¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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Este año, Rosh Hashaná comienza en total silencio: sin shofar alguno. Esto es lo que ese silencio puede enseñarnos sobre la fe y tu esencia interior.
Hay momentos en los que, de repente, tomamos conciencia de nuestra respiración. Un diagnóstico aterrador, una llamada telefónica en medio de la noche, la espera de noticias sobre alguien a quien amamos, un incidente antisemita que antes parecía inimaginable: el pecho se nos oprime, el corazón se nos acelera y la respiración se vuelve superficial.
En esos momentos, instintivamente respiramos hondo.
Al entrar en Rosh Hashaná, a muchos de nosotros nos vendría bien respirar hondo. Los últimos años han sido implacables: el 7 de octubre y sus secuelas, una guerra prolongada, el enfrentamiento con Irán, el aumento del antisemitismo en todo el mundo y una creciente sensación de que ya no podemos dar por sentado lo que antes dábamos por sentado. Estamos agotados.
Y eso sin siquiera entrar en nuestras vidas personales. Algunos esperan encontrar a la persona con quien casarse, anhelan tener un hijo, atraviesan una enfermedad, cuidan de padres que envejecen, tienen dificultades con sus hijos, se preocupan por el dinero o cargan con un dolor íntimo que nadie más puede ver. Estamos funcionando, moviéndonos, haciendo lo que hay que hacer, pero a veces cuesta respirar.
Quizá por eso uno de los mensajes más importantes de Rosh Hashaná sea tan sencillo: recuerda respirar. No como una técnica de meditación o una tendencia de autoayuda, sino por la manera en que la Torá describe la creación del primer ser humano, el acontecimiento mismo que conmemoramos en este día:
«Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus fosas nasales el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente».
La vida comenzó con un aliento.
El cuerpo ya estaba formado, los órganos estaban allí y la infraestructura física estaba completa. Pero Adán aún no estaba vivo. La vida comenzó con un aliento.
El Néfesh HaJaim, una obra clásica del pensamiento judío, se centra en la inusual expresión de la Torá: vaipaj beapav, Dios «sopló» en Adán. Cuando una persona sopla, el aire sale de lo más profundo de su interior. La Torá nos dice algo profundo sobre nosotros mismos: nuestra neshamá, nuestra alma, proviene del lugar más profundo de todos: de Dios mismo. Nuestra neshimá, nuestra respiración, nos orienta hacia nuestra neshamá, nuestra alma.
Esa conexión vuelve a aparecer en las últimas palabras de los Salmos: «Kol haneshamá tehalel Kah, que toda alma alabe a Dios». Los Sabios oyen otro significado en esas palabras: Al kol neshimá uneshimá sheadam noshem, tzarij lehalel laKadosh Baruj Hu, por cada respiración que una persona toma, debe alabar a Dios. Cada respiración es un regalo, pero quizá haya algo más. Respirar no es simplemente algo por lo que alabamos a Dios. La respiración misma puede convertirse en una expresión de fe.
Cuando entramos en pánico, nuestra respiración se vuelve superficial y rápida. Cuando nos sentimos amenazados o abrumados, a menudo nuestro cuerpo lo sabe antes de que nuestra mente se dé cuenta. El corazón se acelera, los músculos se tensan, la respiración cambia. Precisamente por eso las personas que trabajan bajo una presión extrema utilizan la respiración controlada.
Los SEAL de la Armada utilizan un método llamado «respiración cuadrada»: inhalar por la nariz durante cuatro segundos, contener la respiración durante cuatro, exhalar durante cuatro, volver a contenerla durante cuatro y repetir. El peligro no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es la capacidad de mantener la calma suficiente para responder en lugar de solo reaccionar.
La emuná, la confianza en Dios, no significa que no vaya a ocurrir nada aterrador, ni que todo se desarrolle según lo planeado, ni que finjamos que el peligro y el dolor no existen. La emuná significa recordar, incluso desde el lugar más estrecho, que no estamos solos. A veces, una respiración deliberada es en sí misma un acto de emuná: un momento para volver a conectar nuestra respiración (neshimá) con nuestra alma (neshamá) y recordar la Fuente de ambas.
En Rosh Hashaná, todo ese recorrido tiene una expresión física: el shofar. Es un instrumento extraordinariamente sencillo: sin cuerdas, sin lengüetas, sin teclas. No produce ningún sonido por sí mismo. Toma nuestro aliento y lo amplifica. Cuando soplamos el shofar desde lo más profundo de nuestro ser, regresamos al aliento original de la creación, declarando que, debajo de todas las distracciones, los errores, las ansiedades y la distancia del año pasado, el aliento que Dios sopló en nosotros sigue allí.
Cuando soplamos el shofar desde lo más profundo de nuestro ser, regresamos al aliento original de la creación.
