Por qué el Mesías nacerá en el día más oscuro del año


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Un recorrido claro y racional desde la duda sobre la realidad hasta el argumento a favor de Dios.
Este artículo es un extracto de 'Proof: The Rational Case for God', de Barry B. Kaplan. El libro surgió a partir de un desafío de un amigo ateo que insistía en que la cuestión de Dios se encuentra completamente fuera de los límites de la razón. Lo que siguió fue una investigación de siete años a través de la filosofía, la probabilidad, la cosmología, la conciencia, la historia y el pensamiento judío clásico, orientada a una sola pregunta fundamental: ¿es racionalmente defendible la creencia en Dios? Kaplan comienza con esta pregunta porque todo lo que sigue depende de ella.
¿Cómo sabes que existes?
En la superficie, la pregunta puede sonar extraña, pero es uno de los desafíos más fundamentales de la filosofía. Todo lo que crees (sobre el universo, sobre ti mismo, sobre la realidad) descansa en la suposición de que tus percepciones reflejan una verdad objetiva. Pero ¿cómo puedes estar tan seguro?
Durante miles de años, los filósofos han cuestionado si podemos confiar en nuestros sentidos, si la realidad es tal como parece o si estamos atrapados en una ilusión, en un sueño del que nunca podemos despertar.
El judaísmo también aborda esta cuestión. Pero antes de llegar a una perspectiva de la Torá, debemos considerar primero el problema en sí.
Hace milenios, Platón(1) presentó su "alegoría de la cueva", una poderosa metáfora de la percepción y la creencia humana, que resumimos de la siguiente manera:
Imagina a un grupo de prisioneros encadenados al suelo en una cueva oscura, colocados allí desde su nacimiento, mirando directamente a una pared. No pueden girar la cabeza ni moverse. Detrás de ellos arde un fuego. En la pared, frente a ellos, se proyectan sombras de objetos, llevados por figuras invisibles. Estas sombras son todo lo que los prisioneros han conocido. Para ellos, las sombras son la realidad.
Un día, uno de los prisioneros es liberado. Se gira y ve el fuego. Al principio, lo ciega. Luego, se da cuenta de que las sombras eran meras proyecciones, no la realidad misma. Cuando se aventura fuera de la cueva, la luz del sol es abrumadora. Pero poco a poco, sus ojos se adaptan. Ve el mundo en todo su color, profundidad y complejidad. Descubre que la cueva era una ilusión, un mero fragmento de una verdad mucho más grande.
Pronto regresa para liberar a los demás. Pero en lugar de aceptarlo, no le creen. Siguen viendo solo las sombras y no pueden concebir nada más allá de ellas. Se burlan de él por sus audaces afirmaciones. Si persiste, incluso podrían llegar a matarlo.
El mensaje de Platón es claro: confundimos nuestra percepción limitada con la verdadera realidad. El mundo que creemos ver puede ser solo sombras; una aproximación de una existencia mucho más profunda y compleja.
Dos mil años después (1641), René Descartes, célebre matemático, científico y filósofo, publicó Meditationes de Prima Philosophia (Meditaciones sobre la filosofía primera), su breve tratado revolucionario en seis partes. Esta obra filosófica monumental, que aún se estudia en los cursos contemporáneos de filosofía, moldeó profundamente el rumbo del pensamiento occidental.
Me encontré por primera vez con las Meditaciones de Descartes en una clase de Filosofía hace tres décadas, sentado entre varios cientos de otros estudiantes inquisitivos, todos enfrentándonos al desafío radical que él planteaba: ¿qué podemos saber con absoluta certeza? (si es que hay algo que podemos saber).
Estamos a finales de la década de 1630. Cae la noche en Holanda. Podemos imaginar a Descartes sentado solo en una modesta habitación alquilada, una de varias entre las que se mueve en ciudades como Ámsterdam y Utrecht. Él valora esa soledad, evitando la fama y las distracciones para poder seguir su línea de razonamiento epistemológico en paz. Una vela parpadea sobre su elegante escritorio, su luz captando las curvas de los tinteros y los bordes del pergamino. El aire está quieto, roto solo por el rasguño de su pluma y el leve crujido de las maderas en el fuego.
