10 razones por las que amo ser judía


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Un adolescente chino se enamora de El violinista en el tejado y se convierte al judaísmo. La acupuntura lleva a una mujer judía agotada a reencontrarse con el judaísmo. ¿Coincidencia o algo más?
En 1979, Vera Schwarcz hizo las maletas y partió hacia China.
Hija de sobrevivientes del Holocausto, Schwarcz había crecido en la Rumania comunista, en una familia marcada por pérdidas de las que nadie hablaba. Su madre había perdido a un esposo y a un hijo en el Holocausto; su padre había perdido a su esposa. Sin embargo, el pasado permanecía en gran medida silenciado.
Vera se sintió fascinada por «el otro». Aprendió mandarín, estudió historia china y finalmente se dirigió a la Universidad de Pekín como académica especializada en el Lejano Oriente.
Uno viaja ligero cuando se muda al otro lado del mundo. Pero, por razones que no podía explicar del todo, llevó consigo un libro de Elie Wiesel sobre el Holocausto.
Cuando se acercaba Iom Kipur, Schwarcz se sintió dominada por un impulso. No tenía intención de ayunar durante la festividad, pero decidió que la plaza de Tiananmén y la Revolución Cultural que se desarrollaba a su alrededor podían esperar. Pasaría aquel día en su apartamento leyendo a Wiesel.
Como parte de su investigación, estaba recopilando testimonios orales de chinos que habían sufrido terriblemente durante la Revolución Cultural. Entonces comenzó a ocurrir algo inesperado.
«Descubrí que me hablaban con mucha franqueza sobre sus horribles experiencias», recordó más tarde. «Comprendí que, inconscientemente, llevaba conmigo lenguajes e historias sobre el sufrimiento nacional, y los chinos lo percibían».
Vera Schwarcz
Schwarcz había ido a China para estudiar otra civilización. En cambio, China comenzó a dirigir su atención hacia el trauma ancestral de su propia familia.
«Hay algo en la cultura china que nos lleva de regreso a nosotros mismos», observó.
Con el tiempo, Schwarcz se convirtió en una distinguida historiadora de China y escribió Un puente a través del tiempo roto: la memoria cultural china y judía, un libro que analiza cómo se transmite y se sana la memoria traumática en dos civilizaciones antiguas. Hoy vive en Jerusalem como judía observante y siente que su inmersión en la cultura china terminó llevándola a casa.
«Recorrí el camino hacia la memoria, la cultura y la observancia judías a través de mis estudios sobre China», afirmó.
Su recorrido puede parecer extraordinario, pero si observamos atentamente los encuentros entre estas dos civilizaciones antiguas, comienza a emerger algo curioso. Ha ocurrido una y otra vez.
Pensemos en Leo Hu.
Hu creció en Tianjin, China, en una familia atea. Su improbable camino hacia el judaísmo comenzó, entre todos los lugares posibles, con El violinista en el tejado.
El musical lo cautivó. Le impactó la conversación constante de Tevye con Dios y una pregunta que se encuentra en el corazón de la historia: ¿qué ocurre cuando una tradición antigua se encuentra con un mundo que cambia rápidamente?
Con el tiempo, Hu se mudó a Nueva York, donde se sintió atraído a explorar el judaísmo en hogares y comunidades judías. Quedó fascinado por el Daf Iomí, la práctica mundial de estudiar cada día una página del Talmud.
Leo Hu
El inglés le resultaba difícil, por lo que Hu recurrió a la inteligencia artificial para que lo ayudara a traducir el material al mandarín. Comenzó a estudiar el Talmud en chino.
Y allí se encontró con algo extrañamente familiar.
Hu comparó el Talmud con las Analectas de Confucio. Ambos preservan enseñanzas, conversaciones y debates entre sabios, lo que permite que las generaciones posteriores participen en un diálogo continuo, en vez de limitarse a recibir una lista de conclusiones.
Lo que comenzó con El violinista en el tejado lo ha llevado a convertirse al judaísmo.
Y luego está Nicholas Zane.
Zane es étnicamente chino. Su bisabuela había sido una rica integrante de la alta sociedad de Shanghái, casada con un productor de seda. A finales de la década de 1940, se encontraba viajando fuera de China cuando la toma del poder por parte de los comunistas cerró el país.
Sus cinco hijos, entre ellos el abuelo de Zane, que entonces tenía cinco años, quedaron atrás.
