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En Tishá BeAv no solo lloramos una destrucción física y el quiebre de nuestra conexión espiritual, sino también nuestros sufrimientos psicológicos.
De las cinco tragedias específicas por las que ayunamos en Tishá BeAv (Mishná Taanit 4:6), dos están relacionadas con la segunda revuelta judía contra Roma. La primera es la captura de la ciudad de Betar (135 EC) y la segunda es cuando araron Jerusalem un año después. A primera vista, estas calamidades no parecen estar al mismo nivel que la destrucción del Primer y Segundo Templo. Los judíos no fueron expulsados en masa a una tierra lejana ni se destruyó un Templo. Podríamos pensar que su inclusión en la lista se debió simplemente a que estos eventos aún estaban frescos en la memoria colectiva. Seguramente los rabinos del período de la Mishná habrían conocido a testigos presenciales y se habrían conmovido con sus relatos. Sin embargo, si ese fuera el caso, bastaría con una sola referencia a la rebelión. Al incluir dos, la Mishná nos enseña algo sobre la magnitud de esta tragedia y los desafíos que se avecinaban para el pueblo judío.
De no ser por la rebelión de Bar Kojba, es poco probable que muchos hubieran oído hablar de Betar. La antigua ciudad (Khirbet el-Yahud – “ruina de los judíos”) era un asentamiento modesto al suroeste de Jerusalem en las colinas de Judea. Las excavaciones han demostrado que Betar fue habitada desde la época de los Shoftim (Jueces) y que alcanzó cierta importancia en tiempos de Jizkiahu.(1) El asentamiento continuó sin interrupción durante los períodos persa, helenístico y romano temprano. Los restos de cerámicas y arquitectura, incluidos sillares de estilo herodiano, evidencian la prosperidad del sitio en la época del Segundo Templo. Cuando estalló la segunda revuelta judía, Bar Kojba eligió Betar como su cuartel general por tres razones: su cercanía a Jerusalem y a la carretera principal desde Jerusalem hacia Gaza, su abundancia de agua de manantial y su ubicación en una colina rodeada de profundos valles.
El objetivo romano al atacar Betar no era la ciudad en sí, sino la aniquilación de Bar Kojba y sus hombres.
Al preparar su defensa, los rebeldes construyeron un sistema de fortificación que puede verse aún hoy, que consistía en un muro y, posiblemente, un foso. El muro fue construido apresuradamente e incorporaba, cuando era posible, segmentos de un muro o edificaciones anteriores. Se puso un énfasis particular en reforzar el extremo sur del asentamiento, ya que topográficamente era el más vulnerable. Los rebeldes elevaron el nivel del suelo en esta zona añadiendo un relleno artificial compuesto de tierra y fragmentos de piedra caliza. Como resultado, el borde sur se convirtió en el punto más alto de la cima, así como en el mejor fortificado.
El objetivo romano al atacar Betar no era la ciudad en sí, sino la aniquilación de Bar Kojba y sus hombres. Los romanos decidieron adoptar una estrategia de asedio prolongado, que en su forma más elemental puede llevarse a cabo simplemente sitiando un asentamiento rodeándolo con soldados. Sin embargo, en este caso los romanos optaron por un método más eficiente y eficaz, que implicaba la construcción de un muro de asedio. Hay evidencia de este muro, construido con piedras de campo, que se conserva a lo largo del lado occidental, septentrional y parte del lado oriental del sitio. El muro rodeaba la ciudad, frustrando así los intentos de los rebeldes de escapar, traer suministros frescos o acceder a su principal fuente de agua (es decir, el manantial).
Aunque arqueológicamente no se sabe mucho sobre la batalla misma, excepto que los rebeldes no se quedaron sin piedras para las hondas (se encontró una reserva de piedras en la parte superior del muro) y que los soldados romanos asaltaron la ciudad sin utilizar una rampa.(2) Bar Kojba, su ejército y los habitantes de la ciudad fueron todos asesinados, mientras que la fortaleza misma fue destruida y abandonada.
La caída de Betar representó el fracaso a pesar de un esfuerzo tremendo.
