Estados Unidos cumple 250 años


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Yo era absolutamente atea, hasta que una cena de Shabat lo cambió todo.
Estaba acostada en la cama, mirando el techo, pensando en la oscuridad silenciosa y eterna que enfrentaría cuando muriera.
Era atea y creía que, cuando llegara mi hora, no iría ni al cielo ni al infierno. Esos eran conceptos inventados para que las personas se sintieran mejor sobre sus vidas tristes y miserables.
Me consideraba madura, ilustrada. No creía en cuentos de hadas como la Biblia o Dios.
Pero tenía que admitir que me molestaba la idea de la nada eterna.
Crecí en un hogar cristiano secular en Baltimore. Mi familia celebraba la Navidad y la Pascua, y a veces iba a la iglesia con mi abuela católica, pero nunca me gustó. Me aburría sentada en los incómodos bancos, escuchando al sacerdote hablar sobre quién sabe qué. Lo único que disfrutaba era cuando todos cantaban las canciones que conocía de "Cambio de hábito".
Cuando era pequeña, creía en Dios de manera innata. Pensaba que era un anciano en el cielo, quizás con barba. Y aprendí que uno debía rezarle cuando necesitaba algo.
Cuando mis padres no se llevaban bien, rezaba para que no se divorciaran.
Pero lo hicieron.
Luego, cuando mi abuela paterna, mi mejor amiga, de repente se enfermó, recé para que no muriera.
Pero murió.
Mi fe empezó a tambalearse.
A los 12 años, cuando fui a un campamento de verano, mi amiga me dijo: “Yo no creo en Dios. Él no existe”.
Esa posibilidad nunca me había cruzado por la mente. Pero ahora, pensé, tenía sentido.

Ninguna de mis plegarias funcionó. Las historias de la Biblia parecían locas. Si antes existían milagros, ¿por qué no ocurrían hoy en día?
Así que a los 12 años decidí que era atea. Dios no existía, y estaba segura de ello.
Pasé la siguiente década luchando contra la depresión y la ansiedad, y me culpaba por estar tan deshecha. Pensaba: “Tengo control total sobre mi vida. Si las cosas no van bien, es completamente mi culpa”.
Tuve una gran crisis tras una ruptura durante mi último año de universidad. Al mismo tiempo, estuve enferma varias semanas con bronquitis, tuve que abandonar una clase, y mi pasantía en The Daily Show con Jon Stewart, donde soñaba trabajar, terminó abruptamente. Estaba en medio de una crisis existencial. ¿Qué iba a hacer con mi vida ahora que me graduaba?
Eso era lo que tenía en mi cabeza la noche que asistí a un show de comedia en Brooklyn y conocí a Daniel, un comediante judío que había sido pasante en The Colbert Report. Él había tenido una mala experiencia allí y conectamos por nuestras fracasos en Viacom.
Daniel me agradó de inmediato; era divertido, amable y judío. La mayoría de mis amigos y parejas eran judíos. Por alguna razón siempre me había sentido más cómoda con ellos. Sentía que con ellos podía ser realmente yo misma.
Unos meses después, Daniel y yo comenzamos a salir. Vivíamos en Brooklyn, éramos jóvenes y pobres. Un día no teníamos dinero para cenar y él dijo: “Deberíamos ir a un lugar llamado Jabad. Dan cena gratis los viernes por la noche.” Acepté.