Aquí, en estas silenciosas horas nocturnas, Descartes se propone cuestionarlo todo, dudar de cada suposición hasta que no quede nada salvo aquello que no puede negarse. De ese silencio emerge un proyecto audacísimo: reconstruir el conocimiento mismo, comenzando con las Meditaciones sobre la filosofía primera.
Él empieza con la fuente de información más inmediata: los sentidos. ¿Acaso aquello que vemos, oímos, tocamos, saboreamos y olemos no son indicadores fiables de la realidad?
¿Pero lo son realmente? Descartes recuerda que sus sentidos lo han engañado en el pasado; los objetos parecen doblados en el agua,(2) los espejismos(3) centellean en el desierto, los sueños a veces se sienten indistinguiblemente reales.
¿Podría ser que en este mismo momento esté soñando? Si alguna vez ha confundido un sueño con la realidad, ¿cómo puede estar tan seguro de que este instante no es otra de esas ilusiones? Tal vez nada de lo que le dicen sus sentidos sea digno de confianza.
Pero no se detiene ahí. Imagina un escenario aún más extremo: ¿y si un ser todopoderoso y malévolo, un demonio engañador, si se quiere, estuviera manipulando su mente, presentándole experiencias falsas? Si esto fuera posible, entonces no puede confiar en nada de lo que percibe.
Incluidas las matemáticas:(4) quizá ese demonio engañador quiera que crea que 2+3=5, no porque sea verdad, sino porque está siendo engañado incluso en el ámbito de la razón pura. Para Descartes, el punto no es que las matemáticas sean o puedan ser erróneas, sino que si el engaño es posible incluso en verdades aparentemente tan claras, entonces la certeza debe basarse en algo más profundo.
En este momento, para Descartes, el mundo externo se disuelve por completo. Su entorno, su propio cuerpo, incluso las leyes de la naturaleza; todo queda puesto en duda. Ha reducido la realidad a su esencia. Pero entonces, en medio de esta duda radical, surge una certeza singular: él está pensando.
Incluso si duda de todo, el mismo acto de dudar confirma su existencia. Si hay engaño, debe haber algo, alguna entidad mental, un ser, que esté siendo engañado. Si está pensando, debe existir. “Ego sum, ego existo” —“Yo soy, yo existo”. La realización es más conocida por su dictamen más famoso: “cogito, ergo sum” —“Pienso, luego existo”. Esa afirmación fue introducida en su obra anterior Discurso del método, pero desarrollada más a fondo en las Meditaciones.
No se trata de una intuición trivial. Establece al yo, no como un cuerpo, sino como una cosa que piensa (res cogitans). Por muy poco fiables que sean los sentidos humanos, la existencia de la mente está fuera de toda duda.
Los filósofos contemporáneos afinan aún más este dictamen: algo que piensa existe. Este es el mínimo indispensable para la certeza existencial.
Por lo tanto, cuando todo está dicho y hecho, hay, al menos, una entidad semejante a una mente, algún “yo” que experimenta el pensamiento. Esta simple verdad, derivada únicamente del razonamiento puro, sigue siendo una de las intuiciones más profundas de la filosofía.
Algunos podrían preguntar: si pensar prueba la existencia, ¿por qué no lo prueba cualquier acción? ¿Por qué no decir: “juego al básquet, luego existo”? La pregunta reformulada no pretende trivializar el concepto, sino resaltar el problema particular de la conciencia.
La respuesta yace en la naturaleza misma del pensamiento. La intuición de Descartes no trataba sobre la acción, sino sobre la conciencia indudable. El pensamiento, o más precisamente el acto de pensar, es una actividad que se verifica a sí misma. Preguntar, dudar y reflexionar son acciones que solo un sujeto consciente puede realizar. Por lo tanto, debe existir un sujeto consciente o un ser pensante. Pensamiento equivale a existencia.
“Jugar al básquet” presupone un mundo externo, un cuerpo que funciona, una cancha, una pelota, otros jugadores y sentidos fiables; todo lo cual puede ponerse en duda. Podrías soñar que juegas al básquet. Podrías estar en una simulación digital jugando al básquet. Pero no puedes dudar de que estás pensando, incluso si tus pensamientos son erróneos o manipulados.