La destrucción de Betar efectivamente puso fin a la rebelión y a la pequeña medida de independencia política que Bar Kojba había logrado. Aunque las consecuencias físicas fueron severas, incluyendo la migración forzada fuera de Judea, la esclavitud y la exterminación masiva, las consecuencias espirituales fueron igualmente devastadoras. El período posterior a Betar marcó el inicio de una persecución religiosa generalizada y obligó a los judíos a adaptarse a un panorama religioso a largo plazo que no incluía ni a Jerusalem ni al Templo. Finalmente, y quizás lo más crítico, fue la grave herida en la psiquis colectiva, ya que la captura de Betar representó un fracaso a pesar de un esfuerzo tremendo. Una nación pequeña se enfrentó al poderoso imperio romano, participó en la mayor guerra de liberación que el mundo haya visto y perdió. Betar simbolizó nuestro intento fallido de salvarnos a nosotros mismos.
Puede ser difícil de imaginar, pero Adriano originalmente tenía la intención de que la reconstrucción de Jerusalem (aún en ruinas tras la conquista romana en el año 70 EC), fuera un regalo para el pueblo judío. Adriano concebía una capital provincial romana típica, con el estatus elevado de una colonia. Pero los tres años de rebelión enfurecieron a Adriano contra los judíos, y decidió castigarlos severamente. Los privilegios que los judíos habían disfrutado desde la época de Julio César fueron revocados, y nuevas leyes prohibieron a los judíos vivir en cualquier lugar cercano a Jerusalem.
La ciudad de Adriano, ahora llamada Aelia Capitolina, se dividió en dos zonas: una civil al norte y un campamento militar romano al sur. (figura 1) Incluso hoy, el trazado de la Ciudad Vieja revela una clara diferencia en el plan de las calles entre los sectores norte y sur. En el sector norte (los actuales barrios musulmán y cristiano), las calles generalmente se cruzan en ángulos perpendiculares, mientras que en la parte sur de la Ciudad Vieja (los barrios armenio y judío) las calles se intersectan en ángulos irregulares. La razón de esta distinción es que el área sur fue asentada de manera desordenada después de que la Décima Legión Romana abandonara Jerusalem a fines del siglo III EC.
La ciudad además se dividió en barrios por dos vías principales: el Cardo Maximus (de norte a sur) y el Decumanus (de este a oeste). El Cardo Maximus, flanqueado por columnas, se extendía desde lo que hoy es la Puerta de Damasco en el norte, atravesando la zona civil de la ciudad romana hasta llegar al límite norte del campamento de la Décima Legión Romana (la actual calle David). Más allá de este punto, no se encontraron restos del Cardo de la época romana (los restos visibles hoy en día al sur de la calle David corresponden a la época bizantina).
Los habitantes de Aelia Capitolina disfrutaban de todas las comodidades de una colonia romana. Contaba con calles columnadas, una plaza abierta, estatuas, mercados, un teatro, baños públicos y templos. Para entrar a la ciudad, la gente pasaba por una puerta arqueada, que hoy se conserva parcialmente y es visible debajo y a la izquierda de la moderna Puerta de Damasco. En resumen, después de la segunda revuelta judía Jerusalem prosperó como una ciudad pagana.
El carácter judío y sagrado de Jerusalem fue aniquilado.
Precisamente este florecimiento fue lo que resultó tan trágico. Cuando la Mishná dice “nejreshá ha-ir” — “la ciudad fue arada” (Taanit 4:6), no significa que después de Bar Kojba Jerusalem se volviera inhabitable, sino que el carácter judío y sagrado de Jerusalem fue aniquilado. Por decreto, a los judíos se les prohibió vivir en la ciudad o incluso visitarla, salvo en Tishá BeAv. El centro religioso de la ciudad pasó a ser el Templo de Venus (Afrodita), en la intersección del Cardo Maximus y el Decumanus (el mismo lugar donde hoy se encuentra la Iglesia del Santo Sepulcro). Lo que sucedió con el Monte del Templo no está claro. Adriano ciertamente planeó construir allí un templo dedicado a Júpiter, pero los testigos presenciales solo mencionan dos estatuas, una de Adriano mismo y otra de su sucesor, Antonino Pío. Al igual que con la tragedia de Betar, las consecuencias físicas y espirituales fueron severas. Pero, nuevamente, fueron las consecuencias psicológicas las que parecían más devastadoras. Al reconstruir Jerusalem como una próspera capital provincial estrictamente pagana, el gran poder político de la época buscó deliberadamente burlarse del pueblo judío.
Por lo tanto, en Tishá BeAv lloramos no solo la destrucción física y el quiebre de nuestra conexión espiritual, sino también nuestros sufrimientos psicológicos: que a veces nuestros mejores esfuerzos para protegernos no son suficientes y que nuestros enemigos buscarán oportunidades para burlarse y humillarnos.
Este artículo apareció originalmente en http://www.yutorah.org/togo/tishabav
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