El rabino y su familia nos recibieron y mientras me sentaba a la mesa con judíos de distintos trasfondos, escuchando al rabino hablar y comiendo deliciosa jalá, sentí un calor en el pecho que nunca antes había sentido.
¿Así se siente uno al conectarse con Dios?
Cuando terminó la cena y nos fuimos, le pregunté a Daniel: “¿Podemos volver la próxima semana?”
Seguimos yendo a Jabad y alternábamos con la casa de sus padres para Shabat. Cuanto más aprendía sobre judaísmo, más comenzaba a creer de nuevo en Dios. El judaísmo respondía a mis grandes preguntas de la vida, como: “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” Aprendí que Dios tiene un plan mayor, que existe más de un mundo y debemos tener fe y confiar en que Dios sabe lo que hace, por difícil que nos resulte.
Eventualmente decidí que me iba a convertir al judaísmo.
Encontré una sinagoga ortodoxa en Greenpoint, Brooklyn (Greenpoint Shul) donde ofrecían clases de conversión. Pero Daniel no estaba muy entusiasmado. Él había dejado de practicar el judaísmo después de ser expulsado de la ieshivá por malas notas en estudios seculares.
“No quiero volver a un estilo de vida ortodoxo,” dijo. “No encajaba. No me querían.”
Pero yo estaba decidida. Seguí asistiendo a clases y un día él apareció… para gritarle al rabino y hacerme parar con esta conversión ortodoxa.
Mientras estaba frente al rabino, enumerando sus quejas del judaísmo ortodoxo y cómo no quería volver a ser arrastrado a ello, el rabino escuchó pacientemente. Cuando Daniel terminó, le dijo: “Entiendo por qué estás tan molesto. Fuiste tratado injustamente, y si me pasara a mí, también dudaría. Yo crecí siendo ortodoxo y todavía lo soy. Ahora que eres adulto, puedes hacer lo que quieras y convertirlo en una experiencia más positiva. Nuestra clase siempre está abierta para ti. Pero si te vas y decides no volver nunca, lo entenderé completamente”.
Finalmente, alguien había escuchado y comprendido a Daniel. El mensaje del rabino caló en él.
La semana siguiente, cuando yo estaba en clase, Daniel llegó y se sentó a mi lado. Después, siguió yendo cada semana y comenzó a recordar lo que amaba del judaísmo. Volvió a ponerse tefilín, colocó una mezuzá en su puerta, empezó a comprar carne kasher y cenar conmigo en Shabat.
Lo que más me gustaba del judaísmo era el estudio. Podías hacer pregunta tras pregunta y debatir cualquier tema. Todo tenía sentido para mí. Por ejemplo, yo había pensado que los milagros ya no ocurrían, pero sí ocurren si miras la vida con ojos nuevos. Dar a luz era un milagro. La gravedad era un milagro. Era un milagro que despertara cada mañana.
Aprendí a ser agradecida y valorar la vida. Empecé a dar gracias a Dios por la oportunidad de vivir otro día. No tenía control total. Era mi responsabilidad hacer lo correcto, pero también creer que Dios tenía un plan para mí y que si las cosas no salían como yo quería, debía confiar en que eso era lo mejor.
Completé mi conversión cinco años después de empezar, eligiendo el nombre hebreo Ronit Ora. Ora significa luz, y Ronit significa cantante feliz o gozosa. Daniel me dijo que eligiera un nombre hebreo que simbolizara quién aspiraba a ser; yo quería ser una luz feliz y dichosa para el mundo.
Cuando me convertí, sentí que me convertía en quien siempre debía ser. Las almas de los conversos estuvieron en el Sinaí, recibiendo la Torá con el resto de la nación judía. Mi alma judía viajó generaciones para llegar a mí.
Mi esposo y yo en el Muro Occidental
Durante mi proceso de conversión, un sobreviviente del Holocausto me preguntó: “¿Por qué elegir ser parte de un pueblo tan odiado?”
Le respondí: “No es una elección. Me estoy convirtiendo en quien siempre debí ser”.
Me convertí en el 2015 y me casé con Daniel, quien había vuelto completamente al judaísmo. Ahora vivimos en Pico-Robertson, Los Ángeles, una comunidad increíble, llena de personas generosas y maravillosas.
Al convertirme al judaísmo, no solo afirmé mi identidad, sino que también me uní al grupo de personas más resiliente y generoso que continúan inspirándome cada día.
Hace unas semanas, estaba acostada en la cama con Daniel, abrazando a nuestros tres hijos, acariciando su cabello y viéndolos dormir plácidamente. Eran perfectos.
Pensé en lo sola, ansiosa y llena de temor que solía sentirme.
Ahora, tenía todo esto. Me sentí abrumada de gratitud.
Mi vida pasó de blanco y negro a color. De la oscuridad a la luz. De lo sombrío a lo hermoso.
Qué milagro.
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Imagen del título por Jonah Light.
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Bellísima hiatoria
Yo vivo en Buenos Aires Argentina. Soy Judío Masorti observante. Se puede hacer la conversión como ortodoxo en este país, agradecería la respuesta.