Cuando la rectitud no es suficiente

19/10/2025

4 min de lectura

Noaj (Génesis 6:9-11:32 )

Nóaj: una isla de rectitud en un océano de maldad; un faro solitario de moralidad en un mundo enloquecido. Sin embargo… ¿celebramos a Nóaj como uno de los patriarcas? ¿Lo vemos como el modelo de ser humano que aspiramos ser? No. De hecho, la mayoría de los comentarios consideran la historia de Nóaj como un relato de advertencia. Un relato que nos muestra que, a veces, la rectitud no es suficiente. Pero, ¿exactamente en qué falló Nóaj? ¿Qué más se podría esperar de un hombre que logró una notable rectitud personal en una generación de total depravación?

Nuestra primera pista de que hay más de lo que parece está en la transformación de la forma en que la Torá describe a Nóaj. Lo encontramos como un "Ish tzadik", un hombre justo. Sin embargo, al final de su vida, la Torá lo llama "Ish HaAdamá", un hombre de la tierra. Consideremos, en contraste, el caso de Moshé, quien primero se presenta como "Ish mitzrí", un hombre de Egipto; pero al final de su vida, Dios lo describe como un "Ish Elohim", un hombre de Dios. ¿Qué podrían indicar estos cambios de título sobre estos dos protagonistas?

Aún más revelador es cómo la Torá describe la relación de Nóaj con lo Divino: "Nóaj caminó con Dios". Pero de Abraham está escrito que "caminó delante de Dios." Rashi, el más grande de todos los comentaristas de la Torá, explica este contraste de manera contundente: Nóaj dependía de Dios como de un bastón, mientras que Abraham "extraía su fuerza moral de sí mismo y caminaba en su rectitud por su propio esfuerzo" (Bereshit 6:9).

Quizás lo más impactante es lo que encontramos en la Haftará de la Parashá Noaj. Isaías se refiere al diluvio como "Mei Nóaj", las aguas de Nóaj (Isaías 54:9). Los comentaristas interpretan estas palabras con literalidad implacable: Nóaj provocó el diluvio. De no ser por los fallos de Nóaj, su generación se habría salvado. ¿Cómo podemos llegar a culpar a Nóaj por el diluvio? ¡Él hizo exactamente lo que Dios le pidió!

Usemos estas pistas para descubrir qué llevó a la caída de Nóaj.

Como vimos antes, Rashi contrasta el caminar de Nóaj con Dios con el caminar de Abraham delante de Dios. Al comparar las vidas de Nóaj y Abraham, vemos caminos de liderazgo dramáticamente diferentes. Cuando Dios revela Su plan de destruir a la humanidad, Nóaj construye un arca. Aunque Dios le dio 120 años para completar esta tarea, años que Rashi nos dice estaban destinados a que Nóaj influenciara a su generación para que se arrepintieran, no logró salvar ni una sola alma más allá de su familia. Abraham, en cambio, dedicó su vida a acercar a los demás. Abrió su tienda a viajeros cansados, les dio comida y refugio, y les enseñó los caminos de Dios. Como explica el Alshij, un cabalista del siglo XVI de Tzfat:

"Nóaj fue recto personalmente, pero no enseñó a otros como lo hizo Abraham. Si sus hijos no hubieran sido dignos de salvación por derecho propio, no podría haberlos salvado, así como no pudo salvar siquiera a los hijos de sus contemporáneos".

Pero el contraste más revelador entre Nóaj y Abraham fue la respuesta de Abraham cuando Dios compartió Su intención de destruir Sodoma y Gomorra. A diferencia de Nóaj, Abraham negoció audazmente, suplicando que Dios perdonara las ciudades si se podía encontrar aunque fuera un puñado de personas justas.

Vemos un tema similar al comparar la vida de Nóaj con la de Moshé. Como mencionamos antes, Nóaj descendió de ser un "Ish tzadik" a un "Ish HaAdamá". La caída de Nóaj de la rectitud alcanza su punto más bajo cuando, después de salir del arca, Dios le da a Nóaj y a sus hijos el mandato de "ser fecundos y multiplicarse y poblar la tierra." En lugar de cumplir la voluntad de Dios, la primera acción de Nóaj es plantar un viñedo, hacer vino y emborracharse hasta quedar inconsciente. Según el Midrash, el final espantoso de esta historia es que uno de los hijos de Nóaj, Jam, lo encuentra en estado comatoso en la tienda y lo castra. Sea esto literal o no, extraemos una lección esencial de la castración de Nóaj; en un momento donde el mundo necesitaba desesperadamente optimismo y nueva vida, Nóaj se entregó a un escapismo egoísta. Medida por medida, el hijo de Nóaj lo castró; "Si no lo usas, lo pierdes".

En el otro extremo del espectro, Moshé ascendió de un "Ish mitzrí" a un "Ish Elohim". Cuando Moshé descendió del Monte Sinaí con el primer juego de tablas, encontró al pueblo judío adorando al Becerro de Oro. Indignado, destruyó el ídolo y castigó al pueblo por su maldad. Pero cuando Dios propone eliminar a la nación y comenzar de nuevo solo con Moshé, ofreciéndole la misma oportunidad dada a Nóaj, Moshé adopta la postura opuesta. Él arriesga su propia vida, suplicando misericordia en nombre de su pueblo y llevándolos hacia el arrepentimiento.

A pesar de sus fallas, ciertamente podemos empatizar con Nóaj. Él logró una piedad completa en una generación de absoluta perversión. Incluso su decisión de entregarse al vino para adormecer el dolor de salir a un mundo de destrucción y desolación total es algo con lo que podemos identificarnos como algo dolorosamente humano. Nóaj fue un gran hombre. Pero falló en su misión como líder. Debido a su fracaso en liderar, el gran diluvio se conoce como las “Aguas de Nóaj”. A diferencia de Nóaj, Abraham, el progenitor de nuestro pueblo, y Moshé, el líder de nuestra nación, trascendieron la rectitud personal y arriesgaron todo ante Dios para salvar a aquellos por quienes se sentían responsables. A diferencia de Nóaj, Abraham y Moshé se convirtieron en los héroes que todos aspiramos a ser.

Cuentan que cuando alguien fue a decirle a Rav Israel Salanter, fundador del Movimiento de Musar, sobre un hombre que consideraba calificado como uno de los 36 tzadikim ocultos de la generación, Rav Israel respondió: "En esta generación, no creo que alguien pueda estar oculto y seguir siendo un tzadik".

En Pirkei Avot, un libro de 2000 años de nuestros sabios, Rabí Hilel el Anciano enseña: "En un lugar donde no hay hombres, esfuérzate por ser un hombre". El mensaje resuena a través de los milenios: donde abundan los líderes, enfócate en el crecimiento personal, pero donde no hay nadie más enseñando y liderando a la generación, debes dar un paso adelante y convertirte en ese líder.

Esta semana, tómate un tiempo para examinarte. Pregúntate: ¿Dónde se supone que debo trabajar en mi rectitud personal y dónde necesita Dios que dé un paso adelante y sirva a Su pueblo? Nuestra nación necesita más que nunca líderes y activistas judíos. Te animo a encontrar esas oportunidades donde no hay hombres y ser el hombre (o la mujer) que la situación requiere de ti.

¡Que seamos bendecidos para crecer juntos a través de las dificultades de nuestra época, unirnos como nación y como resultado lograr un mundo lleno de más paz y bendición!

El Talmud (Sucá 45B) nos dice que en cada generación hay 36 personas justas cuyas buenas acciones sostienen el mundo.

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