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Cada vida es valiosa

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Shoftim (Deuteronomio 16:18-21:9 )

por Rav Isajar Frand

En medio del campo, entre dos ciudades, encuentran una persona asesinada. No hay testigos ni pistas respecto a la identidad de su asesino. La Torá exige que se mida meticulosamente para determinar cuál de las dos ciudades está más cerca. Los ancianos de esa ciudad tienen que declarar: "Nosotros no descuidamos nuestras responsabilidades para con este viajero. Nuestras manos no derramaron esta sangre inocente". A continuación, pasan por un proceso de expiación denominado la eglá arufá, el ternero decapitado.

Estas leyes parecen incongruentes al encontrarse entre dos capítulos que hablan sobre ir a la guerra. ¿Qué hacen en este lugar?

Rav Iaakov Itzjak Ruderman, mi Rosh Ieshivá, explica que la Torá nos enseña con esto una lección. En tiempos de guerra, la vida se vuelve sumamente barata. La gente muere por todos lados, hombres, mujeres, niños, soldados y civiles. De cierta forma la vida pierde su valor.

Por eso, justo en medio de la discusión de la guerra, la Torá interrumpe y presenta las leyes de eglá arufá, leyes que revelan el extremo valor que tiene cada vida individual. Toda la ciudad debe expiar por la pérdida de una persona no identificada que puede o no haber pasado por la ciudad sin que nadie le prestara atención.

El Shemen HaTov sugiere que quizás por esta razón Iaakov estudió con Iosef las leyes de eglá arufá el último día que estuvieron juntos. Tal vez el alma de Iaakov intuitivamente sintió que Iosef sería el líder de una enorme y poderosa nación, que él tendría poder sobre la vida y la muerte de millones de personas. Por lo tanto, era importante enseñarle eglá arufá para que comprendiera la importancia de cada vida humana.

Rav Jaim Soloveitchik, el Rav de Brisk, en una oportunidad convocó una reunión especial en la sinagoga y dijo:

—Queridos amigos, tenemos un grave problema. La policía del Zar arrestó a un niño judío.

—¿Qué hizo el niño? —preguntó una persona.

—Quemó una esfinge del Zar.

El hombre se golpeó la frente, frustrado. Rav Jaim continuó diciendo:

—Sin importar lo que haya hecho, el niño está en peligro. Debemos rescatarlo de inmediato. Es una cuestión de dinero. Sólo dinero.

—¿Cuánto dinero?

Rav Jaim mencionó la suma. Era una cifra exorbitante y la gente manifestó su sorpresa.

—Enfrentamos una gran mitzvá. Esto es un verdadero pidión shvuim, un rescate de cautivos —dijo Rav Jaim.

—¿Quién es el niño? ¿Estudia en una ieshivá? —quiso saber una persona.

—No.

—¿Es miembro de nuestra sinagoga? ¿Es alguien que conocemos?

—No.

—¿Es religioso?

—Me temo que no. Por lo menos no hasta el momento.

Frustrado, uno de los hombres preguntó:

—¿Cómo vamos a recolectar dinero para alguien así? ¡Encima semejante suma!

—No lo sé —dijo Rav Jaim—, pero de alguna manera debe hacerse. En Iom Kipur yo no vendré a la sinagoga hasta que todo el dinero se haya recolectado.

Pasó el tiempo, y sólo lograron recaudar una pequeña suma.

Llegó Iom Kipur. Era la hora de Kol Nidrei y Rav Jaim todavía no había llegado a la sinagoga. Los ancianos de la comunidad fueron a su casa.

—Les dije que no iría hasta que no recaudaran el dinero. No importa si el niño es o no religioso. ¡Un alma judía es un alma judía!

La comunidad recaudó el dinero y rescataron al niño.

Cada vida es valiosa.




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