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¿Contar o No Contar?

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26/08/2012 | por Jack Botwinik

Como al embrión mismo, queríamos mantener la noticia envuelta y protegida.

Todos se reunieron alrededor del monitor de la computadora para echar un vistazo a la pequeña Ámbar y comentar sobre cuán tierna es, ¡y cómo se parece a su madre! Ese día más temprano, habíamos invitado a mi compañera de trabajo Julia a un relajado almuerzo, y le habíamos entregado una tarjeta llena de mensajes de felicitaciones junto con una mantita rosada. Esto fue seguido por la repartición de torta de chocolate en la sala de reuniones.

Yo estaba muy feliz y entusiasmado por mi compañera de trabajo, pero me impresionó el hecho de que Ámbar ni siquiera había nacido.

Comparé la imagen del ultrasonido de Julia con una que había visto hace tan sólo una hora atrás en el hospital – la de mi propio bebé. El mío era solamente tres semanas más pequeño que Ámbar, no tenía nombre, y su sexo aún no era conocido. Para mí, las dos imágenes eran indistinguibles – cada una mostraba cinco dedos por mano, una cabeza grande, un torso amorfo. Ambos eran fetos genéricos, sin personalidad y sin ninguna característica que los hiciera parecer únicos.

Aunque mi esposa tenía siete meses de embarazo, nadie en mi lugar de trabajo sabía del embarazo. De hecho, la mayoría de nuestros amigos y parientes aún no lo sabía. Como al embrión mismo, queríamos mantener la noticia envuelta y protegida.

"¡Oye Jack!, ¿cómo están los pequeños?", un colega que no había visto en las últimas semanas me gritó desde el otro lado de la sala, un día antes de la fecha que yo había planeado decirle finalmente a mi jefe.

"Todos están bien, gracias por preguntar".

"¿Tienes cuatro, cierto?".

"Así es, gracias a Dios".

"¿Alguno más en camino?".

Sin querer mentir, titubeé y respondí evasivamente: "Me encantan los niños, pero estas cosas no dependen de mí. Dependen de un Poder Superior, una Inteligencia Superior".

"Oh…" replicó él, "¿Te refieres a tu esposa?".

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Momentos para Callar y Momentos para Hablar

Después de unas sinceras "felicitaciones" y de preguntar cuántos meses de embarazo tenía mi esposa, vino la inevitable reacción de ojos abiertos de mi jefe, "¡¿quieres decir que lo mantuviste en secreto todos estos meses?!".

"En realidad, no era un secreto", tartamudeé. "Mi esposa sabía… Además, a diferencia de Julia, yo tenía la opción de ocultarlo…"

Le dije a mi jefe que estábamos esperando un bebé dos meses antes de la fecha de parto.

Sentí como que necesitaba disculparme con mi jefe, como que necesitaba justificar mi bien pensada decisión de mantener las emocionantes noticias para nosotros hasta dos meses antes de la fecha de parto.

Intenté explicar que en mi cultura, no hacemos alarde de las cosas, no damos las cosas por sentado, y no atraemos al "mal de ojo". Y que la única razón por la que le estaba diciendo a mi jefe en ese momento era para que tuviera suficiente tiempo para buscar un reemplazo mientras yo estaba en licencia por paternidad.

"Así que, ¿te gustaría una celebración – como hicimos para Julia?", inquirió con sensibilidad. "Puedo comprar una torta casher, y…"

"Aprecio su consideración", interrumpí yo, "y seguramente una pequeña celebración sería adecuada, pero no antes de que el bebé nazca".

"De hecho, en mi comunidad judía, ni siquiera decimos ‘felicidades’ cuando nos enteramos del embarazo. Expresamos nuestro deseo de que el bebé y la madre estén sanos, que el parto sea sin complicaciones, y que el bebé llegue en un momento favorable" - agregué.

Más tarde, mientras la noticia se propagaba como un fuego descontrolado, un compañero de trabajo (un cristiano religioso) se me acercó y dijo: "Rezaré por ti". Ese fue el mejor – y de hecho el único – tipo de reacción que necesitaba o quería en ese momento.

No Dar las Cosas por Sentado

Retener la gran noticia para nosotros fue un ejercicio con respecto a no dar las cosas por sentado. En mi comunidad judía, las personas hacen sólo las preparaciones mínimas para un nacimiento; compran solamente las cosas esenciales inmediatas, como unos cuantos pañales de recién nacido y quizás una lata de formula para bebés. Desde una perspectiva psicológica, esto hace sentido inminente. Imagina un futuro padre – lleno de emoción y expectativa – que tiene una pérdida (Dios no lo quiera). Imagina su devastación – y cómo ésta sería agravada por el llegar a casa luego del hospital y ver una cuna vacía, junto con el nombre del bebé bordado hermosamente en un suave almohadón.

Retener la gran noticia es también un acto de modestia que nos concede una medida de protección Divina. La Torá dice que "Dios ordenará la bendición para ti en tus depósitos escondidos" (Deuteronomio 28:8), lo que implica que una vez que las cosas se hacen visibles a los ojos, están más a la merced de las fuerzas de la naturaleza.

Un Ejercicio en Sensibilidad

En un mundo ideal, traer una nueva alma al mundo es una alegría para toda la humanidad. Pero no vivimos en un mundo ideal.

Hay muchas personas – tanto mujeres como hombres – que ansían desesperadamente tener un hijo. Añoran experimentar la paternidad, el poder sostener y abrazar a un bebé llorando a quien puedan llamar propio. Pero por alguna razón, esta bendición les ha sido negada, y es una situación sumamente dolorosa. Otros aún están solteros y sienten la ansiedad de su reloj biológico haciendo tic-tac. Cuando casualmente alardeamos de nuestros hijos, agregamos a su dolor. Cierto, ellos no deberían estar abrigando tales sentimientos de envidia. Pero dado que somos humanos, es natural que las bendiciones de una persona puedan provocar resentimiento en aquellos que se sienten privados de ellas.

Para mi esposa y para mí, no revelar nuestro pequeño secreto fue un ejercicio de sensibilidad y preocupación.

Parte integral de vivir en este mundo es ser receptivo de las sensibilidades emocionales de otros. Para mi esposa y para mí, no revelar nuestro pequeño secreto a la mayoría de nuestros parientes y amigos fue un ejercicio no solamente de autodisciplina, sino de sensibilidad y preocupación.

Además del dolor que podríamos causar a otros, la energía negativa que emana de sus corazones, ya sea intencional o no, puede trabajar en nuestra contra. Es por eso que somos tan cuidadosos de "proteger" a un pequeño feto – quien es sumamente frágil y susceptible incluso a la menor barrera que pudiese impedir su adecuado desarrollo.

En el Momento Apropiado

Ahora bien, cabe preguntarse ¿a quién contarle? y ¿cuándo hacerlo?

Las reglas sociales indican que le deberíamos contar primero a aquellos que son más cercanos a nosotros. Pero hay una condición: debe haber un propósito en contar.

La pauta que mi esposa y yo seguimos fue contarle a aquellos que era más probable que estuvieran genuinamente felices por nosotros – familia y amigos cercanos, aquellos que ya tienen hijos, o jóvenes recién casados.

Por otro lado, no hicimos nada especial para ocultar la noticia de todos los demás. Si la conversación naturalmente llevaba a eso, estaba perfectamente bien revelarlo. Eso no era alardear – era respetar la relación.

Al mismo tiempo, no necesitamos hacer nada especial para hacerle saber a todo el mundo sobre el floreciente tesoro que había en nuestra pancita. Las personas se darían cuenta a su debido tiempo.




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