El pensamiento es la única actividad que prueba que existe un pensador incluso en ausencia de cualquier realidad externa.
De esta manera no llegamos a “yo existo”, sino a algo más modesto y más honesto: el pensamiento existe.
Algún tipo de pensamiento está ocurriendo. Eso es irrefutable, porque incluso el acto de negarlo lo confirma.
Pero ¿la identidad del pensador? Incierta. ¿La realidad del mundo? No demostrada. Todo lo que realmente sabemos con absoluta claridad es que algo está sucediendo, y que implica pensamiento.
Pero ahora planteamos una pregunta mucho más profunda; una que Descartes nunca aborda del todo: ¿por qué debería existir algo en absoluto? ¿Por qué debería haber pensamiento, o materia, o tiempo, o movimiento, o cualquier cosa? ¿Por qué no la nada? Esta pregunta inquietante es la que nos lleva a nuestro siguiente desafío.
Descartes muestra que el pensamiento es innegable; ahora consideramos por qué existe algún ámbito, sea mental o material, en el que el pensamiento ocurre.
Comencemos con lo que se sabe: algo existe. No necesariamente “tú”, no necesariamente este mundo, pero algo. Hay alguna forma de ser, alguna realidad, por incierta o abstracta que sea.
Y dentro de ese algo, hay pensamiento. El pensamiento está ocurriendo, y eso es innegable. Puede ser fugaz o confuso, pero el “evento” del pensar es real. Así que ahora no estamos preguntando quién o qué existe. En su lugar, estamos formulando la pregunta más profunda: ¿por qué debería existir algo?
¿Por qué hay ser? ¿Por qué no la nada?
Esta es la pregunta que genera el argumento cosmológico, una antigua línea de razonamiento que rechaza el “simplemente porque sí” como respuesta válida.
El universo podría haber sido de otra manera. O no haber sido en absoluto. Tú podrías no haber existido nunca. Las leyes de la naturaleza podrían haber sido diferentes. Los átomos no tenían por qué organizarse en galaxias, rocas, árboles, abejas y sistemas nerviosos. Sin embargo, aquí están. Aquí estás tú. A eso se le llama contingencia; la cualidad de ser dependiente, condicional, no necesario. Y el argumento cosmológico simplemente pregunta: ¿puede toda la realidad ser contingente?(5)
¿Qué sostiene a todo el sistema si cada parte se apoya en otra cosa? En algún punto, debemos llegar a la roca madre, al fundamento, a la fuente; a algo no contingente. Algo que no simplemente resulta ser, sino que debe ser. De lo contrario, hemos construido el universo y nuestro concepto de la realidad sobre una cadena infinita de explicaciones prestadas; como intentar colgar un candelabro de una serie interminable de ganchos, cada uno colgando del siguiente, pero ninguno anclado al techo.
No necesitamos teología para esta parte, solo lógica y razonamiento puro.
Esa cosa necesaria, ese “algo” que no depende de nada más para existir, es lo que entendemos por un Ser Necesario. Y en la tradición judía(7) y en las tradiciones monoteístas similares, ese Ser es Dios.
No un Dios con forma humana. No un habitante del cielo barbudo y canoso que lanza rayos; sino una Fuente pura, necesaria y sustentadora. El Ser mismo.
Rav Saadia Gaón(8) argumentó a favor de un Ser Necesario hace mil años. Maimónides lo perfeccionó aún más.(9) En la década de 1940, Gödel(10) desarrolló una versión en lógica modal del argumento ontológico, que más tarde fue formalizada y verificada por computadoras. Pero sus supuestos son controvertidos, y su conclusión se superpone con el argumento cosmológico aquí presentado.
Algunas personas intentan evitar la cuestión por completo diciendo: “Tal vez el universo sea simplemente un hecho bruto”. Pero si aceptas hechos brutos, realidades inexplicables y arbitrarias, entonces has abandonado la razón misma. Has dicho: “Algunas cosas simplemente son. No te molestes en preguntar por qué”.
