Cómo una profesora de música de secundaria salvó a los judíos de Siria

11/03/2026

6 min de lectura

La asombrosa historia real de una profesora de música de Toronto que orquestó en secreto una operación internacional que rescató a más de 3.000 judíos.

En 1972, Judy Feld Carr, profesora de música en una escuela secundaria de Toronto, se topó con un artículo en el Jerusalem Post que relataba la trágica muerte de 12 jóvenes judíos sirios que intentaban huir de Siria cruzando un campo minado hacia Turquía.

“Vi el artículo y no pude superarlo”, recordó Carr en una entrevista telefónica con el Post 34 años después de esa publicación decisiva. Hija de un comerciante de pieles de Sudbury, Ontario, ella no podía quedarse de brazos cruzados mientras la comunidad judía siria sufría. “Mi difunto esposo y yo decidimos que teníamos que hacer algo al respecto.” Y lo hizo. De manera espectacular. Durante los siguientes 28 años, Carr dirigió desde su casa en Toronto una operación internacional de contrabando, con códigos secretos elaborados, reuniones con agentes extranjeros y sobornos considerables a funcionarios sirios, que logró rescatar a 3.228 judíos de la persecución.

Desde Toronto, Carr dirigió una operación internacional que rescató a 3.228 judíos.

Gran parte del trabajo de Carr sigue siendo secreto. “Incluso hoy, hay más cosas ocultas que conocidas, y todavía no podemos exponer en detalle muchos de los rescates de [Carr]”, señaló un artículo en IICC Magazine, la revista del Centro de Patrimonio y Conmemoración de la Inteligencia Israelí. Editada por el general de brigada (de reserva) Efraim Lapid, ex alto funcionario de inteligencia de las FDI, la revista citó “fuentes extranjeras que revelaron que Carr estuvo involucrada en la creación de una red de información secreta y segura con conexiones extensas”, tanto con “fuentes oficiales y secretas en Israel como con fuentes privadas en los Estados Unidos”.

La historia comenzó como una iniciativa filantrópica local. Conmovidos por el artículo, Carr y su esposo, el Dr. Ronald Feld, organizaron conferencias y una jornada de estudio sobre los judíos de Siria. Los participantes aprendieron sobre la persecución que sufrían los judíos sirios por parte de los árabes locales y el régimen, parte de la cual continúa hasta hoy. Se enteraron de los pogromos de 1947, cuando turbas árabes destrozaron casas y sinagogas en la comunidad judía de Alepo, con 2.500 años de antigüedad; de las leyes de los años 40 que prohibían a los judíos comprar tierras; de la vigilancia de la policía secreta (Muhabarat) en el barrio judío de Damasco; de los arrestos y torturas de los judíos que intentaban abandonar el país; y del hecho (citado en un informe del 2001 del Departamento de Estado de los Estados Unidos) de que los judíos eran la única minoría en Siria cuya religión figuraba en sus pasaportes y documentos de identidad.

Pero una vez que comprendieron el problema, “no sabíamos qué hacer”, dijo Carr. “Así que decidimos hacer lo que mejor conocíamos de nuestra campaña por los judíos soviéticos. Decidimos llamar a Siria”. Tardaron casi tres semanas (“Estábamos a punto de rendirnos”) y necesitaron la ayuda de una operadora telefónica judía marroquí en Montreal para finalmente lograr una llamada a Siria. “Los sirios cortaban la línea a Canadá en cuanto preguntábamos por un judío”, recordó Carr.

Finalmente ella logró comunicarse con la casa de una mujer judía que trabajaba para la Muhabarat. Por suerte, el esposo de la mujer era el único en casa en ese momento, y aunque la llamada desde Canadá “casi le provoca un infarto”, le reveló el nombre y la dirección del Rabino Ibrahim Hamra, quien luego sería el Gran Rabino de Siria.

Después de esa jugada inicial, Carr y su esposo supieron “que no podíamos volver a llamar, y que tampoco era una buena idea enviar una carta. Así que se nos ocurrió enviar un telegrama en francés [idioma ampliamente hablado en Siria] preguntando si el Rabino Hamra necesitaba libros religiosos. Pagamos por anticipado la respuesta”. Diez días después llegó la contestación: una verdadera lista de compras de libros judíos. Así comenzó la comunicación de Carr con la comunidad judía siria.

Aunque su esposo murió repentinamente de un infarto en 1973, dejándola sola con tres hijos, Carr mantuvo y fortaleció su frágil contacto con los judíos de Siria. En 1977 se casó con Donald Carr, quien se convirtió en su confidente y apoyo, y uno de los pocos en el mundo que conocían sus actividades clandestinas.

La sinagoga Beth Tzedec de Toronto, la más grande de Canadá, creó el Fondo Dr. Ronald Feld para los judíos en tierras árabes, y Carr utilizó donaciones a ese fondo para financiar su trabajo. “No teníamos gastos generales, ni directores ejecutivos, ni salarios. No hacíamos cenas, ni cócteles, ni recaudaciones,” recordó. “Solo imprimíamos tarjetas de agradecimiento.” Aun así, recibió ayuda financiera silenciosa de judíos en toda Norteamérica. “Se difundió de boca en boca por todo Canadá, desde Columbia Británica hasta Terranova. Luego hubo un fondo en Baltimore que enviaba su dinero”, comentó.

Al principio, el fondo “era sólo un vínculo con el Rabino en Damasco, y luego con Rabinos en Alepo y Kamashli”, las únicas tres ciudades en Siria donde a los judíos se les permitía residir legalmente, y aun así estaban confinados a guetos, sin poder tener autos ni viajar. “Los Rabinos querían libros, tefilín, talitot”, relató Carr.

