Las palabras de Torá del presidente Milei en el Foro Económico Mundial de Davos


3 min de lectura
Los cerdos salvajes o jabalíes, antiguos símbolos del engaño, están invadiendo el mundo… al igual que las mentiras inundan nuestras vidas.
Una plaga de proporciones bíblicas está arrasando tierras agrícolas en casi todos los continentes, destruyendo cultivos a un ritmo que recuerda a las plagas de langostas del antiguo Egipto. ¿El culpable? Cerdos salvajes (también conocidos como jabalíes) que se reproducen más rápido de lo que los agricultores pueden eliminarlos.
A pesar de los esfuerzos por atraparlos, cazarlos, envenenarlos o cercarlos, en gran medida estos métodos han fracasado. De hecho, matar a algunos cerdos suele ser contraproducente, pues acelera su reproducción. Con una capacidad reproductiva asombrosa (hasta dos camadas por año, y en cada una entre 4 y 12 crías) y una inteligencia aguda, estos animales aprenden rápidamente a evitar el peligro. Evitan las trampas y los sitios donde otros cerdos fueron asesinados, se dispersan y continúan reproduciéndose.
En Texas, grupos de caza organizados con helicópteros y rifles automáticos han tenido cierto éxito, pero sólo en terrenos abiertos. En Brasil, pequeños agricultores de generaciones ven cómo sus cosechas completas son arrasadas en cuestión de horas por estas hordas invasoras.
Al reflexionar sobre esta plaga moderna, me pregunté: ¿Por qué ahora, y por qué a una escala tan global?
En el judaísmo, el cerdo simboliza la falsedad. Es el único animal que tiene pezuñas hendidas pero no es rumiante, lo que lo hace no kasher. Cuando un cerdo se acuesta, estira hacia adelante sus patas delanteras como diciendo: “¡Mírame, soy kasher!”, mientras encarna la esencia misma de lo taref (no kasher).
La mística judía enseña que los eventos en el mundo físico no son más que reflejos o manifestaciones de realidades que ya ocurrieron en el plano espiritual. Por ejemplo, los Sabios explican en el Midrash que cuando Nebujadnetzar (Nabucodonosor) destruyó el Primer Templo y Tito el Segundo, en realidad no estaban destruyendo un espacio sagrado. Para cuando llegaron, la Presencia Divina ya se había retirado, como resultado del deterioro espiritual causado por las acciones del pueblo judío. Lo que quedaba era sólo una cáscara vacía, un edificio cuya alma ya se había marchado. En esencia, no eran más que una cuadrilla de demolición derribando una estructura sin vida.
Es impactante que los cerdos salvajes (antiguos símbolos de la falsedad) arrasen el mundo justo cuando la verdad se ha vuelto cada vez más escasa. Hoy estamos rodeados de engaño: en los medios, en la educación, en la política, en la medicina e incluso en la ética. La confianza, antes un fundamento de la sociedad civil, ahora es esquiva. ¿Podemos confiar en los profesionales de la medicina? Ya no es tan claro. ¿Podemos confiar en nuestros líderes? Difícilmente una cuestión sencilla. Incluso el viejo dicho “una imagen vale más que mil palabras” ha perdido sentido en esta era de manipulación digital e inteligencia artificial. Los periodistas, antaño guardianes de la verdad, a menudo ya no son imparciales. La realidad se ha invertido: arriba es abajo, izquierda es derecha, el bien es el mal, y la verdad parece obsoleta.
El discurso público se ha deteriorado. Ya no se debate para alcanzar entendimiento: se grita para ser oído y validado. Las ondas se llenan de voces que gritan atrapadas en cámaras de eco.
Cuando los agricultores brasileños se dieron cuenta de que los ataques directos contra los cerdos eran inútiles, adoptaron una estrategia diferente. En lugar de enfrentarse a los cerdos cara a cara, cavaron trincheras para mantenerlos alejados. Sólo entonces sus cultivos pudieron prosperar. Quizás haya aquí una lección más profunda para nosotros: no se puede razonar con quienes están comprometidos con la mentira. Ellos no buscan la verdad, sino ganar, dominar y silenciar a la oposición. Cuando uno presenta un argumento claro y racional, no responden con diálogo, sino con ataques personales, etiquetándote de fascista, racista, sexista o algún otro peyorativo destinado a poner fin a la conversación.
Quizás, entonces, la tarea de nuestra generación no sea luchar contra la falsedad en sus propios términos, sino cultivar la verdad en nuestras propias vidas. Tener claridad sobre lo que defendemos: qué significa vivir con propósito, ser judío, construir relaciones significativas, ser un cónyuge devoto, un padre que nutre, un amigo leal. Entender qué significa el verdadero éxito. Estas son las verdades fundamentales que debemos abrazar y encarnar. Quizás esta sea nuestra tarea: ser portadores de verdad en un mundo desesperado por ella.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.