Todo el proyecto de la ciencia, la filosofía y el significado se basa en la idea de que todas las cosas suceden por razones. El argumento cosmológico no lo prueba todo. No nos dice nada sobre los mandamientos, ni sobre el amor, ni sobre el pacto. No explica el sufrimiento ni la profecía ni lo que Dios quiere de nosotros.
Pero nos permite superar el primer obstáculo. Nos dice esto: algo necesario existe; algo que debe ser y de lo cual depende todo lo demás.
Hemos cubierto mucho material con bastante rapidez. Hagamos un breve repaso mental.
Pero ahora surgen preguntas más profundas: ¿de qué clase de “algo” estamos hablando? ¿Es este Ser Necesario una fuerza? ¿Una ley? ¿Una conciencia? ¿Poderoso? ¿Perfecto? Si dejamos de hacer estas preguntas, entonces nos hemos detenido justo antes de la línea final.
El argumento ontológico retoma exactamente donde termina el argumento cosmológico. Busca determinar cómo es el “ser necesario”.
Y aquí está su sorprendente conclusión: si algo existe necesariamente, independiente de cualquier otra cosa, ilimitado y autosustentado, entonces, por definición, debe ser perfecto.
¿Por qué?
Porque los límites implican dependencia en algo más.
Si algo es limitado, entonces ese límite debe provenir de algún lugar. Si es imperfecto, entonces algo debe estar reteniendo o restringiendo su perfección. Y si algo más está imponiendo esa restricción, entonces la cosa ya no es absolutamente necesaria, está condicionada por algo más allá de sí misma.
Pero un Ser Necesario no puede ser causado, moldeado ni restringido por nada más. Debe contener su realidad plena dentro de Sí mismo; ilimitado, sin fronteras, sin restricciones.
Así que no solo debe existir. Debe ser la mayor clase de existencia posible.
Perfección. Perfección absoluta.
No es un deseo, es lógica.
Para ser claros, no se trata de desear que Dios sea perfecto. Se trata de comprender qué significa realmente la palabra “necesario”.
La existencia necesaria no es solo un estatus. Es una naturaleza. Un ser necesario no puede dejar de existir, no puede depender de nada y no puede carecer de nada. De lo contrario, no sería necesario, sería contingente, como todo lo demás.
Por lo tanto, la necesidad conduce de manera natural a una serie de conclusiones sobre el Ser:
Esa es la posición ontológica; no que la perfección sea probable, poética o tradicional, sino que es exigida por la lógica si el ser en cuestión existe verdaderamente de manera necesaria.
Se oye una objeción:
“¡Un ser perfecto debe existir! ¿Qué? No puedes simplemente definir algo para que exista. El hecho de que digas que es perfecto no hace que así sea”.(12)
Si eso fuera lo que estuviéramos haciendo, tendrías razón. Pero ese no es el argumento que presentamos. No estamos definiendo a Dios para que exista. Estamos preguntando: si algo existe necesariamente, ¿cómo debe ser ese algo?
Y la respuesta es: debe ser máximamente real; máximamente actual; máximamente completo. Perfecto.
El Ser Necesario ya no es solo una fuerza abstracta. Es un Ser Perfecto. Y si es perfecto, entonces debe tener todos los atributos de la perfección: Conciencia. Inteligencia. Voluntad. Además de todos los demás atributos de la Perfección.
La perfección no es mecánica. No es ciega. Incluye conocimiento, agencia y bondad. Lo que significa que este Ser; aquel cuya existencia ya hemos concluido que debe ser, no es solo una condición de fondo para el universo. No es un “Eso Perfecto” amorfo.
Es un Quién Perfecto.
Esto no prueba al Dios de Abraham. Ni al Dios del Sinaí. Ni al Dios de la Torá. Pero nos acerca enormemente. Nos dice que el fundamento de la existencia no es un vacío indiferente ni un mecanismo ciego. Es una mente perfecta, necesaria e ilimitada, una Fuente Consciente de todas las cosas.
Por lo tanto, un ser necesario debe ser ilimitado.
Por lo tanto, el ser necesario debe ser Perfecto y personal. Este, en breve, es el argumento ontológico. No solo existe algo, sino un Alguien Perfecto.
