Nuestra Sinagoga fue atacada y nuestros hijos estaban observando


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El vínculo entre el judaísmo y Jerusalem es antiguo e inquebrantable, en el día más triste del año y en todos los demás días.
En agosto de 1870, el estadista estadounidense William H. Seward (exgobernador, senador y secretario de estado de Abraham Lincoln) emprendió un viaje de 14 meses alrededor del mundo junto con su hija adoptiva, Olive Risley Seward. Visitaron Japón, China, Indonesia, India, el Levante y Europa, y al regresar en el otoño de 1871, comenzaron a trabajar en un libro sobre sus viajes. El volumen, de casi 800 páginas (Los Viajes de William H. Seward Alrededor del Mundo) se publicó en 1873 y se convirtió en un éxito de ventas.
Hace poco adquirí una copia del libro de Seward y me conmovió especialmente su descripción de lo que vio en Jerusalem, una descripción aún más pertinente esta semana, que culminará en el día más triste del calendario judío.
En Tishá BeAv, el noveno día del mes de Av, ocurrieron muchas de las peores calamidades de la historia judía. En esa fecha, en el año 586 AEC, las fuerzas babilónicas destruyeron el Primer Templo en Jerusalem, que había sido el centro de la vida judía durante cuatro siglos. Eventualmente se reconstruyó un Segundo Templo, solo para ser destruido por las legiones romanas en la misma fecha, en el año 70 EC. Aquella destrucción desató el asesinato masivo y la esclavitud de judíos más grave hasta el Holocausto nazi en el siglo XX.
Judíos rezando en el Muro de los Lamentos en Jerusalem, por Johann Martin Bernatz (1868)
Otros desastres han coincidido con el 9 de Av. Entre ellos la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290 y la mucho más catastrófica expulsión de todos los judíos de España en 1492, salvo aquellos que aceptaron ser bautizados. La Primera Guerra Mundial comenzó en Tishá BeAv de 1914, poniendo en marcha los acontecimientos que llevarían al ascenso de Hitler. Y en esa misma fecha fatídica, en 1941, el comandante nazi Heinrich Himmler recibió autorización para desarrollar la “Solución Final”, la campaña de Alemania para exterminar a los judíos de Europa.
Ninguna fecha en la vida judía está tan impregnada de dolor. Durante más de 2.000 años, los judíos observantes han marcado este día ayunando, sin comer ni beber durante 25 horas. En sinagogas de todo el mundo, las familias se reúnen al anochecer para comenzar el ayuno sentándose en el suelo y leyendo el Libro de las Lamentaciones, una colección de desgarradores lamentos por la (primera) destrucción de Jerusalem y la Diáspora que le siguió.
Cuentan que Napoleón pasó frente a una sinagoga en el noveno día de Av y preguntó la razón ando de los sollozos que podía oír desde dentro. Al saber que los judíos lloraban por un Templo y una ciudad destruidos 18 siglos antes, se dice que comentó que una nación capaz de llorar su pérdida durante tanto tiempo un día volvería a florecer en su tierra.
La historia sobre Napoleón puede ser apócrifa. No así la visita de Seward a Jerusalem en el verano de 1871 ni lo profundamente conmovido que quedó al ver la tristeza de los residentes judíos de la ciudad ante la degradación de su ciudad eterna.
En tiempos de Seward, Jerusalem formaba parte del Imperio Otomano, una superpotencia islámica, y lo había sido durante siglos. Sin embargo, como señaló Seward, los judíos constituían el grupo demográfico más grande de la ciudad.
Durante 3.000 años ha existido una presencia judía casi ininterrumpida en Jerusalem.
“Los mahometanos [es decir, los musulmanes] son 4.000 y ocupan el barrio noreste, incluyendo toda el área de la Mezquita de Omar”, escribió. “Los judíos son 8.000 y tienen el barrio sureste... Los armenios suman 1.800 y tienen el barrio suroeste; y los otros cristianos, que ascienden a 2.200, tienen el barrio noroeste, que da al Valle de Hinom”. Hoy en día, los propagandistas palestinos se esfuerzan por retratar a los judíos como intrusos en Jerusalem. En realidad, durante 3.000 años ha existido una presencia judía casi ininterrumpida en la ciudad. La población de Jerusalem ha sido mayoritariamente judía al menos desde principios del siglo XIX.
El exsecretario de estado relató que él y sus acompañantes pasaron su último día en Jerusalem “entre y con los judíos, quienes fueron los constructores y fundadores de la ciudad, y quienes se aferran a ella aún más debido a sus desastres y desolación”. Era un viernes por la tarde, el único día de la semana en que a los judíos se les permitía el acceso al Muro Occidental, y Seward los vio “derramando sus lamentaciones por la caída de su amada ciudad y orando a Dios por su restauración”. Con lluvia o con sol, continuó, ellos están allí cada viernes sin falta:
“[E]llos se reúnen a una hora temprana, viejos y jóvenes, hombres, mujeres y niños pequeños… los pobres y los ricos, con sus mejores trajes, tan discordantes como las diversas naciones de las que provienen.
Están acompañados por sus rabinos, cada uno trayendo cuidadosamente preservado y lujosamente encuadernado el texto del Libro de las Lamentaciones de Jeremías, ya sea en sus respectivos idiomas o en el hebreo original. Durante muchas horas vierten sus quejas, leyendo y recitando el lenguaje poético del profeta, golpeando sus manos contra el muro y bañando las piedras con sus besos y lágrimas. No es un mero ritual formal. Durante las varias horas que fuimos testigos de ello, no hubo un solo acto de irreverencia o indiferencia”.
Conmovido por lo que había visto, Seward escribió que pocos estadounidenses podrían apreciar “la solemnidad y la profundidad del dolor y el sentimiento piadoso exhibidos” por los judíos con los que se sentó. ¿Habría podido imaginar que, dentro de un siglo, los judíos serían el poder soberano en Jerusalem, o que los otomanos, como todos los demás imperios que gobernaron Jerusalem durante la larguísima historia del pueblo judío (hititas, babilonios, griegos, persas, romanos, mamelucos, cruzados) se desvanecerían en la oscuridad? Quizás no. Pero no cabe duda de que los judíos que observó aquel día, “bañando las piedras con sus besos y lágrimas”, sí lo habrían creído.
Porque los judíos nunca dejaron de creerlo. Las palabras desgarradoras del Salmo 137 dicen: “Si me olvido de ti, oh Jerusalem, que mi mano derecha olvide su destreza”. Ningún pueblo ha tenido un vínculo tan perdurable con una ciudad. El vínculo entre el judaísmo y Jerusalem es antiguo e inquebrantable, en el día más triste del año y en todos los demás días.
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