. No tenía idea de que ella había salido de su departamento y corrido a la clínica dental a atender a la gente.
"¡Envien ambulancias! ¡La gente se muere ante mis ojos!"
A las siete menos cuarto, Amit nos escribe que el kibutz estaba en alerta por infiltración de terroristas; estaba convencida de que se trataba de uno o dos. Cuando oyó disparos, comprendió que debía de haber heridos que necesitaban atención médica, así que corrió a la clínica dental del kibutz para recibirlos y tratarlos. Allí se encontró con la enfermera del kibutz, Nirit, y después de una o dos horas llamaron al doctor Daniel Levy, un médico que vive en el kibutz, para que viniera a ayudar. El doctor Daniel es increíble; no lo pensó dos veces, corrió directamente hacia allí en medio de los disparos, y los tres se encontraron completamente solos en la clínica dental con apenas suministros médicos, intentando tratar a pacientes gravemente heridos. Luchando por salvar vidas.
Todo ese tiempo, Amit estaba en contacto con Maguén David Adom. Escuchamos todas las grabaciones después; se la oye suplicándoles: "¡Envíen ambulancias! ¡La gente se muere ante mis ojos!" Ella describe sus heridas, describe cómo los está tratando, cómo los está vendando. Ellos le responden, y es desgarrador escucharlos, lo directos que son: "Amit, querida, todo depende de ti. Los servicios de seguridad no nos responden, y no hay equipos médicos que puedan llegar hasta ustedes. No hay ambulancias, no hay helicópteros. Estás sola; haz lo que puedas".
Y realmente se nota cómo cambia su tono durante esa conversación, en la grabación; cómo su voz pasa de estar llena de signos de exclamación, "¡Necesitamos esto! ¡Necesitamos aquello!" a un tono diferente, un tono tranquilo de comprensión y aceptación: que eso era todo, que estaba sola, que no iba a recibir ayuda, y que lo que sucediera, sucedería.
Atendió pacientes allí durante horas, desde la mañana. En algún momento, la gente de todo el kibutz empezó a mandarle mensajes por WhatsApp, pidiéndole consejos: "Amit, le dispararon a mi padre en el hombro; ¿qué hago?" y ella respondía: "Haz esto, haz aquello", o "Amit, ¡estoy pensando en salir de mi apartamento!" y ella contestaba: "¡De ninguna manera! Mueve el armario contra la puerta de la habitación segura y asegura el picaporte". Ella estaba completamente agotada, cubierta de sangre, pero seguía respondiendo, dando consejos, insistiendo en cuidar de cada persona en el kibutz.
Las horas pasaban, y Amit veía cómo algunos de sus pacientes morían ante sus ojos; morían de graves heridas de bala. Ella intentaba tratarlos, pero no podía. Y nosotras seguíamos mandándole mensajes, rogándole que nos contara qué estaba pasando.
En un momento le escribimos: "Amit, mándanos una foto de lo que está pasando, ¡queremos verte!" Ella nos envió una selfie, y se le veían las ojeras. Tenía una media sonrisa, como si se forzara a sonreír para nosotras, para su familia, y sobre todo para mamá. Detrás de ella se veía un rastro de sangre, y el pasillo lleno de heridos tirados allí. Horrible. Más tarde supimos que al mismo tiempo le envió otra foto a su mejor amiga, Lital, y en esa foto estaba llorando, sollozando, y le escribió: "Dios, estoy tan asustada".
Durante todas esas horas de infierno, dos hombres de la brigada de seguridad civil, Shachar y Eitan, estaban de pie en la puerta de la clínica con municiones muy limitadas, eliminando a cualquier terrorista que se acercara. Amit seguía escribiéndonos: "¡Gracias a Dios que Shachar y Eitan están aquí! ¡Gracias a Dios que hacen guardia!" En un momento grabó un mensaje: "Espera, espera, escucho que otro terrorista se acerca, esto es todo, creo que es el final", pero un minuto después: "¡Uf, gracias a Dios, Shachar logró eliminarlo!" Para ella, Shachar y Eitan eran su escudo; eran quienes la mantenían viva todas esas horas. Ella atendía a los pacientes, y Shachar y Eitan la protegían a ella y a sus pacientes.
Amit no abandona a sus pacientes, pase lo que pase. Entendemos que nunca huirá.
Mi esposo Haim habló con Amit por teléfono unas cuantas veces. Cada vez le decía: "Amit, mira alrededor; fíjate si ves alguna salida. Quizá haya una ventana, quizá una habitación segura o un arbusto donde esconderte", e intentaba encontrar maneras de salvarla. También nosotras intentábamos convencerla de huir, de esconderse, de fingir que estaba muerta, cualquier cosa, pero todas entendíamos algo sencillo: Amit no iba a abandonar a sus pacientes. Ella nos lo dijo una y otra vez. No los iba a dejar solos en la clínica, pasara lo que pasara. Y entendimos que nunca iba a huir.
A la 1:55 de la tarde nos mandó una grabación de voz increíble que de algún modo logró hacer, y en ella se oyen disparos y a Amit gritar: "¡Shachar! ¡No! ¡Shachar! Dios, por favor haz que pare, ¡haz que pare!", y Shachar gritándole a los terroristas: "¡No soy su enemigo! ¡No soy su enemigo!", pero no sirvió de nada. Los terroristas lo mataron.
Lo que pasó fue que la munición del equipo de seguridad civil simplemente se agotó, y los terroristas lograron vencerlos. En ese momento, Amit me escribió: "Eso es, están aquí, son muchos, están aquí, no voy a salir de esta". Y los terroristas empezaron a lanzar granadas en la clínica, luego Amit nos escribió: "Los mataron a todos, yo soy la última que queda".