Estas ideas pueden parecer increíblemente abstractas, pero nos obligan a enfrentar, a veces por primera vez, algo profundamente personal: no podemos dar la existencia por sentada. Existir no es trivial. Exige una explicación. Y a medida que seguimos retirando las capas de la percepción, llegamos a una posibilidad aún más inquietante: no solo somos contingentes, sino que incluso nuestro sentido de la realidad puede ser completamente poco fiable.
La Alegoría de la Cueva de Platón, las Meditaciones de Descartes y los argumentos cosmológico y ontológico no son meros experimentos mentales antiguos. Cada uno confronta una posibilidad perturbadora que resuena tanto en la ciencia moderna como en la cultura popular: que la realidad misma pueda ser ilusoria. La película taquillera The Matrix (1999) lleva la idea a su extremo último, representando un mundo en el que la mayor parte de la humanidad está atrapada sin saberlo en una simulación. Lo que las personas ven, oyen y tocan no es real; es una construcción digital generada por avanzadas máquinas superinteligentes.
Neo, el protagonista de la película, intuye que algo anda mal con el mundo. Cuando de repente se enfrenta a la elección entre la ilusión y la verdad, decide perseguir la verdad, toma la píldora roja y despierta a una realidad mucho más compleja e inquietante de lo que jamás imaginó.
Pero esto no es mera ciencia ficción. Hoy en día, varios filósofos y físicos de la corriente principal toman en serio la posibilidad de que nuestro universo pueda ser en sí mismo una especie de simulación, al menos como una hipótesis digna de análisis.
La física contemporánea ofrece una teoría intrigante, inquietantemente reminiscente de la cueva de Platón. Llamada el Principio Holográfico, surge de la investigación de los agujeros negros,(13) y ha reformulado nuestra comprensión del cosmos.
Cuando un objeto cae en un agujero negro, las leyes de la física clásica parecen decir que su información (el plano de lo que es y de cómo estaba organizado) se pierde para siempre. Pero la física cuántica insiste en que la información no puede simplemente desaparecer. Este choque llevó a físicos como Stephen Hawking, Gerard ’t Hooft y Leonard Susskind a una conclusión sorprendente: toda la información sobre lo que cae en un agujero negro no se destruye, sino que queda codificada en la superficie del agujero negro, el horizonte de sucesos.
Si eso es demasiado abstracto, imagina arrugar un periódico y arrojarlo a una chimenea. El papel se quema, y las llamas se retuercen, se elevan, parpadean y cambian de forma. Pero ahora imagina que esta chimenea no es solo un lugar donde las cosas combustionan, sino que se comporta como un agujero negro. En este caso hipotético, cada parpadeo de la llama codifica algo sobre lo que fue incinerado. El papel y la tinta se destruyen, pero de alguna manera las llamas llevan un rastro de cada letra, cada pliegue, cada detalle, escrito en su superficie parpadeante. Esto es lo que propone el principio holográfico: que todo lo que hay dentro de un agujero negro no se pierde, sino que se codifica en el horizonte de sucesos.
El salto asombroso: si esto es válido para los agujeros negros, ¿qué pasa con todo el universo? El Principio Holográfico propone que todo el universo tridimensional, el espacio-tiempo(14) y todo lo que contiene, podría no ser más que una proyección desde un límite bidimensional distante. Nuestra realidad, con su profundidad y riqueza, sería como un holograma:(15) una ilusión tridimensional que surge y se proyecta a través de datos bidimensionales.(16)
Eso me suena mucho a metafísica.
Para conceptualizar mejor un holograma, piensa en la etiqueta de seguridad iridiscente de las tarjetas de crédito: una superficie delgada y plana que brilla en 3D y contiene la información necesaria para confirmar su autenticidad. En un sentido cósmico, nuestro “espesor” y “sustancia” podrían ser proyecciones desde una pantalla cósmica ultradelgada y lejana, proyectándonos en una realidad tridimensional percibida.
Esta teoría no es mera especulación. Los físicos la toman en serio, explorando la naturaleza del espacio, el tiempo y la información. Si el universo es holográfico, lo que vemos, sentimos y experimentamos puede ser solo “sombras” de una realidad más profunda y fundamental, tal como lo imaginó Platón.
Notas:
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