10 razones por las que amo ser judía


3 min de lectura
Los médicos lo llaman resiliencia, la fe lo llama un milagro: mi vida demuestra ambas cosas.
Mi vida ha sido descrita de dos maneras: por los médicos como resiliencia y por la gente de fe como un milagro.
Con apenas unos meses de vida, sufrí dos derrames cerebrales que paralizaron el lado izquierdo de mi cuerpo y me dejaron sorda del oído izquierdo. Los médicos les dijeron a mis padres que nunca caminaría, hablaría o estudiaría en un aula regular. Sin embargo, a través de dolorosas terapias ocupacionales y físicas, comencé a hablar con oraciones completas a los 14 meses, a caminar a los tres años, y prosperé en una escuela convencional.
A lo largo de mi vida enfrenté más desafíos abrumadores: infecciones crónicas de oído hasta la adultez, convulsiones en la adolescencia y nuevamente en mis 30, síndrome de ovario poliquístico a los 17 con la advertencia de que probablemente necesitaría ayuda para concebir, y gastroparesia idiopática a los 30, un raro trastorno digestivo que afecta la nutrición y la salud. Cada diagnóstico trajo visitas a emergencias, hospitalizaciones y más incertidumbre.
Aun así… sobreviví, e incluso prosperé. La psicología llama a esto resiliencia: la capacidad de adaptarse frente a la adversidad (Bonanno, 2004; Asociación Norteamericana de Psicología). La investigación en neurociencia muestra que la plasticidad cerebral permite a los niños con derrames tempranos reorganizar funciones antes consideradas imposibles (Kolb & Gibb, 2014). La ciencia de la fertilidad demuestra que la tecnología reproductiva asistida ha dado a miles de mujeres con SOP la posibilidad de ser madres (CDC, 2022).
Desde la óptica del judaísmo, estos mismos fenómenos se llaman nissim —milagros.
Crecí en un entorno ortodoxo, con la filosofía de Torá uMadá, integrar la sabiduría de la Torá con el conocimiento secular. Rav Joseph B. Soloveitchik enseñó que tanto la ciencia como la Torá son caminos hacia la verdad: “Existen dos órdenes de existencia, uno creado por Dios y el otro revelado por Dios” (Halakhic Man). Mi vida se ha vivido en esa síntesis: viendo la medicina no como algo separado de la fe, sino como una herramienta que Dios nos da para participar en la sanación.
El Rambam (Maimónides) subraya esta idea al dictaminar que un médico tiene no sólo permiso sino la obligación de sanar, basándose en el versículo: “Ciertamente lo harás sanar” (Éxodo 21:19). Acudir a los médicos no es una falta de fe, es la fe en acción, reconociendo que Dios actúa a través de la sabiduría humana.
Los Sabios además enseñan el equilibrio entre hishtadlut (esfuerzo) y emuná (fe). Rabí Janina dijo: “Todo está en manos del Cielo excepto el temor al Cielo” (Berajot 33b). Se nos ordena actuar, buscar tratamiento, mientras confiamos el resultado a Dios.
Ese equilibrio me sostuvo durante los últimos 19 meses de tratamientos de fertilidad y embarazo. Tras intentos fallidos, un embarazo ectópico y la pérdida de mi querida abuela, quien fue como una segunda madre, el día después de mi transferencia embrionaria en Janucá del 2024, me preguntaba si la maternidad alguna vez sería posible para mí. Sin embargo, con atención médica, plegarias, caridad y una bendición rabínica, la transferencia funcionó. Una respuesta a mis plegarias en lo que habría sido el cumpleaños 99 de mi abuela en enero del 2025.
Mi embarazo, una enorme bendición, no ha sido fácil. Enfrenté un hematoma subcoriónico en el primer trimestre, contracciones prematuras a las 28 semanas después de que una mesa de terapia colapsara conmigo y un diagnóstico de diabetes gestacional con lecturas inusualmente bajas que siguen desconcertando a mis médicos. A las 36 semanas, mis médicos me dijeron que debido a mis numerosos problemas de salud el aprto debería ser inducido temprano. El viernes pasado adelantaron la fecha porque mi bebé había dejado de crecer.
Este martes, si Dios quiere, ingresaré al hospital para ser inducida. Mi madre, de bendita memoria, siempre recalcaba que el martes es un día propicio porque en Génesis, la frase “y vio Dios que era bueno” aparece dos veces en el tercer día de la Creación. Ella insistía en que haber nacido un martes me dio la fuerza para superar obstáculos imposibles. Ahora sostengo esa misma esperanza para mi hijo.
A través de la resiliencia y los milagros, vivo en la intersección donde la ciencia y la fe no compiten, sino que se fortalecen mutuamente.
Ruego que este próximo capítulo, mi camino hacia la maternidad, sea uno de gratitud. Gratitud hacia los médicos, hacia los investigadores cuya ciencia lo hizo posible, y hacia Dios, cuya presencia me ha sostenido en cada prueba.
Si Dios quiere, mi próximo artículo reflejará no sólo el camino hacia la maternidad, sino la realidad vivida de sostener por fin a mi hijo.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.