El doctor Daniel Levy, Eitan Hadad y Shachar Tzemach fueron asesinados. La única que milagrosamente logró sobrevivir fue la enfermera Nirit. Lo supimos después; Amit no sabía que Nirit se había salvado.
Entendimos que era el final. Entendimos que los terroristas habían tomado la clínica. Mi madre y yo la llamamos, seguras de que no contestaría, pero ¡de alguna manera lo hizo! Atendió el teléfono. La pusimos en altavoz, y mi mamá gritó: "¡Amit, Amit, qué te pasa, Amit?"
Y ella dijo: "Mamá, me dispararon en la pierna, me dispararon en la pierna, no voy a salir de aquí, ¡los amo a todos!" Contestó la llamada solo para despedirse de nosotras.
Pero no entendimos lo que pasaba y le dijimos: "¿Qué quieres decir, que te dispararon en la pierna? ¿Dónde estás? Intenta esconderte, acuéstate debajo de los cuerpos, cúbrete de sangre". Pero ella sabía que no iba a salir de allí. Nos dijo: "No voy a salir de aquí con vida". Luego empezó a pedirle perdón a mi madre. No tengo idea de por qué. Debe haberlo dicho tres o cuatro veces: "Mamá, perdóname por todo, mamá, perdóname por todo. Te amo, mamá, por favor perdóname por todo".
Encontraron su cuerpo dos días después. Quienes lo hallaron vieron que su bolso de suministros médicos estaba vacío, hasta la última curita. No quedaba nada en su bolso. Durante horas atendió y atendió a la gente hasta que no quedó ni una sola curita.
Más tarde supimos que logró hacerse un torniquete en la pierna, porque había un torniquete en su cuerpo cuando lo encontraron. Uno de los pacientes que Amit había atendido logró esconderse en un armario pequeño en la kitchenette, y lo vio todo. Vio a Amit levantar las manos en señal de rendición ante los terroristas, intentar acercarse a ellos, y le dispararon en la pierna, y después, tras tratarse la pierna con un torniquete, volvieron y le dispararon otra vez y otra vez. No le dejaron oportunidad.
Pero realmente decidió, contra todas las reglas y contra todos los instintos humanos, correr directo hacia el fuego, directo al infierno.
En retrospectiva, sabemos que tuvo dos oportunidades para salvarse. La primera fue irse a Netivot con Ofir, temprano en la mañana, que es lo que cualquier persona normal hubiera hecho. Pero insistió en quedarse en el kibutz para atender a los heridos. La segunda era, si ya te quedas, entonces enciérrate en la habitación segura. Sabía que había terroristas, escuchaba todas las sirenas, las explosiones y los misiles. Según las reglas de Maguén David Adom, si la vida de un paramédico está en riesgo, debe permanecer en la habitación segura.
Pero ella realmente decidió, contra todas las reglas, contra todos los instintos humanos, correr directo hacia el fuego, directo al infierno, directo al corazón de la batalla. ¿Por qué??!! Seguimos preguntándonos por qué tomó esa decisión cuando sabía que podía costarle la vida. Pero entiendo que, desde su perspectiva, no había otra opción. Porque si Amit se hubiera escondido y encerrado en la habitación segura mientras había heridos en el kibutz, siendo ella la paramédica de guardia, responsable de atender a los heridos, nunca se lo habría perdonado. Toda su vida, todo su amor por la medicina, por salvar gente, todas esas horas que pasó como voluntaria en Maguén David Adom, todas esas horas en la biblioteca leyendo libros de medicina, todo se redujo a ese día, a esos momentos.
Ella simplemente entendió que había personas que la necesitaban.
Necesitaban a alguien que los salvara. Y desde su perspectiva, si podía salvar a una, dos o tres personas, entonces había hecho lo que debía hacer en este mundo. Esa era Amit.
Otro paciente que sobrevivió nos contó algo. Era parte de la unidad de defensa civil y resultó gravemente herido ese día, y sus amigos lo llevaron a la clínica. Amit pasó horas atendiéndolo allí. Cuando finalmente lo trasladaron al hospital estaba inconsciente, y cuando despertó tres días después, les dijo a todos: "¡No respiro hasta hablar con la familia de Amit! ¡Pónganme en contacto con la familia de Amit!"
Nos llamó desde el hospital apenas recobró la conciencia, y le dijo a mi madre: "Escuche, su hija me salvó la vida. Sin su hija, yo no estaría vivo. Ella me atendió, y estoy vivo gracias a ella". Describió todo lo que había pasado con gran detalle. Nos dijo: "Incluso después de que se acabó todo el equipo, incluso cuando ya no tenía nada físico con qué atenderme, me puso una sábana debajo de la cabeza para que descansara sobre algo blando, y me acarició la cabeza, y me habló con calma; ella fue mi paraíso". Estas fueron sus mismas palabras: "En medio de todo ese infierno, Amit fue mi pedacito de paraíso, y gracias a ella sigo vivo hoy; gracias a ella estoy vivo". Amit fue una flor arrancada demasiado pronto. Tenía tantos sueños.
Uno de ellos, el más grande, era convertirse en doctora. También soñaba con ser famosa, cantante, actriz. Y soñaba con ser madre, con casarse; Dios, tenía tantos sueños. Pero ahora, todo lo que queda de esos sueños es su historia. Y su historia está aquí en el mundo, y será contada por muchas generaciones. Porque de alguna manera, ella se convirtió en un símbolo. En esta guerra, con toda esta locura, ella se convirtió en un símbolo: un símbolo de salvar vidas, de ayudar a otros, de bondad, de canto, de luz. Un símbolo de amor por la humanidad. Esa era Amit.
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