Cómo hacer que la inspiración perdure

28/01/2026

4 min de lectura

Beshalaj (Éxodo 13:17-17:16 )

En la porción de la Torá de esta semana, el pueblo judío alcanza alturas incomparables de fe tras presenciar la apertura del mar, estallando en un canto espontáneo para alabar los milagros de Dios. Sin embargo, apenas unos versículos después, se quejan por la falta de agua y comida, acusan a Dios de haberlos llevado a morir en el desierto y añoran su vida como esclavos en Egipto.

¿Cómo es possible que el pueblo judío alcanzara un nivel tan elevado de comprensión, donde “una sirvienta vio en el Mar Rojo lo que ni siquiera los profetas vieron” (Rashi 15:2), y aun así de inmediato comenzaran a caer en la duda a cada paso?

Encontramos este mismo dilema en las próximas porciones de la Torá, cuando la revelación en el Monte Sinaí precede directamente a la caída de la nación en la adoración del Becerro de Oro. ¿Cómo podemos caer tan bajo, tan rápido? ¿Por qué los milagros innegables no conducen a una fe perfecta?

Más allá de la fe, la lógica o la razón

Para comprender esta volatilidad espiritual, debemos explorar un enigma más profundo: ¿cómo se construye una fe duradera? El Rambán, el gran sabio español del siglo XIII, llama nuestra atención sobre varios detalles fascinantes de la vida de Moshé que arrojan luz sobre esta cuestión.

Primero: Antes de enviar a Moshé a realizar el milagro de convertir su bastón en una serpiente para ganarse la confianza del pueblo judío, Dios le ordena hacer una prueba previa. ¿Por qué Moshé, que hablaba directamente con Dios, necesitaba una práctica? ¿No debería bastar la palabra de Dios?

Segundo: El Midrash nos cuenta que el impedimento del habla de Moshé se originó en su infancia, cuando, durante la prueba del faraón, un ángel guió la mano de Moshé para que tomara un carbón encendido y se lo llevara a la boca en lugar de las joyas preciosas. Sin embargo, Dios —que podía partir el mar— nunca curó esta condición. ¿Por qué dejar a Su profeta elegido con una discapacidad del habla?

Tercero (mi aporte personal, no del Rambán): El Midrash enseña que Moshé recibió diez nombres diferentes de inspiración Divina a lo largo de su vida. Sin embargo, conservó solo el que le dio la hija del faraón: “Moshé”, que significa “sacado del agua”. ¿Por qué nuestro mayor profeta elegiría ser conocido por un nombre egipcio?

¿La respuesta del Rambán? Para fortalecer la emuná (fe) de Moshé. La demostración con el bastón le dio la confianza para presentar el milagro ante la nación. Su impedimento del habla sirvió como un recordatorio constante de la protección Divina. Incluso su nombre evocaba su salvación milagrosa del Nilo.

El arte de la fe

Esto plantea una pregunta profunda: si Moshé, que hablaba directamente con Dios, necesitaba fortalecer su fe, ¿qué esperanza tenemos el resto de los mortales?

Para responder, primero debemos entender que la emuná trasciende el concepto occidental de “fe”. A diferencia de las religiones que exigen fe ciega, el judaísmo ve la emuná como una búsqueda activa que requiere sabiduría y cuestionamiento. Al clarificar activamente nuestras creencias, forjamos una emuná templada en el fuego de la verdad. Como enseña el rey Salomón: “El necio todo lo cree; el sabio entiende”.

Esta comprensión más profunda de la emuná se refleja en el lenguaje: la palabra hebrea emuná (אמונה) comparte raíz con umanut (אוּמָנוּת), que significa arte u oficio. Como en cualquier disciplina valiosa, el dominio comienza con la inspiración: un destello de comprensión o un éxito inicial. Esa chispa revela nuestro potencial, pero alcanzarlo exige esfuerzo constante. Encontramos este patrón también en las relaciones: las parejas viven la etapa de luna de miel, pero con el tiempo emergen rutinas conocidas y la magia inicial parece desvanecerse. Algunos interpretan esta caída emocional como señal de que no estaban destinados a estar juntos, cuando en realidad solo han llegado al final de la inspiración y al comienzo del verdadero trabajo.(1)

La enseñanza es clara: los momentos de “apertura del mar” y “Monte Sinaí” son fugaces si no construimos hábitos a su alrededor, si no transformamos la inspiración en un arte. Esto explica cómo el pueblo judío pudo presenciar milagros sin precedentes y aun así volver a la duda. La emuná, como cualquier oficio, exige práctica constante. Debemos trabajar a diario para reconocer la participación continua de Dios en nuestras vidas. Si no practicamos, la duda se filtra y nos volvemos ciegos a los milagros cotidianos.

Construir el hábito

De hecho, Dios nos transmite este mensaje en la parashá de esta semana.

Como mencionamos, justo después de la apertura del mar, el pueblo comienza a exigir comida. En respuesta, Dios provee el maná: un pastel celestial con nutrición perfecta y sabor exquisito. Pero impone una condición crucial: cada persona solo podía recoger lo suficiente para ese día (excepto para Shabat). Cualquier sobrante se estropeaba al día siguiente.

¿Por qué esta restricción? En Deuteronomio (8:3), Moshé revela su propósito más profundo: “Te afligió y te hizo pasar hambre, y luego te alimentó con maná… para hacerte saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”.

El maná no era solo alimento: era una práctica diaria de confianza. Durante cuarenta años, tres millones de judíos despertaban con sus despensas vacías, salían afuera y encontraban su comida perfecta esperándolos. A través de esta repetición diaria, el conocimiento teórico de la Providencia Divina se transformó en una confianza inquebrantable. Esta emuná practicada sostuvo al pueblo judío durante milenios, en los mejores y en los peores momentos.

Emuná práctica

¿Cómo podemos convertir la emuná en una práctica en nuestras propias vidas? Un mentor me propuso un ejercicio profundo para fortalecer esta conciencia:

  • Escribe las 5–10 crisis más grandes de tu vida
  • Analízalas y observa qué bien milagroso surgió de cada una
  • Cuando surja un nuevo desafío, revisa la lista y pregúntate:
    “¿Hay alguna razón para creer que esta crisis es diferente a las anteriores? ¿Puedo confiar en que también revelará sus bendiciones ocultas?”

Mediante esta práctica, trabajas activamente para dominar el arte de ver la mano de Dios en tu vida. Al igual que el nombre y el habla de Moshé, o el maná en el desierto, estos momentos documentados de salvación se convierten en recordatorios personales que nos permiten mantener profunda paz y alegría, sin importar las circunstancias.

¡Que todos merezcamos transformar nuestros momentos de inspiración en una emuná duradera!


  • Como nota final: Dios nos da esos primeros momentos de inspiración (en las relaciones y en otros ámbitos) para mostrarnos lo que el esfuerzo constante puede llegar a lograr.
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