Pronto, los telegramas y los envíos de judaica se convirtieron en un código.

“Empecé a insertar palabras en los telegramas, como ‘¿quién está en prisión?’”, explicó. “Y el Rabino contestaba con un nombre oculto dentro de mi dirección.”

Para verificar que el Rabino recibía los libros, Carr escribía un versículo de los Salmos dentro de uno, y el rabino Hamra respondía con el siguiente. Eventualmente, los versículos se convirtieron en una forma de discutir eventos, y Carr empezó a recibir noticias y actualizaciones de la comunidad. A medida que el código se desarrollaba, incorporó elementos adicionales, como términos de la cocina china y nombres de bebidas alcohólicas. Carr era apodada “Gin”.

La operación se expandió a Alepo cuando otra mujer de Toronto, Hanna Cohen, cuyo hermano era Rabino en Alepo, decidió visitarlo, “arriesgando su vida”. Carr recordó que Cohen fue arrestada e interrogada, pero luego regresó a Canadá. Traía escondida en su ropa una carta “de los Rabinos de Alepo suplicando por libros y suplicando salir de Siria”.

Así fue creciendo la red. A través de judíos sirios que habían escapado a Canadá por su cuenta, Carr desarrolló una red de contactos dentro y fuera de Siria. Se comunicaba con funcionarios del gobierno sirio, jueces e incluso oficiales de la Muhabarat, todos motivados por la posibilidad de ganar dinero “vendiendo judíos” a Judy Carr.

Carr tenía agentes dentro de Siria, Turquía y El Líbano para trasladar judíos a salvo a Israel o a otros países.

Ella utilizó esta red para “rescatar a los judíos, pagar a los que facilitaban la fuga y negociar precios”. Canalizaba el dinero para sobornos a través de terceros y negociaba personalmente la liberación de los judíos. Con la cooperación de los servicios secretos de Israel, Carr tenía agentes listos en Siria, Turquía y El Líbano para recoger a los judíos que escapaban y llevarlos a salvo a Israel u otros destinos.

Una de las historias más interesantes de Carr no trata sobre personas, sino sobre un manuscrito bíblico antiguo e invaluable: el Códice de Damasco (Keter), producido en Burgos (España) en 1260 y llevado a tierras musulmanas por los judíos que huían de la Inquisición. El Códice fue sacado de contrabando de Siria por un agente de Carr, oculto entre pilas de documentos. Hoy se encuentra en la Biblioteca Nacional de Israel en Jerusalem.

Durante todo el tiempo en que Carr trabajaba encubiertamente para rescatar a los judíos sirios, también presionaba a funcionarios canadienses, diplomáticos y organizaciones judías, sin revelar sus actividades. Todos subestimaban a la mujer con la que trataban, viéndola como una activista amateur abordando asuntos que la superaban.

“Nunca tuve publicidad. Tenía que ser una operación totalmente secreta”, dijo. “Los medios mundiales no miran a Canadá salvo por el pronóstico del clima, así que nadie sabía lo que yo hacía.” Eso cambió a fines de los años 90.

Itzjak Rabin le agradeció por su “duro y peligroso trabajo”.

En 1999, el historiador Harold Troper de la Universidad de Toronto, transformó la historia de Carr en un libro: The Ransomed of God: The Remarkable Story of One Woman’s Role in the Rescue of Syrian Jews (reeditado en 2007 como The Rescuer). En mayo del 2001 fue investida con la Orden de Canadá, el más alto honor del país. Su historia fue “de drama y suspenso internacional”, según la oficina del Gobernador General de Canadá, que elogió su “altruismo y preocupación por los demás”. También ha sido reconocida en el mundo judío, aunque con menos prestigio. El fallecido primer ministro Itzjak Rabin le agradeció por su “duro y peligroso trabajo” en una carta de 1995, añadiendo que Israel y los judíos sirios “nunca podrán recompensarle como merece”. También recibió el Premio Simon Wiesenthal a la Tolerancia, la Justicia y los Derechos Humanos.

Pero Carr, hoy una abuela de 13 nietos, escapa de la publicidad. La mayoría de los que rescató no saben quién despejó su camino hacia la libertad desde la lejana Toronto.

“He asistido a algunas bodas y bar mitzvás sirios en Israel y Brooklyn”, dijo con timidez. “No me gusta el kavod [honor], porque me hacen pasar bajo la jupá (palio nupcial), y ahí descubren quién fui, y eso no es necesario. No es necesario.” Carr sigue en contacto con los Rabinos de las comunidades y con aquellos a quienes rescató de cárceles sirias y ayudó a huir a América del Norte, América del Sur e Israel.

“Di un discurso en São Paulo antes de Rosh Hashaná, y allí algunas personas se levantaron y dijeron: ‘Judy, ¿no me reconoces? Tú me sacaste por la ruta de escape’” Uno de ellos era un Rabino sefardí que aún llevaba consigo un libro de rezos con la caligrafía de Carr.

“Se disculpó porque conocía mis reglas [de no llevar objetos religiosos identificables en la ruta de escape],” dijo con orgullo, “pero dijo que lo guardó en el bolsillo al salir, y le ha traído buena suerte”.


Este artículo apareció originalmente en el "Jerusalem Post".

Haz clic aquí para comentar sobre este artículo
guest
0 Comments
Más reciente
Más antiguo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
EXPLORA
ESTUDIA
MÁS
Explora
Estudia
Más
Contacto
Lenguajes
Menu
Donar
Únete a nuestro newsletter
Redes sociales
.