Estados Unidos cumple 250 años


2 min de lectura
No son bonitas. Empiezan cuando abandonamos la fachada de autosuficiencia y admitimos que no podemos con todo, que no sabemos sostenerlo ni arreglarlo.
Las plegarias más verdaderas que conozco no son poesía. No fluyen suavemente en una dulce melodía de alegría, asombro y gratitud. No tienen rima, ni aliteraciones, ni metáforas. Las plegarias más verdaderas que conozco no son bonitas.
Las plegarias más verdaderas son cartas arrugadas y sudorosas, con manchas, apretadas en manos sucias, urgentes y repetitivas. Son un grito ahogado y entrecortado, el llanto de un bebé en medio de la noche. Abrázame, aliméntame, ámame.
Las plegarias más verdaderas son las que nos obligan a mirarnos por dentro, a esos rincones oscuros que no queremos ver, a esas tendencias que rara vez reconocemos. Se quiebran en medio de una frase, con la voz trabada por el llanto. La plegaria más verdadera comienza cuando finalmente dejamos de lado la fachada de autosuficiencia y reconocemos que no podemos. No podemos con todo. No sabemos manejarlo. No podemos arreglarlo.
La plegaria más verdadera es admitir que somos pequeños, necesitados y temerosos. Se ofrece como la mano de un niño que se estira, se aferra y aprieta con fuerza. Con una confianza dolorosamente vulnerable, indefensa y anhelante. La plegaria más verdadera dice: Necesito. No puedo. Por favor, ayúdame. Eres mi única esperanza. Por favor. Por favor. Por favor.
No me gusta esta clase de plegaria. Me incomoda admitir mi carencia, mi incapacidad y mi dependencia. Me obliga a reconocer que no tengo nada para ofrecer, ninguna moneda de cambio con la cual negociar. No tengo nada que aportar. ¿Quién quiere sentirse tan pequeño?
Pero pienso en mis hijos pequeños cuando me dan regalos: gomas de borrar usadas, figuritas adhesivas que ya no se pegan. Me las ofrecen y sus rostros parecen decir: Acepta esta humilde ofrenda, este diente de león marchito, este dibujo doblado y descolorido. Acéptalo con amor, porque es todo lo que soy capaz de dar. Es todo lo que puedo ofrecer. Pero es todo lo que tengo, y eso debe valer algo.
Y pienso que cuando rezo, quizá yo soy ese niño, ofreciendo nada al Único que lo tiene todo, esperando que Él lo reciba con favor simplemente porque me ama.
La plegaria más verdadera me obliga a reconocer, de verdad y para siempre, que todo lo que tengo es esta relación. La confianza y la esperanza de que Dios me ama, verdaderamente me ama, como un padre ama a un hijo. Incluso cuando sé que soy imperfecto, difícil de amar y aún no redimido. Incluso entonces Él me ama. Incluso cuando yo no me amo a mí mismo, Él me ama.
Y me pregunto cómo eso es posible. ¿Puede Aquel que conoce mis pensamientos —incluso las partes más pequeñas y mezquinas de mí— realmente considerarme digno de Su favor?
Pero vuelvo a pensar en mis propios hijos. ¿Acaso no los amo incluso cuando son difíciles de amar? ¿Cuando son imperfectos y todavía están creciendo? Claro que sí. Los miro y veo obras en proceso, almas en camino de convertirse en aquello que están destinadas a ser, y quiero ayudarlos, guiarlos, darles lo que necesitan para crecer. ¿Será así como Él me ve a mí?
No soy sabia; esto es todo lo que sé sobre la plegaria. En el lugar donde la desesperación se transforma en dependencia, donde finalmente admitimos nuestra necesidad, encontramos conexión. Y cuando ofrecemos nuestras pequeñas ofrendas con confianza y fe, despertamos el amor de Aquel que nos creó, que insufló vida en nosotros, que nos ama.
En nuestra oscuridad más profunda, las plegarias más verdaderas son las que nos traen luz.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
Hermoso..... entender que cuando oras con el alma destruida y con el corazon en miles de pedazos y no sentir nada, un silencio que duele mas, pero al fin escuchar de alguien mas que somos esos niños que no tenemos nada grande que valga la pena ofrecer, pero que tan solo miramos con ojos de que "ya no puedo mas.... no soy nada.... ayudame" y saber que ese pensamiento de "sera que de algo sirve" tambien alguien mas lo pensó y que de pronto no soy la unica en este mundo que se siente así y que de verdad es un grito de auxilio porque estas tan abajo que ya no puedes salir....