Ella no pudo volver a entrar en China. Lo intentó todo; nada funcionó.
Desesperada y finalmente sin dinero, emigró a Nueva York, donde la antigua heredera trabajó como empleada doméstica. Más tarde encontró empleo con una legendaria familia judía: los Grossinger, famosos en los Catskills.
Pasaron los años. Cuando China finalmente volvió a abrirse a Occidente, localizó a sus cinco hijos, ahora adultos y con sus propias familias.
La familia Grossinger patrocinó a todos sus descendientes y llevó a sus familiares a Estados Unidos, incluida la niña que se convertiría en la madre de Nicholas Zane.
«El acto de generosidad de una familia judía transformaría la trayectoria de la familia Zhang», escribió Zane más tarde, «y nuestras vidas nunca volverían a ser las mismas».
Pero la historia no termina allí.
A los 15 años, Zane asistía a un internado anglicano en Gran Bretaña. Como había crecido en Hong Kong, nunca había conocido a una persona judía; sin embargo, quedó profundamente absorto en la historia judía.
Las historias que había escuchado habían dejado su huella. Se sintió fascinado por la relación histórica entre chinos y judíos. Investigó sobre los judíos en China, escribió libros sobre el tema y se convirtió en un defensor público de un mayor entendimiento entre ambos pueblos.
Una familia judía ayudó a una mujer china.
Décadas más tarde, aquella bondad seguía viajando.
Hay algo casi mágico en estas historias.
Cuando se unen los mundos judío y chino, las personas descubren partes de sí mismas en el otro.
Cuando se unen los mundos judío y chino, parecen ocurrir cosas inesperadas. Las personas descubren partes de sí mismas en el otro. La bondad atraviesa culturas y repercute a lo largo de generaciones. Un viaje hacia una civilización lleva, de alguna manera, al viajero a adentrarse más profundamente en la otra.
Quizás sean simplemente hermosas coincidencias, pero hay demasiadas. Al mirar hacia atrás, las coincidencias comienzan a parecerse a un patrón.
Estuvo Morris «Dos Pistolas» Cohen, un rudo inmigrante judío cuya intervención en favor del dueño de un restaurante chino en Canadá lo ayudó a forjar su reputación en la comunidad china local. Con el tiempo, Cohen se involucró con el movimiento nacionalista chino y con Sun Yat-sen. Posteriormente, sus inusuales conexiones chinas serían aprovechadas para ayudar a conseguir la cooperación de China con respecto al establecimiento del Estado de Israel.
«Dos Pistolas» Cohen, con traje blanco, sentado con el presidente Chiang Kai-shek a su derecha
Estuvieron los miles de refugiados judíos que encontraron refugio en Shanghái durante el Holocausto. Entre ellos se encontraba el violinista Ferdinand Adler. China ayudó a salvarle la vida; Adler, a su vez, enseñó música a estudiantes chinos. Uno de esos estudiantes, un huérfano, desarrolló una carrera en el mundo musical de Shanghái. Generaciones después, sus familias volverían a conectarse y sus hijos reconstruirían una historia que había comenzado mucho antes de que cualquiera de ellos naciera.
Ferdinand Adler, en el centro
El Rebe de Lubavitch, el rabino Menachem Mendel Schneerson, alentó los esfuerzos por acercar las fuentes judías a los lectores chinos y consideraba valioso construir puentes de entendimiento.
Ese interés continúa apareciendo en la vida judía contemporánea. Hoy, un lector chino puede abrir una edición china de los Salmos publicada por Koren, que contiene los Salmos en hebreo, una traducción al chino simplificado y una traducción al chino del comentario del rabino Jonathan Sacks. Su traductor, Aaron Waldman, nació en Tianjin y posteriormente hizo aliá, convirtiéndose en un erudito de la Torá en Israel.
En la Universidad Yeshiva se creó la Conversación Chino-Judía para mantener un diálogo sostenido entre estas dos civilizaciones. Sus programas exploran preguntas que han ocupado a ambas culturas a lo largo de los siglos: la educación y la familia, los textos clásicos y su transmisión, la tradición frente a la modernidad y la compleja relación entre la patria y la diáspora.
¿Por qué esta conversación continúa resurgiendo? Quizás porque los judíos y los chinos somos lo suficientemente similares como para reconocer algo en el otro, pero lo suficientemente diferentes como para ver en el otro cosas que no siempre podemos ver en nosotros mismos.
