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Cómo un padre judío rescató a su hija del orfanato de la iglesia

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12/07/2022 | por Shlomo Horwitz

Durante el Holocausto, las monjas escondieron niños judíos. Pero en algunos casos, después no quisieron devolverlos.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en 1939, Iehoshúa Milansky* un exitoso mayorista de Vilna, tenía tres hijas pequeñas. Su esposa había fallecido antes de la guerra y él criaba solo a las niñas: Ita, Shira y Rajel. Rajel era la más pequeña y ocupaba un lugar especial en su corazón porque le habían dado el nombre de su amada madre.

Después de invadir Polonia al comienzo de la guerra, los nazis avanzaron hacia Lituania e invadieron la gran ciudad de Vilna, la Jerusalem de Lituania, un centro de estudios judaicos durante siglos.

En junio de 1941, los judíos fueron obligados a mudarse a un gueto y Iehoshúa y sus hijas hicieron lo mejor posible para sobrevivir. Muy pronto los nazis liquidarían el gueto de Vilna, por lo que Iehoshúa encontró a gentiles honestos (antiguos conocidos de su negocio) que accedieron a esconderlo a él y a sus dos hijas mayores. Estos gentiles no tenían nada que ganar y todo que perder, pero de todos modos decidieron ayudar a Iehoshúa como una forma de agradecerle por todos los años en que él los había ayudado en cosas de negocios. Durante los duros años entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, Iehoshúa se negó a aprovecharse y subir sus márgenes de ganancia a expensas de sus desesperados clientes. En cambio, él lo utilizó como una oportunidad para ser un “kidush Hashem”, un modelo ejemplar, sin saber que también estaba “invirtiendo” en la supervivencia de su familia.

Mientras que la situación era tolerable para Iehoshúa y sus hijas mayores, cuidar a Rajel era insostenible debido a que era muy pequeña. La alternativa era una muerte casi certera, lo que le dejó Iehoshúa una única opción, algo casi impensable: entregarla al orfanato de una iglesia, donde sería cuidada, física y espiritualmente, por monjas católicas.

Las mojas, quienes ya estaban escondiendo a otros niños judíos, le aseguraron que cuidarían a Rajel y la devolverían a la familia después de la guerra.

Las monjas, quienes ya estaban escondiendo a otros niños judíos, le aseguraron que cuidarían a Rajel y la devolverían a la familia después de la guerra. Él besó y abrazó a la pequeña Rajel, y con gran tristeza vio a su nueva “familia” llevarse a la pequeña a su nuevo hogar.

Mientras duró la guerra, Iehoshúa cuidó a sus dos hijas mayores, Ita y Shira, pasando secretamente de casa en casa en condiciones inimaginables. Milagrosamente, lograron mantenerse vivos. Rajel nunca estuvo lejos de sus pensamientos y nunca perdió una oportunidad de mandarle un mensaje, aunque eso implicaba lidiar con contrabandistas y otros personajes menos nobles, que durante el Holocausto se las arreglaron no sólo para sobrevivir sino también para prosperar.

En mayo de 1945 los judíos fueron liberados y Iehoshúa no perdió tiempo en regresar a Vilna con sus hijas para recuperar a Rajel. Mientras estaba allí, se encontró con otros sobrevivientes, incluyendo a su prima Java Lea, una “parienta favorita” de las hijas de Iehoshúa antes de la guerra.

Corrió al orfanato y tocó con entusiasmo el timbre. Cuando salió una de las monjas, él le dijo: “Mi nombre es Iehoshúa Milansky. Antes de la guerra les confié a mi hija Rajel. Quiero que me lleve con ella para poder llevarla conmigo y reunirla con sus hermanas”.

La monja empalideció y lo miró con incredulidad. El 95% de los 200.000 judíos de Lituania habían sido exterminados por los nazis. Sin embargo, allí estaba uno de los judíos de Vilna, exigiendo que le devolvieran a su hija. Muchas iglesias tenían protocolos establecidos para esta clase de situación. En vez de arriesgarse a perder un alma ya “prometida” a la iglesia, ella le dijo que desafortunadamente Rajel ya no estaba allí. La habían descubierto y había sido exterminada.

Iehoshúa no tenía consuelo. Su querida Rajel… ¡muerta! “¡¿Está segura?!”, preguntó.

