Estados Unidos cumple 250 años
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Cuando intentaba acomodar mi bolsa demasiado grande en el pequeño compartimento superior del avión hacia Cleveland, escuché un gruñido enojado detrás de mí. Entonces me di cuenta que la caja de mi sombrero, sujeta a la mochila, estaba golpeando la cara de un hombre adulto en el asiento trasero. Giré y vi a un veterano militar de unos 60 años, duro y tatuado, mirándome fijamente. Empecé a disculparme con insistencia y miré el número del asiento: 19E. Yo estaba en 19F.
Me volví hacia él y sonreí: “¡Vaya, ahora tiene que sentarse junto a mí durante todo el vuelo!”
Una sonrisa reticente pero sincera apareció en su rostro. “Perfecto, simplemente perfecto”, murmuró, todavía sonriendo.
Seguí bromeando: “¡Al menos puedes devolverme codazos durante dos horas!” Antes de sentarme, ya estábamos encaminados hacia la cordialidad, posiblemente incluso hacia una amistad. Le pregunté por sus tatuajes (era médico de combate) y le agradecí su servicio. Le conté que mi padre había estado en la Marina.
Durante la conversación, me habló de su cuñada, católica convertida en rabina reformista. Le pregunté si era católico practicante. Respondió: “No necesito hablar con un hombre si quiero hablar con Dios”. Le di una palmada amistosa en el brazo: “¡Eso es lo que yo digo!”
Al ver que estaba tratando con un hombre con mucha experiencia de vida, con opiniones firmes y bien fundamentadas, seguí adelante y le pregunté: “¿Cuál fue la mayor lección que aprendió al ser médico de combate?”. Me respondió: “Tener un corazón de servicio”.
Me encanta esa expresión: “un corazón de servicio”. Tengamos este tema en mente al adentramos en la parashá de esta semana.
Dios ordena a Moshé: “Haz un censo de los hijos de [la familia levita de] Guershón”.(1) La palabra hebrea para “hacer un censo” es Nasó. Pero curiosamente, en casi todos los demás contextos la palabra nasó significa “levantar” o “elevar”, como vemos en los versículos donde se usa “nassu” para decir “ellos cargarán (los paneles)”.(2) Por lo tanto, Rashi explica que aquí Nasó no SOLO significa elevar, sino TAMBIÉN contar.(3)
Esta no es solo una coincidencia lingüística. La Torá podría haber usado la palabra pekudei, como en otros lugares, si simplemente hubiera querido referirse a la cuenta.
El Maharal de Praga explica que la elección de la palabra nasó” señala algo significativo: los levitas no estaban simplemente siendo contados; estaban siendo elevados.(4) Designados para transportar los objetos sagrados del Tabernáculo, estos hombres recibieron no solo una tarea, sino una transformación. Su identidad cambió al aceptar el peso del servicio divino sobre sus hombros, literalmente, al cargar el santuario desarmado a través del desierto.(5)
Este censo elevó a estos hombres a un nuevo nivel de responsabilidad para traer la presencia de Dios a nuestro mundo mediante su servicio de transportar, montar y desmontar el Tabernáculo.
Este tema del nombramiento que eleva continúa más adelante en la parashá, cuando los príncipes de las tribus traen ofrendas al Tabernáculo. Curiosamente, la palabra que la Torá utiliza para “príncipe” es nasí. Suena familiar, porque proviene de las mismas letras raíz que nasó, que hemos definido como un ascenso a un nivel superior de responsabilidad.
Un nasí, un líder judío, no es simplemente alguien carismático, ambicioso o fuerte. Un líder judío es alguien que asume responsabilidad por sus semejantes, que eleva a quienes lo rodean. Y al elevar a los demás, él mismo es elevado.
La Torá refuerza esta idea al describir el trasfondo de estos príncipes: “Los príncipes de Israel… ellos eran los jefes de las tribus” (Números 7:2). ¿Por qué recalcar “eran los príncipes de las tribus”? Rashi explica: estos príncipes “actuaron como capataces sobre las tribus en Egipto, pero aceptaron ser golpeados para ahorrar sufrimiento a sus hermanos”. Es decir, estos líderes ganaron su posición al arriesgar su propia seguridad para proteger a los demás.
El mensaje de la Torá es claro: quien asume responsabilidad por otros, incluso a costa de su propia vida, es elevado; se convierte en líder; se convierte en un nasí.
Cuando me comprometí, me impactó el consejo de Rav Shlomo Wolbe a los novios sobre dónde enfocar su atención el día de la boda. En lugar de sugerir pensamientos sobre el amor o los futuros hijos, Rav Wolbe enseñaba a sus alumnos a contemplar simplemente la palabra hebrea para matrimonio: “nisuín”. Al igual que nasó, esta palabra significa cargar, elevar, llevar con paciencia. Ese es el rol del esposo en el matrimonio.(6) Cuando un hombre se casa, los estados de ánimo, las necesidades y las particularidades de su esposa pasan a ser su responsabilidad sagrada.(7) Él aprende a llevarlos no como cargas, sino como privilegios, como oportunidades para trascender su tendencia natural al egocentrismo. A través de esa paciencia (savlanut), se convierte en alguien capaz de verdadera intimidad y crecimiento.
Esta responsabilidad lo transforma. El hombre que emerge después de años de matrimonio ha desarrollado músculos de compasión y tolerancia que no pueden adquirirse de ninguna otra manera.
Este tema de la responsabilidad expandida recorre el ciclo de vida de cada judío. Un niño nace completamente egoísta y dependiente de los demás, pero la Torá nos guía a través de círculos cada vez más amplios de obligación en cada etapa de la vida.
Finalmente, si aspira a convertirse en un verdadero líder, un nasí, asume responsabilidad por todo el pueblo judío. Una vida vivida según los valores de la Torá progresa desde un corazón de egoísmo hacia un “corazón de servicio”.
Aunque el judaísmo ofrece muchos caminos para cultivar este “corazón de servicio”, quiero sugerir una práctica especialmente accesible que ya forma parte de nuestra rutina diaria: rezar en plural.
La Amidá, la plegaria central del judaísmo, utiliza constantemente el lenguaje en plural: “perdónanos”, “sánanos”, “bendice nuestro año”. Si rezamos con conciencia, este hábito diario reconfigura nuestra mente. Al situarnos de forma constante dentro de la comunidad mediante el lenguaje, reeducamos gradualmente nuestra percepción de “yo” a “nosotros”. Es un ejercicio de neuroplasticidad espiritual: pequeño, pero profundamente transformador si se practica de forma constante.(8)
Esta semana, prueba este micro-hábito: antes de tu próxima Amidá, tómate un momento para recordar que tus plegarias incluyen a todo el pueblo judío y, en última instancia, a toda la humanidad. Luego avanza, llevando esa conciencia ampliada a cada bendición.
Que cada uno de nosotros pueda adquirir un “corazón de servicio” y convertirse en nesiim de nuestra generación.
Inspirado por las enseñanzas de Rav Beryl Gershenfeld, Rosh Ieshivá de Majon Yaacov y fundador y director ejecutivo de Meor.
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