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Creados a imagen de Dios

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14/06/2020 | por Rav Ken Spiro

El judaísmo le regaló al mundo la creencia en un solo Creador infinito del universo que es el Padre de toda la humanidad, sin importar nuestro color de piel.

Un aspecto positivo de la pandemia de COVID-19 fue que de repente, todos los paises se unieron en una batalla contra el enemigo microscópico que amenaza a todo el mundo. El virus invisible nos obligó a tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad compartida y de la necesidad de trabajar juntos por un bien común. El enemigo no reconoce fronteras ni le importan razas ni credos. Se trata de la raza humana contra el COVID-19.

La muerte de George Floyd cambió todo. Literalmente de un día a otro, las diferencias sembraron desunión y división, especialmente en los Estados Unidos, donde el país se quebró y quedó más dividido que nunca durante el último medio siglo.

La ciencia nos dice que genéticamente todos los seres humanos somos un 99,9% idénticos. Entre tú, yo y cualquier otra persona del planeta, hay un 0,01% de diferencia fisiológica. La antropología enseña que todos los homo sapiens se originaron en el mismo lugar (África) y migraron a través de los milenios a todos los rincones del planeta. Las diferencias raciales que vemos hoy (caucásicos, personas negras, orientales, etc.) son producto de un largo período de separación y adaptación a diferentes climas y áreas geográficas. En definitiva, pese a las diferencias superficiales del color de nuestra piel, ojos y cabello, en realidad todos formamos parte de una gigantesca familia y somos remarcablemente similares.

Los orígenes de este entendimiento de una ascendencia común se remontan a mucho tiempo antes de la ciencia moderna. Hace 3.700 años, en el Medio Oriente, un hombre llamado Abraham trajo al mundo un concepto radical: la creencia en el Monoteísmo, es decir, que hay un Creador infinito del universo que es el Padre de toda la humanidad. Entre todos los seres humanos existe una igualdad fundamental porque todos fuimos creados a imagen de Dios.

La misión de Abraham no fue sólo enseñarle al mundo sobre la existencia de un único Dios sino también enseñar que tenemos un destino común. El mundo está unido por los valores y los principios universales entregados por Dios. En pocas palabras, esta es la misión judía mesiánica para la humanidad.

Llevó miles de años, pero este concepto del monoteísmo ético transformó la visión y los valores del mundo y sirvió como la base ideológica de la evolución política de gran parte de la civilización moderna, como lo define claramente la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de 1776:

“Sostenemos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres fueron creados iguales, que su Creador les otorgó ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

En la práctica no funcionó exactamente como se lo predicó. La mayoría de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, incluso Thomas Jefferson, poseían esclavos, y su implementación práctica probó ser una lucha larga y difícil. Pero esta declaración contiene el concepto de la igualdad como el principio fundamental de la democracia liberal.

Tampoco para el pueblo judío fue siempre fácil practicar lo que predica. Las divisiones han plagado al pueblo judío durante milenios. (Todos conocemos el chiste de que un judío que se encuentra solo en una isla desierta construye dos sinagogas. Una en la que reza y otra a la que se niega a entrar). Pasamos demasiado tiempo prestando atención a aquello que nos divide y no suficiente tiempo mirando lo que nos une. Tenemos que recordar que quienes odian a los judíos no hacen esas distinciones.

Quizás los eventos recientes que sacudieron al mundo pueden servir como una advertencia y un llamado para despertarnos respecto a que necesitamos hacer un cambio de paradigma respecto a cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. En vez de focalizar la atención en las diferencias que sólo provocan divisiones, tenemos que concentrarnos en todo lo que tenemos en común.

Sería bueno que recordáramos las sabias palabras de Rabí Akiva, que son tan relevantes hoy como cuando fueron escritas hace unos 2.000 años (Pirkei Avot 3:14):

“Amado es el ser humano porque fue creado a imagen de Dios. Especialmente es amado porque se le hizo saber que fue creado a imagen de Dios, como está escrito: ‘Porque a imagen de Dios hizo al hombre’ (Génesis 9:6). Amado es Israel porque fueron llamados los hijos de Dios… como está escrito: ‘ustedes son los hijos de Hashem, su Dios’ (Deuteronomio 14:1). Amado es Israel porque se le entregó un objeto precioso (la Torá). Especialmente amados son porque se les hizo saber que se les dio un objeto valioso a través del cual fue creado el mundo, como está escrito: ‘Les doy buenas instrucciones, no abandonen mi Torá’ (Proverbios 4:2)”
 




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