“Si. Lo siento mucho”.

En estado de shock, Iehoshúa le pidió a su prima Java Lea que lo ayudara a encontrar a Rajel. Durante las siguientes semanas regresaron al orfanato varias veces a revisar cada habitación y cada edificio. Pero no había rastros de Rajel.

Desalentado, Iehoshúa decidió aceptar la realidad de la situación, irse con sus hijas mayores a Palestina y convertirse en parte de un sueño llamado “Israel”. En su última noche en Vilna tuvo un sueño inquietante.

En el sueño se le presentó su madre, Rajel, por quien habían dado el nombre a su hija. Ella le dijo dos frases concisas: “Rajel is noch dorten. ¡Fohr nisht! - Rajel sigue allí. ¡No viajes!”

Su difunta madre se le presentó en un sueño y le dijo que su hija aún estaba viva en el orfanato.

Iehoshúa se despertó sobresaltado. No podía creer lo que acababa de ocurrir. Su difunta madre le acababa de decir que su hija aún estaba viva en el orfanato. ¿Podía ser verdad? ¿O era sólo su subconsciente dándole falsas esperanzas?

No podía irse sin descubrirlo. Esa mañana, le contó su sueño a Java Lea y ella sugirió que en vez de regresar solos a la iglesia, pidieran que los acompañara un policía militar.

Los policías militares estaban dispuestos a ir más allá del deber cuando se trataba de ayudar a quienes habían sufrido de las atrocidades nazis, por lo que accedieron a mandar a uno de sus hombres. Los tres tocaron el timbre del orfanato. La monja que abrió la puerta se sorprendió al ver a Iehoshúa y Java Lea. ¿No se suponía que debían estar camino a Palestina? Al verlos en compañía de un policía militar se puso visiblemente nerviosa. "¡Ya les dije que su hija está muerta! ¡Ella no está aquí!”, dijo la monja con menos seguridad.

Incluso antes de que terminara de hablar, los ojos de Java Lea se fijaron en una fila de abrigos de niñas colgados en un vestidor que se veía desde afuera. Una fila de abrigos que las monjas sentían que ahora era seguro regresar a su lugar habitual.

“¡Creo que ese es el abrigo de Rajel!”, gritó Java Lea.

“¿Cómo podrías saber eso?”, preguntó la monja.

En el abrigo había dos letras apenas distinguibles, una reish y una mem, las iniciales en hebreo de Rajel Milansky.

“¡Por esto!”, dijo Java Lea mientras levantaba el cuello del abrigo y señalaba dos letras bordadas en hebreo. Eran dos letras apenas distinguibles, una reish y una mem, las iniciales en hebreo de Rajel Milansky. Java Lea, una talentosa costurera, había cosido el abrigo como regalo para Rajel y había bordado esas letras en el cuello.

Animado por el descubrimiento del abrigo, Iehoshúa –en compañía de Java Lea y del policía militar– ignoraron la consternación de la monja y revisaron cuidadosamente el orfanato, habitación tras habitación, así como las áreas ocultas que no habían revisado en búsquedas anteriores.

Su perseverancia y fe dio frutos y encontraron a Rajel. Ella apenas reconoció a su padre, quien había envejecido visiblemente durante los últimos años en que estuvieron separados. Se abrazaron y Iehoshúa dijo: “Es hora de irse, Rojele. Nuestra familia se ha reunido”.

Iehoshúa tenía nuevamente a sus tres hijas. Después de llegar a Palestina (y estar presentes cuando se declaró el Estado de Israel), se casó con su prima Java Lea y tuvieron una cuarta hija, Feiga. Java Lea trató a las hijas de Iehoshúa como propias y construyeron una vibrante familia judía en Israel.

Rajel y su esposo eventualmente llegaron a los Estados Unidos, en donde Rajel vive hoy en día, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos. Por décadas, el abrigo de Rajel con las iniciales identificadoras fue guardado en la familia, hasta que estuvo completamente gastado. Ella tiene en el comedor una foto de su abuela –y tocaya–, “Tzu darmonen as deh gantzeh leben is a cholim – para recordarnos que toda la vida es un sueño”.


*El apellido ha sido cambiado por petición de la familia. Escuché la historia directamente del hijo de Rajel, un buen amigo mío. 



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