Este año trae un giro. El primer día de Rosh Hashaná cae en Shabat, así que no habrá shofar. Recitaremos los versículos sobre él, recordaremos sus sonidos, reflexionaremos sobre su significado y la sala permanecerá en silencio.
Quizá ese silencio transmita su propio mensaje. El shofar puede estar callado, pero seguimos respirando. El instrumento no suena, pero el aliento que habría pasado por él sigue dentro de nosotros. Tal vez Dios nos esté pidiendo que encontremos el mensaje del shofar antes incluso de escucharlo. ¿Podemos encontrar el aliento sin el shofar? ¿Reconocer el alma sin necesitar que el sonido nos despierte? ¿Recordar quién nos insufló vida, incluso en el silencio?
El segundo día, cuando por fin escuchemos el shofar, ese aliento pasará por la abertura estrecha y saldrá por el extremo ancho. La forma del instrumento cuenta la historia por sí sola —estrecha, luego ancha—, haciendo eco de las palabras de los Salmos: «Clamamos desde la estrechez y buscamos amplitud». Pasamos de sentirnos atrapados a encontrar espacio, de la falta de aire a la respiración.
Incluso los sonidos siguen la misma trayectoria. Comenzamos con la tekiá, un sonido largo, entero y firme. Luego vienen los shevarim quebrados, que evocan los momentos en que la vida nos quiebra y se nos corta la respiración. A veces se transforma en la teruá, sonidos breves y entrecortados que suenan casi como la respiración de la ansiedad. Pero nunca terminamos ahí. Después de los sonidos quebrados viene otra tekiá. El quebranto no tiene la última palabra. El pánico tampoco. Regresamos a la plenitud y terminamos con la tekiá guedolá: un último aliento sostenido.
Respirar es estar vivo. Pero Rosh Hashaná plantea algo más grande: ¿estamos vivos solo biológicamente o también espiritualmente? ¿Vivimos deliberadamente o solo reaccionamos constantemente? ¿Estamos conectados con la Fuente de nuestro aliento o demasiado distraídos por el ruido como para recordar de dónde viene nuestra vida?
¿Estamos conectados con la Fuente de nuestro aliento o demasiado distraídos por el ruido como para recordar de dónde viene nuestra vida?
Nuestro mundo no lo pone fácil. Estamos encorvados frente a las pantallas, sepultados bajo notificaciones, noticias de última hora, chats grupales, correos electrónicos e infinitas razones para indignarnos o tener miedo. Rara vez nos quedamos quietos el tiempo suficiente para respirar profundamente antes de ir en busca de lo siguiente. Tal vez ese sea el regalo oculto de este Rosh Hashaná inusual: un primer día silencioso, sin shofar que nos despierte de golpe, solo la calma de Shabat y una oportunidad para notar el aliento que Dios sigue poniendo dentro de nosotros, instante tras instante.
Antes de preguntarnos qué lograremos este año, quizá deberíamos preguntarnos algo más básico: ¿qué nos está dando vida realmente? ¿Qué llena nuestros pulmones y nuestras almas, y para qué estamos viviendo?
En Rosh Hashaná, conmemoramos el cumpleaños de la humanidad regresando a su primer momento. Dios sopló en Adán y Adán cobró vida. Este año, antes de que siquiera suene el shofar, podemos respirar lentamente una vez y recordar: estamos vivos, nuestras vidas son regalos y hay un alma dentro de cada uno de nosotros que ningún fracaso, ninguna distracción, ninguna decepción ni ningún año difícil pueden apagar. No controlamos lo que sucederá después. Pero sabemos quién nos dio este aliento y quién estará con nosotros ante todo lo que venga.
El mundo todavía puede sentirse estrecho. Hay motivos reales para preocuparnos, desafíos reales por delante, enemigos reales, problemas reales que no podemos hacer desaparecer con solo desearlo. La emuná no consiste en fingir que la estrechez no existe. Es creer que hay amplitud al otro lado y que Dios nos está llevando hasta allí.
Así que, en algún momento del primer día de Rosh Hashaná, cierra los ojos durante unos segundos y respira lentamente. Inhala durante cuatro segundos, contiene la respiración durante cuatro, exhala durante cuatro, contiene la respiración durante cuatro. Con la primera respiración: Dios me dio la vida. Con la segunda: Dios está conmigo. Con la tercera: no tengo que controlarlo todo. Con la cuarta: puedo afrontar lo que traiga este año.
Luego, el segundo día, cuando por fin suene el shofar, escúchalo de otra manera. Escucha tu propio aliento en su clamor: el mismo aliento que Dios sopló por primera vez en Adán, el que aún sigue dándonos a cada uno de nosotros. Escucha cómo pasa de la abertura estrecha a la ancha, llevando nuestra plegaria de que, sea lo que sea que nos depare este año, tengamos la fe, la fortaleza y la presencia para afrontarlo.
Que este sea el año en que volvamos a nuestro aliento y, a través de él, volvamos a nosotros mismos y a Dios.
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