Las civilizaciones judía y china no son intercambiables. Sus teologías, historias y supuestos culturales difieren profundamente. Sin embargo, ambas son civilizaciones antiguas que han llevado consigo una intensa relación con su pasado hasta el mundo moderno. Ambas han enfatizado tradicionalmente el aprendizaje, la familia, la transmisión entre generaciones y la reverencia por los textos fundacionales y los maestros. Ambas han lidiado con la pregunta de cómo preservar una civilización distintiva a través de enormes convulsiones históricas y en un mundo moderno que cambia rápidamente.
A veces, la similitud genera reconocimiento. La diferencia puede aportar algo igualmente valioso: perspectiva.
Al juntar dos lentes ligeramente diferentes, se vuelve posible algo más: la percepción de profundidad. La visión binocular.
Sé algo de eso por experiencia propia.
Me volví religiosa poco después de cumplir los 20 años a través de Aish. Algunos años después, graves problemas de salud me abrumaron y abandoné la observancia. En busca de ayuda, recurrí a la medicina tradicional china y me sometí a tratamientos de acupuntura durante varios años.
No fui a un acupunturista buscando un camino de regreso al judaísmo, pero algo ocurrió. El tratamiento abrió algo en mi interior y, lenta e inesperadamente, me descubrí regresando a la observancia judía. Terminé de regreso en Aish, reavivando mi amor por la Torá.
China, a su manera, me había llevado a casa.
Posteriormente, comencé a estudiar la sabiduría china, fascinada por los puntos de resonancia que encontraba entre las ideas judías y chinas. A lo largo de los años, recopilé fuentes que exploraban conceptos como el equilibrio y el flujo, el agua y la sabiduría, los ciclos y el tiempo, el cultivo del carácter y la relación entre el Cielo y la conducta humana.
Años después, tras trabajar en la lucha contra el antisemitismo, comencé a anhelar otra clase de activismo judío. Combatir el odio es necesario. Pero quería dedicar parte de mi energía a construir algo hermoso.
Entonces vi una entrevista en línea con partidarios chinos de Israel, entre ellos una joven que era tanto china como judía.
Quedé hipnotizada. De repente, las piezas que había recopilado durante años apuntaban hacia algo más grande: ¿qué pasaría si el activismo judío no consistiera únicamente en combatir a nuestros enemigos? ¿Qué pasaría si también buscáramos amigos?
Esa pregunta condujo a la creación del Intercambio Chino-Judío, una iniciativa de la Fundación Canadiense para la Educación sobre el Antisemitismo.
El proyecto surgió de una sencilla constatación: una y otra vez, los encuentros entre judíos y chinos han puesto en marcha acontecimientos inesperados.
Una hija de sobrevivientes del Holocausto viaja a China y descubre la memoria judía silenciada que llevaba en su interior. Un adolescente chino conoce El violinista en el tejado y finalmente encuentra su camino hacia el judaísmo ortodoxo. La bondad de una familia judía hacia una mujer china repercute a lo largo de generaciones. La medicina tradicional china lleva a una mujer judía que atraviesa dificultades de regreso a la Torá.
En cada caso, el encuentro hace más que presentar una cultura a la otra. Despierta algo. Una civilización se convierte en la lente inesperada a través de la cual una persona ve más profundamente a la otra y, a veces, se ve más profundamente a sí misma.
El puente entre los mundos judío y chino se ha ido formando silenciosamente durante generaciones, construido mediante el refugio, el estudio, la gratitud, la curiosidad y la bondad. La mayoría de sus constructores no sabían que estaban construyendo algo.
Quizás nuestra tarea ahora sea reconocer la amistad que se ha ido formando desde el principio y dejar de abandonar por completo su futuro al azar.
El Intercambio Chino-Judío, una iniciativa de la Fundación Canadiense para la Educación sobre el Antisemitismo, está preparando programas y una exposición gratuita sobre el patrimonio para el Mes del Patrimonio Judío y el Mes del Patrimonio Asiático, en mayo de 2027. Invitamos a personas y organizaciones a ayudar a llevar la exposición a sinagogas, escuelas, bibliotecas, centros comunitarios y otros espacios públicos. Para obtener más información o participar, visite El Intercambio Chino-Judío.
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