¿Cómo pueden coexistir la ciencia y la fe?

05/08/2025

6 min de lectura

Lejos de disminuir el asombro por nuestro mundo, el conocimiento científico lo amplifica de manera inconmensurable.

Durante siglos, los pensadores judíos han explorado cómo el entendimiento científico y la fe religiosa pueden coexistir e incluso complementarse mutuamente. Lejos de ver estos ámbitos como conflictivos, muchas de las mentes más brillantes del judaísmo han abrazado el conocimiento científico como una forma de profundizar tanto la práctica religiosa como la apreciación espiritual. Por ejemplo, Rav Baruj Schick de Shklov en su traducción del libro de Euclides sobre geometría, cita al célebre sabio del siglo XVIII conocido como el Gaón de Vilna diciendo: “Proporcional a lo que uno carece en su comprensión de las ciencias, carecerá cien veces en su comprensión de la Torá, porque la Torá y la ciencia están interconectadas”.

Esta visión no se limita a unos pocos pensadores aislados, sino que es un hilo conductor a lo largo de toda la historia intelectual judía. Desde la sabiduría ancestral del Talmud (Shabat 75a), hasta filósofos medievales como el Rav Bajia ibn Paquda (Jovot HaLevavot, Shaar HaBejiná 2) y Rabí Iehudá HaLeví (Kuzari II:64), pasando por pensadores renacentistas como el Rav Iosef Karo (Kesef Mishné sobre Hiljot Iesodé HaTorá 4:13) y el Maharal de Praga (Netivot Olam, Netiv HaTorá 14), los sabios rabínicos tradicionales han recalcado de manera consistente la importancia de comprender el mundo natural. Estas diversas voces, que abarcan siglos y geografías distintas, coinciden en confirmar los beneficios, la importancia y, a veces, incluso la obligación religiosa de estudiar ciencia.

Quizás el defensor más notable de este enfoque fue Moshé Maimónides (el Rambam), posiblemente el filósofo judío más grande de todos los tiempos. Maimónides creía que una relación adecuada con Dios se construye sobre la base de una profunda apreciación del asombroso universo que Él creó para nosotros. En su obra magna, el Mishné Torá, incluye un breve resumen de la física y la cosmología de su época. Pero antes de abordar la ciencia, explica por qué este conocimiento es tan importante:

“¿Y cuál es el camino para amar y temer [a Dios]? Cuando una persona reflexiona sobre Sus obras y Sus grandes y maravillosas creaciones, y ve en ellas Su sabiduría inconmensurable e infinita, inmediatamente amará, alabará, glorificará [a Dios] y será invadido por un gran deseo de conocer Su gran nombre. Como dijo [el rey] David: ‘Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente’ (Salmos 42:2). Y al pensar en todas estas cosas, uno quedará inmediatamente atónito y sobrecogido por el temor, al darse cuenta de que es una criatura insignificante, baja y opaca, que se encuentra con un conocimiento escaso y limitado ante el Omnisciente, como dijo [el rey] David: ‘Cuando veo Tus cielos, obra de Tus dedos... ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?’ (Salmos 8:4). Por eso explicaré los principios fundamentales de las obras del Amo del Universo, para que sirvan como canal para que quien entienda, ame a Dios. Como dijeron los Sabios sobre el amor: ‘De ello reconocerás a Aquel que habló y el universo llegó a ser.’” (Hiljot Iesodé HaTorá 2:2)

Esta perspectiva extraordinaria respecto a que la comprensión científica es fundamental para nuestra relación con Dios, ha reverberado en el pensamiento judío durante siglos. Ella contrasta radicalmente con la noción equivocada de que el interés por los detalles físicos disminuye la apreciación espiritual. Por el contrario, propone que, al adentrarnos en las complejidades de la naturaleza —desde el ciclo del agua que trae la lluvia hasta los procesos bioquímicos que nos permiten extraer nutrientes de los alimentos— ganamos una profunda apreciación por la sabiduría infinita de Dios y Su preocupación ilimitada por Su creación.

Reconociendo esto, muchos rabinos prominentes del siglo XX han defendido esta visión, enfatizando que nuestra gratitud hacia el Creador sólo puede profundizarse a medida que descubrimos las capas de complejidad y genialidad que sustentan el mundo natural.

Al explorar las leyes universales de la naturaleza y los bloques fundamentales que la componen, comenzamos a percibir la unidad subyacente, la elegancia y la interconexión que impregnan toda la Creación.

Un rabino que defendió fuertemente esta perspectiva y dejó una huella duradera en nosotros, los autores de este artículo, fue Rav Jaim Zev Malinowitz, de bendita memoria. Él fue jefe editor de los proyectos del Talmud de Artscroll en inglés y hebreo, además de nuestro maestro y mentor personal y nos alentó a usar nuestros antecedentes científicos como fuente de inspiración, tanto para nosotros como para los demás. Rav Malinowitz recalcaba frecuentemente cómo profundizar en la comprensión del mundo natural puede fortalecer nuestra apreciación del Todopoderoso. Para ilustrar este punto, solía citar a Richard Feynman, un físico judío estadounidense que muchos consideran el más grande físico teórico desde Einstein. Feynman, conocido por su mente brillante y su personalidad excéntrica, dijo:

“Tengo un amigo que es un artista y a veces adopta una postura con la que no estoy de acuerdo. Él sostiene una flor y dice: ‘Mira qué hermosa es’, y estoy de acuerdo. Luego dice: ‘Yo, como artista, puedo ver lo hermosa que es, pero tú como científico la desarmas y se vuelve algo aburrido’, y pienso que está un poco loco. Primero, la belleza que él ve está disponible también para otros y para mí… Al mismo tiempo, yo veo mucho más en la flor que él. Puedo imaginar las células, las complejas acciones internas, que también tienen una belleza… El conocimiento científico sólo añade emoción, misterio y asombro a la flor. Sólo añade. No entiendo cómo podría restar.”

