Masacre en un evento de Janucá en Australia


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Salir con mi esposo me empujó a cuestionar mis ideas sobre el judaísmo y lo que significa ser judía.
En nuestra primera cita, mi esposo, Jeff, me contó que estaba tomando clases en una sinagoga ortodoxa, descubriendo enseñanzas tradicionales judías con mucho significado. De hecho, pensaba volverse ortodoxo. Me pregunté si había algo mal con el hombre atractivo que acababa de conocer.
Yo había crecido con un sinfín de experiencias judías positivas a través de nuestra sinagoga conservadora, campamentos y grupos juveniles. Cultural, emocional y gastronómicamente me sentía sólidamente judía. Creía que la ortodoxia estaba pasada de moda, era rígidamente conformista y tenía problemas con las desigualdades de género. Respetaba la búsqueda espiritual de Jeff, pero no podía imaginar que la observancia judía funcionara para mí.
Respetaba la búsqueda espiritual de Jeff, pero no podía imaginar que la observancia judía funcionara para mí.
Mi visión del mundo era políticamente liberal, y asumía que todas las personas ortodoxas eran políticamente conservadoras. Por lo tanto, incluso si encontraba valor en las enseñanzas ortodoxas, aceptarlas amenazaba mi autoimagen. No había forma de que pudiera enfrentar eso, ni la posibilidad de alejar a mis amistades. Ya éramos personas iluminadas. ¿Para qué causar problemas?
¿Por qué Jeff y yo seguimos saliendo? Él mostraba muchas cualidades prometedoras como esposo. Teníamos excelente química, nunca nos quedábamos sin tema de conversación, aunque yo sentía que no necesitábamos invitar a Dios a tantas conversaciones. También disfrutábamos de hacer las mismas cosas, como caminar por la ciudad y hacer excursiones. Y a pesar de nuestra creciente división religiosa, compartíamos muchos valores y prioridades, como mi deseo de trabajar medio tiempo mientras criara a nuestros hijos pequeños.
Él me hacía reír, y me conmovía su amabilidad y el respeto con el que trataba a sus padres y a su abuela. No lo admitía en ese momento, pero admiraba su compromiso de priorizar las metas espirituales junto con las profesionales y materiales, algo en lo que yo no había pensado. Su preocupación por equilibrar el éxito material con una base espiritual me hizo reflexionar.
Jeff me llevó a una fiesta en la casa de una pareja que recientemente se había vuelto ortodoxa. Noté que sus estantes estaban llenos exclusivamente de libros religiosos y se me secó la boca. También me encontré con un viejo amigo de la universidad (antes actor de teatro y bailarín) que ahora llevaba kipá y barba, y estaba casado con una mujer visiblemente embarazada que usaba una peluca. Su nueva vida era irreconocible respecto a la anterior, y me pregunté si sentía que había sacrificado una parte esencial de sí mismo al volverse religioso. Me obsesioné con la vestimenta de las mujeres casadas: mangas largas, faldas midi y la cabeza cubierta. Presa del pánico, le dije a Jeff que teníamos que irnos.
Me obsesioné con la vestimenta de las mujeres casadas: mangas largas, faldas midi y la cabeza cubierta. Presa del pánico, le dije a Jeff que teníamos que irnos.
Salimos durante nueve meses antes de que yo aceptara asistir a una clase sobre la parashá de la semana, mi primera clase impartida por un rabino ortodoxo. Me sorprendió escucharlo hablar del conflicto matrimonial entre Abraham y Sará respecto a criar a Ishmael en el mismo hogar que su hijo Itzjak. Nada en mi educación judía conservadora me había llevado a entender que nuestros patriarcas y matriarcas habían sido seres humanos reales que enfrentaron conflictos reales, y que la Torá ofrecía lecciones atemporales.
Descubrí que el judaísmo enfatiza que se debe educar a cada niño de acuerdo con su propia personalidad y sus necesidades. Todavía más, Dios le dijo a Abraham que escuchara a Sará, que hiciera lo que ella le decía, porque ella sentía que Ishmael era una amenaza para Itzjak y debía ser alejado. Por lo tanto, el judaísmo no era la religión profundamente sexista que yo había asumido que era. Las voces de las mujeres eran escuchadas.
A pesar de apreciar a regañadientes gran parte de lo que estaba aprendiendo, después de cada clase atacaba cualquier cosa que me parecía anticuada o sexista.
“Que no lo entendamos no significa que esté mal”, dijo Jeff. “Tal vez necesitamos más información antes de juzgar”.
Jeff y yo nos casamos casi tres años después de nuestra primera cita, y disfrutamos de amistades con otras parejas e individuos que, como nosotros, habían apostado por la tradición judía: una vida simultáneamente antigua y contracultural. Para entonces, aunque aún con ciertas reservas, estaba convencida de que el marco que ofrece la Torá para las relaciones humanas, la ética personal y comercial, el control del ego, la práctica de la gratitud y la conexión con Dios, enriquecería mi vida, nuestro matrimonio y la vida de nuestros hijos. Sí observaba cierto grado de conformismo, pero no más que el que existía en el mundo secular.
Estudiar la sabiduría judía me inspiró, llenando un vacío que ni siquiera sabía que existía.
Me sorprendió cómo la observancia del Shabat y las festividades aportaban un ritmo sólido a la vida. Estudiar la sabiduría judía me inspiró, llenando un vacío que ni siquiera sabía que existía. Vi cómo los valores judíos, especialmente los que se relacionan con el uso de las palabras, podían fortalecer o destruir nuestras relaciones.
En la comunidad a la que nos unimos, no perdí mi individualidad. Tenía amigas casadas que tampoco cubrían su cabello, algo que sólo estuve lista para asumir unos años después. Nunca me sentí juzgada por ello. De hecho, aunque nuestro rabino esperaba que trabajáramos en nuestro crecimiento espiritual, era claro que cada quien debía hacerlo a su propio ritmo, así como se enseña a los padres a educar a sus hijos según su estilo de aprendizaje.
Apuntar a los altos estándares del judaísmo en ética, moralidad y autodisciplina me desafió a ser una persona mejor y más plena de lo que hubiera sido de otra forma.
Elegí volverme una judía observante hace más de 35 años, y aún sigo aprendiendo y trabajando en ello. Descubrí que la Torá no era un artefacto polvoriento de 3.300 años de antigüedad, sino una guía sofisticada sobre la naturaleza humana y el perfeccionamiento del carácter. Apuntar a sus altos estándares en ética, moralidad y autodisciplina me desafió a ser una persona mejor y más plena de lo que hubiera sido de otra forma.
Cada día me siento agradecida por no haber huido —como casi lo hice— de tomar la decisión más difícil de mi vida: comprometerme más profundamente con el judaísmo.
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