El mensaje de Feynman resuena profundamente con el enfoque judío respecto a la comprensión de la creación. Lejos de disminuir el asombro por nuestro mundo, el conocimiento científico lo amplifica inconmensurablemente. Cuando aprendemos sobre los intrincados procesos detrás del florecimiento de una flor (su maquinaria celular, programación genética y relaciones ecológicas) o desentrañamos la danza cósmica de estrellas y galaxias en el cielo nocturno, no estamos reduciendo estos prodigios a mecanismos fríos. Más bien, estamos revelando capas de complejidad sobrecogedora, una sutileza exquisita y, lo más importante, una unidad subyacente. Esta comprensión más profunda sirve para intensificar nuestro asombro y nuestra apreciación por la incomparable artesanía de la obra de Dios.

No obstante, comprender plenamente esta perspectiva exige una reflexión consciente. La creación de Dios es mucho más asombrosa que una simple colección de plantas y animales fascinantes, como suelen presentar algunos libros populares que abordan el mundo natural desde un enfoque religioso. Sin una comprensión científica más profunda, las maravillas de nuestro universo —desde la estructura fractal de los copos de nieve hasta el espectáculo cromático de los atardeceres— pueden parecer simplemente una serie de misterios encantadores pero desconectados. Sin embargo, al explorar las leyes universales de la naturaleza y los bloques fundamentales que la componen, surge una realización profunda: comenzamos a percibir la unidad, la elegancia y la interconexión que impregnan toda la Creación. Esta revelación resuena poderosamente con el principio central y más profundo de la cosmovisión judía: ijud Hashem, la unidad perfecta de Dios.

Aunque esta unidad en la creación se alinea con las creencias fundamentales del judaísmo, vale la pena notar que la cultura popular a menudo traza paralelos entre descubrimientos científicos modernos y conceptos místicos. Por ejemplo, la física cuántica y su revelación de un universo interconectado, o la teoría del caos y su demostración de patrones complejos que emergen de reglas simples, han capturado la imaginación de muchos buscadores espirituales. Sin embargo, no es necesario adentrarse en territorios especulativos o abstrusos para apreciar la armonía entre la Torá y la ciencia. De hecho, tal enfoque probablemente no es lo que Maimónides tenía en mente.

Al estudiar incluso los fundamentos de la física, la química y la biología, podemos comenzar a vislumbrar la genialidad de Dios y, más importante aún, fomentar una conciencia activa de Su presencia amorosa en nuestras vidas. Esta apreciación intensificada nos permite amar y reverenciar a Dios más profundamente, cumpliendo así con el camino que propuso Maimónides.

Además de ser un valioso beneficio para la relación íntima entre un judío y su Creador, para los judíos del siglo XXI, la alfabetización científica es cada vez más crucial para cumplir con otro mandato religioso. Según el judaísmo, el propósito de la existencia es brindar a las personas la oportunidad de desarrollar una relación duradera con lo Divino. Sin embargo, las fuentes tradicionales son claras en que este objetivo debe alcanzarse principalmente a través de la acción correcta. El primer mandato general de Dios a toda la humanidad en este sentido fue lograr dominio sobre el mundo (Génesis 1:28) y servir como sus custodios “para cultivarlo y protegerlo” (Génesis 2:15). Cumplir con este mandato y abordar muchos de los problemas globales más urgentes hoy en día (como el cambio climático, la defensa nacional, la prevención de enfermedades y la seguridad alimentaria) requiere conocimientos científicos.

Por supuesto, esto no significa que cada individuo tenga la obligación religiosa de convertirse en científico o ingeniero. Hay tantas formas legítimas de asumir responsabilidad por el mundo como personas existen en él. No obstante, en forma colectiva, debemos asegurarnos de que la educación y las oportunidades estén disponibles para permitir que cada judío asuma lo que considera su misión divina en este mundo.

Para muchos judíos que buscan una relación madura y significativa con Dios, involucrarse con la ciencia no es sólo una opción, sino que es casi una parte esencial de su camino espiritual. En lugar de verlo como una distracción, debe abrazarse como una oportunidad. La ciencia puede enriquecer nuestra comprensión de la Torá, profundizar nuestra apreciación por Dios y Su amor por nosotros, y capacitarnos para ser mejores guardianes de Su mundo.

Para los judíos comprometidos con el estudio tradicional de los textos talmúdicos pero que desean enriquecer sus estudios con una comprensión científica, publicamos nuestro libro: The Science Behind the Mishnah. Esta obra es un comentario sobre la Mishná del tratado Berajot que explora sus temas en el mundo real, brindando a los lectores una comprensión más matizada tanto de la Mishná como de las ideas científicas relacionadas. Está escrita en forma conjunta por un científico profesional y un maestro de Mishná de toda la vida, ambos rabinos ortodoxos con títulos de Oxford y Harvard.

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CARLOS DANIEL DABUL
CARLOS DANIEL DABUL
5 meses hace

Buenas tardes: lei con mucho interes el articulo. LO que deseo preguntar porque no esta contestado en el articulo, es como podemos lograr la comprension del Universo creado por Hashem. Los cientificos dicen que el universo se creo por la explosion de una energia concentrada que genero el tiempo y el espacio. Antes de eso la Nada. Por lo tanto mi inquietud es ¿donde aparece Hashem?Agradecería mucho una respuesta a esta ultima pregunta. Muchas gracias.-

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